Cualquier excusa es buena si el empotramiento lo merece

Me miras a los ojos y me atraviesas. Entras en mí, alborotas mi interior y te quedas tan tranquila. Porque te gusta y te encanta saberte deseada . Además te chifla alterarme, provocar mi descontrol y dejarme con las ganas. Como siempre. Una y otra vez.

Sabes, sin falta que yo te lo diga, que cada vez que te acercas, activas el protocolo de calentón soporífero en mí. Lo sabes, y lo notas. Por mis nervios, por algún que otro sudor injustificado y porque a veces, solo a veces, llevo los pantalones tan ceñidos que son transparentes a mi entusiasmo.

Como te digo, te encanta. Te gusta saber que mientras hablo contigo te estoy desnudando por completo. Te recorro con mis manos y saboreo con mi lengua. Juego contigo, Fantaseo. Y me altero. Y en el fondo, aunque no lo reconozcas, mi estado descontrolado también te lleva a ti a un punto similar del descontrol.

Por eso te dejas caer a menudo por mi mesa. Porque sabes que vas a salir de mi despacho con la sensación de haber sido empotrada mentalmente. Vienes, te regodeas, me dices cualquier bobada que se te ocurra como excusa para detenerte, y te vas después de haber sentido como te han desnudado, enseñado Cuenca o la serranía de Ronda y sólo te falta el cigarrito de después para irte con el menú completo.

Y yo, una vez más, a pesar de haberte devorado mentalmente, me lamento en el muro de las ganas insatisfechas tratando de encontrar la puerta de salida de este laberinto que forma tu presencia deambulando por mi mente.

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