Déjà vu

Trataba de revisar mi correo con normalidad. Aburrido me puse de pie y camine con demasiada flojera hacia la cocina. Tenía que llenarme la boca de algo para calmar las ansias. Encontré un pedazo de queso que mastique y luego escupí sobre el piso, estaba demasiado agrio. 
 Comencé a comerme las uñas, estaba descalzo y el frió acechaba mis pies, le agarre cierto gusto a la dura piel que recubre mis dedos. Después me di cuenta que era asqueroso, y aunque había dejado de hacerlo conscientemente, de rato en rato frente a la pantalla del ordenador seguía masticando pequeños trocitos deformes.

El timbre sonó, no me pare a abrir, volvió a sonar, esta vez el timbre parecía desesperado y cargado de pena. Volví a lo mío, deje que sonara unas veces más. Me desesperó que el sonido no se fuese, que persista, que tuviera la esperanza de que yo esté ahí. Debe ser alguien que me conoce lo suficiente para saber que no me da la gana de abrir, pensé. Así que vencido y más desanimado abrí la puerta. Era una figura que a primera vista daba lastima, la oscuridad del pasillo no me permitió ver bien su rostro aunque conocía los rasgos de esa silueta.

Elard estaba llorando, moqueando, me daba mucha pena y asco verlo así. Le pedí que pasara aunque lo dude porque sabía que tenía que preguntarle porqués, fingir que me importase y ese tipo de cosas que bailan alrededor de una pena.

Ni siquiera podía hablar, fue una lucha interminable contra mí mismo y mis ganas de mandarlo al infierno. Cuando dejó de lloriquear tanto como al principio porque no dejó de hacerlo del todo. Balbuceaba el nombre de alguien, obvio que el nombre de una chica, de su chica.

¡Atma! decía entre mocos y sollozos ¡Atima! me..e..e ha dee.. jaaa.aaa y volvió a romper en llanto.

No te entiendo una mierda, le grité desesperado. Será mejor que te calmes si te quieres quedar porque se me acaba la paciencia.

Faa… Faa… Faaatimma termino conmigo, dijo babeando.

- No te creo un carajo, grité, cuatro años al cacho, ¡algo habrás hecho idiota!

¿Que podría haber hecho? Dijo, y le siguió un gemido ligero, un gritito, una especie de silbato para perros. Luego de llorar un par de horas cayó dormido en el suelo. Admito que me sentí muy mal, y a la vez victorioso. Le traje una frazada de mi habitación, lo tape, hacia frió aun, eran las dos de la mañana. Encendí el ordenador y revise el perfil de Fátima, en efecto decía que estaba soltera y una larga fila de comentarios la asediaban. Ingenuos todos creen que ella es fácil. De seguro desaparecerá un tiempo. No puedo creer que se haya terminado.

Elard despertó de su sueño placentero post tormenta, cerré la página rapidísimo. Me duele la cabeza, dijo.

- Como no te va a doler si has llorado como niña ¿te sientes mejor?, respondí preguntando.

- ¿He llorado como una niña dices? he llorado así porque el amor duele, tu nunca sabrás nada de esto, no te importan un carajo los sentimientos, siempre piensas en ti. Dijo alterado.

- No tienes por qué atacarme, no seas malcriado. Le repuse.

- Discúlpame, discúlpame por favor comprenderás que estoy sensible.

- Comprendo, pero en efecto tienes razón, me importa un reverendo carajo que estés sensible, me vuelves a hablar así y te largas, puedes pasar la noche aquí ya mañana decides que quieres hacer.

La conversación terminó ahí, vaga y con recelo, tenía la boca amarga. Que hijo de puta que es pensé, no entiendo por qué está aquí.

Me desperté, tenía baba seca al lado izquierdo de la boca, me lave la cara, vi en el espejo a un tipo despreocupado, ah claro, era yo, como me gustaba lucir como un vago. Elard no estaba en el mueble de la sala, tampoco sentado frente al ordenador. Entraba desde el balcón un ligero olor a cigarrillo.

¡EEELARD! grite, estas fumando y no me has dicho, pequeño desgraciado. No podía creer lo que estaba viendo, era Fátima.
 
