NOTA PERFIL | Shaman | Gurú y hombre en llamas
Publicada en noviembre de 2008 en revista La Mano

Si le preguntan, seguro contesta que no. Pero porque es modesto. Y esas cosas no se proclaman a los cuatro vientos. Pero basta leer los libritos de los cds o preguntarles a las bandas involucradas (Sr Tomate, Prietto Viaja al Cosmos con Mariano, La Patrulla Espacial, Ático, 107 Faunos, El Mató A Un Policía Motorizado) para confirmar que Shaman — en su rol de productor o de invitado permanente — tiene mucho que con este lowfi barrial noise de La Plata y el Conurbano Sur que viene revitalizando al indie como hace tiempo no se veía. Y que ahora, con En El Mundo del Fuego — el debut de su grupo Shaman y los Hombres en Llamas — busca aportar su propio cancionero a la movida.
“No me considero productor, para nada”, se desmarca él, sin embargo (lo dicho: es modesto). “Un productor es un tipo que sabe, que estudia. Yo soy sólo un copado… Un copado de la música de los demás”, dice. Y sigue: “Mi participación es porque soy amigo de la gente que laburo. A mí nadie me viene a buscar para grabar un disco. Y si llegara a venir alguien que más o menos la tiene, seguramente diría: ¡¿y este fantoche quién es?!”. Shaman lanza una carcajada — la sonrisa toda achinada en los ojos — con la evidente intención de le crean. Pero no le sale. Porque si algo queda claro durante la charla — una friísima tarde de invierno antes de partir a Plasma para ir a ver los Prietto — es su oído, su muñeca de productor autodidacta, fueron claves a la hora de darle coherencia e identidad sonora a esta movida reunida bajo sellos como Laptra o Mandarina Records.
De Él Mató, por ejemplo, cuenta que al principio “los veía más como una banda punk, una cosa muy cruda, con el sonido muy separado, como afilado”. Y que entonces se propuso “afinar esas puntas, ese desgaste, para que quedara una cosa más acolchonada, más pared y más cuerpo”. El resultado fue la trilogía (Navidad de Reserva, Un Millón de Euros y el inminente Día de los Muertos) que tal vez ya sea la obra más relevante — en cuanto a repercusión y aceptación crítica — del indie de los 2000. “Ellos también querían cambiar el sonido del primer disco”, revela. “Lo que yo hice fue incitarlos a que tomaran las decisiones. No sabían si meter un teclado con rever y yo les decía dale boludo, ¡va a quedar zarpado!”.
Con Sr Tomate, ese adorable combo liderado por la rabiosa y frágil Poli (quienes protestan porque al rock nacional le hace falta mujeres con verdad y carácter, no busquen más: ¡ahí tienen!) la cosa fue diferente: Shaman, que se crió en Comodoro Rivadavia pero emigró a La Plata para completar su vocación como músico, conoció a los Tomate primero como fan y recién después como par (a través de Tomás Vilche de La Patrulla). Cuando Guille, el guitarrista original, abandonó la banda, Shaman tomó su lugar como invitado estable. Y eso fue providencial para Ritmo de Vida, el tardío primer álbum de la banda que ya era admirada en La Plata por sus dos pequeños y hermosos EPs. “Sr Tomate siempre fue bastante caótico. Y por ahí lo que tratamos para este disco fue que todo estuviera más ordenado, que cada parte de la canción estuviera más clara”, explica. Y el resultado fue un álbum que reflejó bien lo que ya era la banda de Polly, pero mejor: hilos de canción folk que de repente estallan en harmónicas y trompetas; percusiones sutiles que acompañaban la voz de una mujer-niño abierta a los enrededos de su mente.
En este tiempo, la tarea catalizadora de Shaman involucró también a Maxi Prietto (a quien descubrió en la escuela de sonido Tecson y literalmente lo introdujo en la movida después de “no poder creer” el talento incendiario que emanaban de sus “casettes loufi”), Ático (producción en los márgenes, con mucho encierro), 107 Faunos (masterización y compañerismo) y La Patrulla Espacial (con quienes hasta hace poquísimo nomás integró también la formación como invitado permanente).
Pero claro, semejante trabajo alquimista no habría si del todo satisfactorio si Shaman no materializaba también sus propia necesidad de compositor de canciones. Una vocación que, tras varios acercamientos (una antigua banda, un disco solista algo disperso y un EP prometedor; todos disponibles gratis en el sitio de Mandarina Records), recién pudo concretar de manera fiel En El Mundo de Fuego, el primer largo de la banda que completan Tulio Simeoni en batería, el propio Vilche en bajo, Ale Bertora en trompeta y Juan Pablo Herrera en piano y moog. “De chico, cuando todavía estaba en la panza de mi madre, mi viejo me hacía escuchar discos de Pink Floyd”, cuenta Shaman. “Y eso después se mezcló con la raíz latina que siempre tuvo mi vieja. Juan Luis Guerra, ponele”, revela entre risas.
Y un poco eso — ¿Devendra Banhart + Miguel Abuelo sesentista? — es lo que emana del álbum. Una lisergia plagada de coros apocalípticos, folk patagónico y letras que hablan de huídas a Plutón, funerales en el bosque y niños que lloran mientras comen a sus padres (!). “Tanto a los Mató como a mí nos agarró esa cosa de fin del mundo. Comparto con ellos la sensación del final, de que se termina algo”, postula. Y aunque aclara con que la música del grupo liderado por Chango es más suburbana que la suya (que dice va más por la ciencia ficción, estilo Kubrick, Jodorowsky), después acuerda con que la procesión va por dentro: “Me atrae el mundo interno, lo humano. Porque al final — remarca — la canción es eso: describir una cosa simple”. Y esta vez, los ojos achinados no acompañan la carcajada humilde sino cierta paz, una sensación de tarea cumplida.