Cadena

A mamá no le gustaba mucho aquella idea, ella siempre decía lo que le parecía, le encantaba tener la razón. Por otro lado al tío Samuel no le molestaba mucho que me fuera. Nadie pedía mi opinión y era yo aquella decisión. No vas a salir de esta casa, así me tenga que parar en esa puerta cien años. No era posible, digo, que mamá estuviera parada cien años, le faltaban apenas cuarenta para los cien, no sería posible que los alcanzara. Estaba gastada, se notaba en sus ojos que hace varios años había dejado de vivir. Sobrevivía y eso. Y aun así lo repetía, y me molestaba, no porque no me dejará salir, si no porque se hacía creer que podría. Teresa, escucha, tienes que dejar de ser tan asfixiante. No me insultes. No te estoy insultando. Asfixiante.

Al tío Samuel por otro lado le importaba muy poco (o quizás mucho) lo que yo hiciera. Paso lo mismo con María, mamá siempre estuvo en desacuerdo con que nos viéramos, los martes en clases de piano en la casa de la profesora alemana al final de la calle que da para la plaza o los jueves, días en los que solía salir al balcón a pintar y ella cruzaba por ahí con Juanita, su ama de llaves, o que nos encontremos los domingos en la plaza, al lado de Martín, un anciano ochentoso que vendía unos pasteles para tragarse la lengua. Mamá solía estar en desacuerdo con todo. Pero como es obvio termino cediendo. Idiota, la felicidad de su hijo sobrepaso por sus irracionales decisiones, idiota. Cómo lo vas a dejar hacer lo que quiera, así comienzan las cosas, una le cede algo, ¿luego que?, ¿Si me deja?, ¿Me abandonara?.

Maria estaba sentada frente a mí, más o menos dos metros nos separaban, y se sentía tan cercana, sus pequeñas fosas nasales inhalando el aire que yo exhalaba, se abrían como flores de primavera, florecillas tímidas. Y ahí se aparecía mamá, trayendo una jarra de limonada, una fuente de galletas o simplemente su presencia innecesaria. Con ese color rojo burlón en sus labios, ese tonto lunar falso como una tilde grotesca y un peinado arqutiectoticamente ridiculo. No quiero pensar que María fue la razón para que mamá dejara de pensar en lo cien años en el umbral. Bueno si te quieres ir te vas, y dejó de ser mi voluntad y se volvió una orden más tarde. Te vas.

Que mas quieres hijo, me dice el tío Samuel. Vas a conocer la capital, podrás encontrar un futuro ahí. A mi la verdad es que no me emocionaba mucho irme de casa pero aquí estoy en el tren, de camino hacia la costa, hacia la gran ciudad. ¿será grande realmente? Pienso mucho en eso. Mi primo, Mateo, me mandó una carta y también unas fotos adjuntas. Las fotos las había tomado Francisco un amigo suyo, con una cámara que el sobrino de un tío suyo le había mandado de los Estados Unidos. No eran buenas fotos, estaban borrosas y movidas y el pasar de mano en mano las había desgastado, tenían una apariencia tétrica.

“La ciudad esta hecha mierda, los edificios son chatos, como nuestra moral, nada ni nadie sorprende, no hay un humano que muerda a un perro, no hay nada fuera de lo corriente, la capital no es más que un pueblo grande con la gente mejor disfrazada, como en los carnavales pero durante todo el año.
A mi lo unico que me entusiasma es el verano, porque con él llega la temporada de bajar a la playa. No sabes lo que es el mar. No sabes qué son las olas. Aquella sensación repetitiva de un extraño y frío abrazo. El torso desnudo y la piel receptiva. Las sensaciones se multiplican. La arena es una invitada rara. Indeseada a veces, pero cuando la sientes correr atolondrada bajo tus pies, arrastrada por el mar, que experiencia”

Pienso mucho en María, en lo que debe estar haciendo. Pienso en un lugar vacío entre ella y la maestra alemana, entre ella y Martin. Pienso en un balcón que no tiene un espectador sin un saludo falsamente cortes que no se realiza. Era de noche y ambos corríamos por los campos de Don Justino. Nadie nos había escuchado por ahí, las risas de María lucían tan raras en contraste con los gritillos de las lechuzas o los aullidos lejanos de los perros de granja. Nos bañaba el peligro. Su vestido deslizándose por sus hombros y sus manos temblorosas al desabotonarme la camisa.

“Algunos le tienen respeto, no se porque, yo no lo respeto, yo le tengo miedo. A veces creo que es un Dios, estuve leyendo la vez pasada unos libros sobre un científico que decía, afirmaba, y con fundamentos lógicos, que la vida había provenido del mar y no del barro. Que jamás no existió un ombligo o una costilla o una manzana, sino un animal increíblemente pequeño. Es Dios, luego de escribir esto lo reafirmo. Es un Dios”

¿Enserio te vas a ir?. No es porque quiera, es que, el problema está en que no quiero nada más que a ti. ¿Hacia donde debo apuntar?. 
Mejor calla, me dijo. Su boquita estaba temblando, hacia mucho frio.
Mis manos eran torpes, torpes como vacas en bicicletas. la delicadeza para el piano y la pintura se había esfumado con el miedo que tenía al salir a escondidas tan de noche de casa, de ser descubierto. Pero ya la tenía a ella al frente, delicada, pintada de azul por la noche, desnuda.

Esto que escribo, lo escribo desde un vagón, en un tren, en un camino hacia una ciudad, una que no pretendo conocer. Tengo que aceptar que la idea del mar me ha entusiasmado. No tanto como la idea de mama de no dejarme volver, de aquella tonta decisión de condenarme al anonimato en esta titánica realidad desconocida. Ahora en este papel que hace una especie de diario/carta explicare lo que haré. Llegare un domingo, uno no muy caluroso, y las hojas de los árboles de la estación serán golpeadas por el ligero viento veraniego. Mi sombrero es empujado por aquel torpe invisible amigo. Y mi primo me saluda desde lejos, unos cien metros. Me dice que vayamos a su casa que me está esperando su familia, que también vendría a ser mia. Le digo que no, que primero me lleve a ver el mar, y le insisto y gano aquella discusión fastidiosa que parece no tener fin, y sin embargo ambos ya sabíamos el desenlace. Estamos parados frente a esa mancha azul. Gigante, hermosa, inmodesta. Los dos no llevamos zapatos, el me dice que nos apuremos que están esperando, y yo sonrio dandole la espalda. Que sigan esperando pienso. Me introduzco al mar y no pienso salir jamás. Que bonito y frío abrazo infinito, me recuerda tanto a María.

Nota: La que está escribiendo ahora es Maria, Pablo Antonio se mató hace unos cinco días, su madre también se ha suicidado creyendo que es su culpa la muerte de su único hijo. Yo no se cual sera mi futuro pero la soga ya está en mi cuello.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.