Las revoluciones

Desde mis épocas de universitaria me recitaba una y otra vez un mantra que me acompañó por el resto de mis días: las revoluciones comienzan a besos. ¿Qué otra forma más importante de cambiar el mundo si no empezamos con la forma en la que nos relacionamos? Y en ese ir y venir, entendí todo mal.

Fui buscando muchos besos, muchos labios, muchas caricias. Me estremecí en cuerpos grandes, en cuerpos pequeños, me tomé un par de cervezas por la decepción de otros cuerpos que no congeniaron con el mío. Y seguía siendo todo lo mismo, la misma mierda, el mismo núcleo, la misma sensación de vacío, la misma soledad.

Entonces lo supe… amar es un acto político, es un acto que puede ser cuestionado, repensado, organizado, rearticulado. Amar es la unión entre yo y el otro. Yo frente a la alteridad, lo diferente, lo que me construye por oposición, lo que en teoría rebasa los límites de lo conocido y no debería ser amado.

Entendí que es más fácil amar ideas de los otros porque amar al otro es complicado. Entendí que es más fácil amarnos a nosotros mismos de ida y vuelta pero que eso siempre nos deja con la sensación de frustración porque el otro no logra llenar nuestras expectativas, nuestras ideas de lo que debería hacer y la forma en la que debería amarnos. Entendí que nos enamoramos de ideas, no de personas. Que objetivizamos los cuerpos para amar y que aprendemos muy poco de sus cicatrices, sus imperfecciones y su pasado.

Entendí que debíamos amar sin cuestionar lo que antes fuimos, porque los pasados quedan en el olvido. Cosa más absurda si los pasados nos construyen, nos enseñan, nos marcan, son caminos recorridos, lecciones aprehendidas. ¿Por qué tenemos que negarlas para la delicia del otro? ¿Por qué tenemos que fingir que llegamos sin huella, sin marca, sin tatuaje, sin besos, sin caricias y olores impregnados?

Y sí, la revolución se hace a besos, cuerpo con cuerpo. Cambiando la forma de amar, politizando la emoción, politizando el cuerpo, entendiendo que el otro es otro, amando la otredad. Pero lo más importante, lo más certero, es que descubrí que no necesitamos de todos los besos para revolucionarnos, bastan unos labios que nos den fuerza, unos brazos que nos sostengan con firmeza y ¡listo! La revolución siempre estuvo en nuestras manos. Vamos a ponernos rebeldes hasta que nos duela la hegemonía, vamos a hacer el amor como siempre debió ser hecho, a la izquierda, en el frente, desde abajo.

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