 — Que mierda está pasando, murmure.

- ¿Ah? dijo.

-¿qué?, se puede saber, no entiendo.

- Sabía que Elard iba a estar por aquí contándote sus penas, nunca aprenderá.

- ¿Dónde está él ahora?

- Él te dejó un papel, había dejado la puerta sin seguro, que descuidado tu buen amigo.

- Ese imbécil, ¿regresara?

- Supongo.

- Pero ¿Que decía el papel?

- El papel nada.

- Bueno Fati, lo que él dejó escrito.

- No me llames Fati, el papel lo bote, no quiero saber nada de ese tipito.

- ¿Que te ha hecho?

- Nada que te importe.

- Fátima, tu sabes que me importa, mejor dicho, que me importas.

- No seas descarado, cuatro años después me vienes a decir eso.

- No tengamos esta conversación, por favor.

Está bien, dijo. Me beso en la mejilla, me puse coloradísimo, y luego se fue.

Me quedé de pie ahí viendo como el cigarro se terminaba de consumir en el borde del balcón, el viento lo empujó suavemente hasta que cayó por los seis pisos restantes.

Eran las tres de la tarde cuando Elard llegó. 
 ¿Dónde estuviste? Pregunté como si me importase.

- En casa de mis padres, contándoles. Respondió

- ¿En casa de tus padres? Wow esto debe ser serio.

¿Te estas burlando?

- Maldita sea, no puedo decir nada porque crees que ya me estoy burlando o que no me importa. Quiero que te vayas de mi casa ahora mismo. Grité.

Discúlpame, dijo triste. No sé qué hacer, yo amo demasiado a Fátima y tú lo sabes. Me siento perdido, sin rumbo, ella era mi horizonte.

- No te me pongas poético y mucho menos nostálgico, yo sé que puedes creer que lo que te voy a decir lo voy a decir porque soy o muy frió o un desalmado, pero tienes que olvidarte de ella campeón, cuatro años son suficientes para saber lo bueno y malo de alguien. Mientras decía esto su jeta comenzaba a temblar preludio de llanto.

- Como se te ocurre decirme estas cosas, reprochó. ¿Acaso no eres mi amigo?

- Lo soy y por eso te lo digo Elard, mierda, escúchame, déjala ir, déjate ir, conócete, tomate un tiempo, si me escucharas sería más fácil esto. Comencé a alterarme.

- Ni siquiera puedo escucharte, si lo que quieres es que me vaya me iré, me he dado cuenta que no tienes alma.

- Ahí vamos de nuevo, interrumpí.

Mientras se ponía de pie no dejaba de parlotear cosas que no entendí muy bien porque le temblaba mucho la voz. Estábamos juntos al lado de la puerta, él hacia afuera con lágrimas recubriendo sus ojos a punto de escapar y yo con el rostro acartonado.

- Te veré después de un largo tiempo amigo, dijo.

- En tu lugar no me consideraría tu amigo.

Rió forzosamente, cuídate. Respondió

- Pierde las esperanzas, dije.

Lo intentare. Repuso.

Habían pasado dos semanas desde que aquel día extraño quebró la monotonía de mi vida, Elard como indico dejó de visitarme a menudo, y creo que fue mejor, sin embargo, Fátima por su lado comenzó a venir más seguido, en ese momento no sabía qué hacer, pero sabía que traicionaba la confianza de Elard. Tanto o más como cuando él traicionó la mía.

Fátima venía alrededor de las tres de la tarde y partía muy de noche, me contó que vivía cerca en un edificio a unas cuadras de aquí, solíamos charlar, solía preparar café, a ella no le gustaba acercarse a la cocina. No mencionamos el nombre de Elard en alguna de esas conversaciones. Y un día como tenía que pasar porque los dos desde un inicio sabíamos hacia donde iba, nos besamos.

Vaya mala jugada, si antes me sentí malvado ahora era una bestia. Un monstruo besucón y traicionero pero enamorado. No sé si estar enamorado es razón suficiente para actuar así, tan desinteresado del sentimiento ajeno. Creo que Elard tenía razón al decir que siempre pienso en mí, además que todo me importa un carajo. Lo único que me importaba ahora era Fátima.

