Solo Un Viaje

Con lo apurado que es uno, siempre termina olvidándose algo. Dejando las llaves, el móvil o la agenda. Cualquier cosa. El toqueteo de bolsillos es insuficiente. Aquel baile ridículo y de ensayo diario deja escapar siempre algo. Lo pienso ahora que desde afuera de casa olvidé el móvil. Pero no importa, me di cuenta de eso cuando había avanzado ya unas seis cuadras hasta el paradero del autobús. No regresare a por él.
 
Como es de costumbre tengo que esperar unos minutos para que aparezca el gigante metálico rodante. Cinco minutos más de lo que suelo esperar. Pienso que uno de los autobuses se debe haber malogrado y por ende retrasa el circuito creado. Hay más personas a mi lado. Esperando ansiosos y murmurando lisuras.

A lo lejos, en la avenida, solitario se va dibujando un punto que avanza firme hacia nosotros. Sin afán de girar o cambiar de ruta disminuye la velocidad, con gracia invisible, y se detiene frente a mí, o nosotros, un gran grupo de trabajadores que lo único que quieren es llegar a su destino. El autobús no está vacío, en él se encuentran unas cinco personas, esparcidas en diferentes lugares, todos sentados. Alejados el uno del otro, tímidos y manteniendo aquella distancia cargada de miedo e indiferencia.

Al poner un pie sobre el bus acelero el paso para poder alcanzar un asiento, lo cual fue logrado con éxito. A mi lado se encuentra una señorita joven, un poco mayor que mis veintitrés años quizás. No sé si es guapa, en este momento mi reojo no alcanza a espiarla bien. El auto avanza por momentos rápido, y por otros lento. En una sincronía ilegible.

El calor humano se comienza a sentir cada vez más y más y uno nota que las personas comienzan a agruparse bien, a compactarse. Siempre me pregunto si existió un acuerdo para llegar a este punto donde un codo te rosa la nariz y una pierna una mejilla y una mejilla una espalda. Los veo atolondrarse y poner mala cara, y luego ceden y corren y se acomodan uno detrás de otro, detrás de otro, todos de pie. Todos como polluelos buscando calor.

Giro la cabeza al otro lado, para dejar de presenciar su lucha de muecas y simplemente miro por la ventana, me doy cuenta de que es un día donde el cielo se exhibe despejado y altivo. Sin una sola ave manchando su desnudez. 
 
 Mi curiosidad me hace de nuevo girar el cuello y veo como la falsa cortesía dejó de existir y todo se transformó en un espectáculo grosero y bravo. Las personas meten sus piernas por entre las piernas de otras, con la misma furia con la que el hocico de un lobo se hunde en la piel muerta de un animal cazado y aún tibio. Y se realiza con creces innecesarios, con gritos y empujones, y todo es bullicio y gotitas de saliva que caen de diferentes direcciones hacia lados contrarios. 
 
 Amas de casa, estudiantes, caballeros en traje. Todo mezclado en un estanque espantoso de sudor y dolor. Se puede notar también como las gentes desde fuera del autobús luchan para subir a este en un huayco invertido informe. Ya no se puede. Ya nada se puede. Hay gritos, hay desesperación, golpes, conatos de peleas. Los que estamos sentados nos vemos obligados a ignorar, a ser espectadores sin culpa. 
 
 De pronto, un silencio bello se apodera del espacio. Todos dejan de gritar, salivar, empujar, retroceder, avanzar. Todos dejan todo. Y yo intento adivinar qué va a suceder. Y el silencio, aquel silencio, me parece la cosa más bella que he escuchado. El tiempo se suspende y todo se comienza a bañar de un tinte de extraño incierto. Pretendo saber. Y se, que como en la misma creación del universo se necesitó al caos para que la gran explosión fuera posible. Sé, o quiero creer que se, que antes de la gran explosión hubo un silencio. Como este, eternamente hermoso como lo es matemáticamente posible una rosa.

Así que mi palabra cobra sentido. Por más extraño que parezca, la muchacha que está a mi lado comienza a olfatear mi cuello. Lo aplasta sin vergüenza con su nariz puntiaguda, y yo inamovible se lo permito con crudo miedo. Me percato, dentro de mi estática posición, que los demás pasajeros del autobús comenzaron a desvestirse mientras se tocan deseosos de recibir la lujuria que dan. 
 
 La muchacha para este entonces ya se encuentra medio desnuda, y lo que yo significo, también. Nos besamos con asquerosa pasión. Lenguas que se eran ajenas se reconocen impuras al tocarse y este acto se repite en todo el autobús. Señoras lamiéndose unas a otras. Señores tocando estudiantes. Estudiantes fornicando entre sí, con señoras o señores. 
 
 El sudor y el calor humano era muchísimo más fuerte que antes, cuando todo era gritos. Pero ahora, esta bruma de sexo y desenfreno lo hace aceptable todo. Un tipo me lame la oreja mientras que la muchacha esta sobre mí, forzando su sexo con el mío, desinteresada y fuera de sí.
 
 Reconozco todo como un real bacanal. Y no salgo de mi asombro. Este acto insólito me causa asco y al mismo tiempo satisfacción. Me apena en este momento reconocer que la señorita que no había podido espiar bien al subir al bus es bastante guapa. Y que cuando esto se acabe, se acabara de un modo abrupto y sin degradados. Que no sabré su nombre ni ella el mío, y solo conservare el fervoroso e irreal recuerdo de esta mañana despejada, donde reconocí la irracionalidad propia del ser generada por el caos cotidiano.
 
 De rato en rato, la orgía se detiene y todos parecen mirar el vacío. Cuando el bus para en una estación y más gente intenta subir, el desorden se adueña de nuestras almas y volvemos al acto indecoroso de inmediato, a hacernos el bastardo amor, a colisionar nuestros cuerpos, y somos todos repetidos nudos en una gran cuerda.
 
 Yo he logrado sacar de mis pantalones, que se encuentran en el suelo, un pedazo de papel y de lápiz, y aun desnudo y con gente a mi alrededor, gente que no me observa, escribo esto. En estos momentos estoy dejando de escribir porque el bus está a punto de detenerse otra vez. Y desde aquí logro ver que una masa bárbara de gente esta esperándonos para subir y acoplarse. Y tengo que estar listo para entregarme a mis deseos y por fin, después de tanto, sentir que soy parte de algo. Algo de lo que no tengo idea. Algo que quizás sea solo un viaje compartido.