Lectura

Y, viste como uno aburrido no sabe qué hacer. Da vueltas sin pensarlo mucho en la casa. Agobiado por la rutina, por el tiempo que ajusta. El café que uno quiere y que no se hace solo. Las galletas de la tienda que no vendrán. 
 Uno se sienta esperando que suceda algo y nada. Lo mismo. Simple, la realidad es sencilla. Si realmente quieres algo extraordinario, tienes que buscarlo. Y ese pensamiento remarca, se ahonda, se funde. Así que recuerdo que se leer. Felizmente. Algo se hacer. Observó no de modo milimétrico pero si atentamente los lomos de los libros, que se aprietan unos a otros en la biblioteca lúgubre de mi habitación. Unos más gruesos, otros no. Un título sobresale, y no lo recuerdo. Como suelo no recordar cosas que me llaman la atención. Viste como uno se asienta en la lectura. Al principio todo es superficial. Sin importancia, sin el esfuerzo de querer entender. Ni siquiera el español tiene sentido. Reconocemos símbolos, extrañas líneas curvas dibujadas conexas que no dicen nada. La concentración está ausente. Cuando comienzas a ser consiente del acto que estas realizando, de la construcción mental de este, y la imaginación que tímida se acerca se comienza a agarrar un ritmo curioso y saltón. Suda la frente, el paso se incrementa y te encuentras trotando sobre cada consonante y vocal. Trotando con gracia alrededor de un parque, como escapando de algo, se incrementa el ritmo. No era un parque, es el famoso golf los incas, el sol en su carácter malévolo ilumina directamente sobre la acera que rebota y hornea. Las manos a la altura del tórax con los puños suavemente cerrados, cogiendo tubos invisibles. Unos shorts acortados, que muestran las piernas esbeltas de raudo corredor de verano rudo. Los cabellos que bailan con gracia temblante entre cada y cada trote humedecidos por el sudor provocado. El camino parece no tener fin, y uno sigue como corriendo, como escapando de lo ausente. 
 Los pies cada vez más calientes ante el gigante amarillo y soberano, y amarillo quien sabe que se expresa como una refulgente mancha blanca en lo alto. Uno mira su reloj esperando que indique algo. Que la carrera con competidores ignotos termine. La garganta que pide escandalizada unas gotas, siquiera de agua. Perturbada por la ignorancia del propio ser. Si quiera entre lame tu sudor, te hace pensar en la desesperación. Y aunque uno quiera la lengua no funciona. Todo está enfocado en seguir ante ese perenne camino hacia lo infinito. Te asientas en el sillón que cada vez está más caliente y acogedor y acompañas la lectura de un insípido cigarro que no por ser el último de la cajetilla tiene que ser el mejor. Los labios se humedecen para no dejar caer al lánguido y pálido amigo que arde. El humo estorba la vista, pero de cierto modo embelese la lectura, viste como a uno le gusta darse ese toque bohemio en la soledad.
 Así que de golpe ya estas galopando sobre palabras que se anudan felices y alumbran. Galopas entre flechazos que vienen de un gran bastión delante de ti, escuchas el sonido de las espadas chocando, imitando el ruido de cuetecillos metálicos. Escuchas también a tu espada, como esta rebota sobre el caballo negro que montas. No dejas de pensar en que la guerra debería parar, que uno no tiene por qué estar peleando caprichos de tipos adinerados que quieren fraccionar las tierras que uno cree santas. El nacionalismo, la identidad con la madre patria y los discursos de moral que unos tienen mientras otros compañeros son asesinados por los enemigos elegidos a dedo. La carta que está en un sobre en uno de tus bolsillos se asusta con cada estruendoso cañonazo que resuena a lo lejos. El mensaje que debes llevar, y crees que no llegara, por alguna extraña razón ya te condenaste a la muerte, resignado a ser una cifra al final del día. Y este murió de un espadazo en la nuca, imaginas que dirán los encargados de recoger tu cuerpo que luego lanzaran a un montón de inertes porta armas. Ya quisieras que eso suceda, pero sigues esquivando espadazos absurdos, asustado, para nada orgulloso. Me vale una mierda el reconocimiento que pueda llegar a tener si esta carta llega a las manos indicadas, piensas. Barajas todas las posibilidades que puedan existir, que existen. Además cargas con la idea de que también moriría tu caballo, el negro, como le decías de cariño, el negro, famoso entre las tropas propias y aliadas por su velocidad. Aja, te dices a ti mismo, no me eligieron a mí para esta misión, es por el negro, pobre negro, ni siquiera es consciente de estos actos de valiente cobardía. Corre y salta, corre a través de un juego de ajedrez real, salta sobre los occisos con honra. Mas cañonazos, más gritos, más dudas en la cabeza de un gran cobarde con una gran responsabilidad, que ironía. Más cañonazos, más humo. Te acomodas los lentes que se resbalan sobre la sudorosa nariz. Llegas a ese punto en la lectura donde se pierde la noción de lo que rodea. De los muebles avejentados, de la soledad de la casa, los silencios refugiados en cada ser tecnológico y abstraído te hundes, como el sol en el horizonte. El frio se presenta. Impropio llamar frio a esa indigna tenue brisa que no mueve ni cabellos. Como por arte de magia, quizás propio de la improvisación, un vaso de agua está a tu derecha. La lectura se hace pesada, vas contra ella, tratando de entenderla, te gritas en la mente cada palabra. Reacciona estúpido, es esta, no, esta es. Acercas el vaso de agua que baja turbulenta sobre tu garganta que repite en silencio cada palabra. El agua se torna cada vez más y más turbulenta. Sabes que estas en problemas, te aferras al timón, El océano golpea a diestra y siniestra la caparazón de la nave. Quizás me confundí al pensar que sería un buen día para navegar, para la pesca, se asoma esa idea. Te cuestionas. El tipo flaco que era el encargado de levantar las redes fue arrastrado por una ola que golpeo hace unos segundos, ya estás pensando que palabras tendrás que decirle a su madre. Lo triste de la historia es que ni siquiera podrás presentarle un cuerpo sin vida, si no la sola idea de que su hijo permanezca como un recuerdo fugaz, una efímera risa en la sobremesa de un almuerzo familiar. Te asusta más esa idea que la misma de morir ahogado. Y una ola para mí no hay, le preguntas al vacío. Los gritos que aclaman respuesta del capitán que provienen desde detrás de ti no cesan, como la tormenta misma. Todo se combina para hacer del momento algo espeluznante. Tu falta de estar, tu desvanecimiento mental, aqueja a los demás marinos que se miran estupefactos, sin hablar pero dándose a entender entre todos que el capitán enloqueció. No hay rastro mínimo de tierra en lo lejano. No hay señal de aves que indiquen que el momento está por acabar, como presagio de buenos tiempos. Como para que todo acabe en grandes risotadas unos días después en un bar del puerto con putas y cerveza barata que no emborracha. Así que decides volver a donde estabas. A la comodidad del sillón en una cacita de un barrio cualquiera. Pero no es posible. Ya nada es posible. Lo que sí es posible es que un pensamiento, el deseo de ser un cuento, una historia, haya saltado a través del tiempo, para acabar con esos tortuosos momentos. Que tres tipos ubicados en una línea de eventos históricos hayan querido ser algo ficticio. Compartir la pretensión de no existir. Que lo que nunca existió fue un tipo aburrido en su sala, buscando un libro. Que jamás fue real un cigarro, un vaso de agua y unos lentes que caen.

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