Pasaron varias semanas más, Fátima y yo actuamos como una pareja de novios, siempre venía en las tardes, me decía “amor”. Un día estábamos almorzando, y ella me preguntó:

- ¿Nunca sales de tu casa?

- ¿Por qué tendría que hacerlo?

- No sé de qué trabajas.

- Sabes que soy escritor, me basta mi computador y una conexión a Internet.

- Ya me canse de trabajar.

- ¿Y?, puse cara de duda.

Como que “¿Y?” idiota, esperaba que me dijeras, “bueno deja de hacerlo vive conmigo, te amo”. Imitó mi voz y gesticulaciones.

- Lo siento sabes que te amo, pero no te veo aquí a mi lado todo el día, sabes que tú también lo dices por molestarme. Respondí calmado.

Tienes razón, me espanta que pretendas conocerme. Dijo sonrojada.

Me puse de pie, me acerque a su lado y le bese el cuello mientras acariciaba el lóbulo de su oreja, sus dientes escaparon de su boca en señal de placer, su pequeña lengua se enredaba con la mía. Se puso de pie y sin dejar de besarnos nos guiamos el uno al otro hacia el mueble de la sala.
 Me desespere mientras le sacaba la blusa, vi sus senos, que lindos eran. Ella me saco la camiseta y luego clavo sus garras en mi espalda. Se me erizaba la piel y aunque era doloroso el placer estaba más presente. De un momento a otro nos vi haciendo el amor, éramos al fin uno y no quería salir jamás de ella.

Cerca de un año vivimos de flores, todo iba bien. Una noche fría después de hacer el amor mientras ella tenía sus pies sobre mi torso desnudo sonó el teléfono. Contesté, Los estoy observando, dijo la voz trémula, y colgó. Me puse de pie, me acerque a todas las ventanas para asegurarme que las cortinas estuvieran cerradas, era casi medianoche, admito que me asusté mucho, pero más me asusta que alguien observe a Fátima, mi Fátima.

- ¿Qué pasa? te has puesto como un loco. Dijo Fátima preocupada. ¿Quien llamó?, prosiguió.

- Déjame revisar un rato las cosas. Era un tipo, dijo que nos observaba, dios que peligroso es este mundo.

Se comenzó a reír. ¿De qué te ríes? no seas idiota, grité.

- Debe ser un chico bromista, añadió.

- Me importa un carajo si fue un bromista, mañana mismo voy a la comisaria.

- No debes asustarte así ¿qué te podrían hacer?

- A mí no mucho, me preocupas tú. Apagué todas las luces y la noche termino ahí.

Me puse mi vieja camisa de diario y baje por el edificio. Fátima ya se había ido a trabajar, era casi mediodía, el sol estaba infernal y me pareció extraño.

Venía caminando por la avenida, estaba bastante solitaria, como vivía cerca al centro de la ciudad la comisaría estaba a unas cuadras. De la nada escuché un ruido detrás de mí y algo que me golpeó fuerte en la cabeza.

Desperté, estaba todo oscuro, sentí que un líquido me chorreaba por la cabeza, olía a húmedo. Escuchaba a lo lejos unos motores, me di cuenta luego que estaba amarrado a una silla e inútilmente intenté librarme de las sogas. Comencé a perder la noción del tiempo, según mis cálculos habrían pasado cerca de tres días hasta que vi la primera señal de vida. La primera señal eran risas, provenían de algún lado en esa oscuridad, risas de verdad. Entonces escuche que una puerta se abría detrás de mí, intenté girar el cuello lo más que pude y mirar con el rabillo del ojo sin conseguir nada. Sentí una patada en el espaldar de la silla, la cual me arrojo al suelo, un golpe brusco y sin rebote. Vi en la oscuridad la misma silueta de hace un año, aun daba lastima.

¿Me dejaras vivir? Grité.

Pierde las esperanzas, dijo, se acercó a la puerta salió y la cerro. ¡Pierde las esperanzas! comenzó a gritar acompañado de risas frenéticas mientras se alejaba y su voz con él. Y yo aún yacía en el suelo llorando. Pierde las esperanzas, retumbaba en las paredes.