Pasión atemporal (I)

Sofía siempre ha sido la niña de mis ojos. Lo era en el colegio, cuando no éramos más que unos mocosos. Desde ahí, hace ya años, Sofía fue esa niña que captaba mi atención por encima del resto.

Los años fueron pasando y los caminos de unos y otros se iban diferenciando. Ya saben, yo a Londres y tu a California, pero en versión castiza, con parajes más patrios y recurridos del tipo de Madrid y Barcelona.

Sofía decidió estudiar cocina en el norte y yo me decanté por otro tipo de carrera en la capital de España. Pero, aún así, en periodos vacacionales, lográbamos juntarnos la mayoría de aquellos que un día fuimos simples mocosos en esas cenas conmemorativas que tanto nos gustaban.

Ella hizo su vida junto a un tal Aitor. Un tipo rudo, norteño, con amor incondicional a las olas que tan bien se disfrutaban por el paraíso natural que le vio nacer. Yo tenía mis escarceos, nada serios, pero si más o menos recurrentes. En las cenas, nos los contábamos, a secretos, ella y yo. Siempre hemos tenido una química especial.

En esas cenas, así como quien no quiere la cosa, siempre nos sentábamos juntos. La química era mutua y las ganas de juntarnos hacían el resto. Confidencias, risas, caricias y mucha complicidad. Demasiada. El tiempo pasaba pero las sensaciones entre ambos seguían intactas, aunque ahora se sentaban de la mano del respeto y la cordialidad, ocultando así aquellas ganas que desde siempre nos hemos tenido.

Nuestro último encuentro hasta la fecha fue la pasada navidad. Ya saben, esa cena navideña de todos los años que, además de recordar tiempos pasados, sirven para ver como unos nos llenamos de canas y arrugas y otros envejecen de manera espectacular. La dichosa comparación que el caprichoso paso del tiempo nos regalan, sin equidad, a unos y a otros.

Allí, como siempre, volvimos a unir fuerzas Sofía y yo. Cena plácida, cómplice y con muchos mimos y buenos momentos. Todo como siempre, hasta que, cuando salimos a darlo todo por esos garitos nocturnos, acabamos quedándonos los dos solos, en un rincón apartados, degustándonos despacito mientras nos contábamos más interioridades de lo habitual.

Las palabras no iban acordes con las miradas. La conversación era interesante y amena pero nuestros ojos estaban empotrándose mutuamente, despacio pero intenso. Yo lo noté. Ella también. Pero seguíamos manteniendo la prudencial distancia del cariño y el respeto.

He de reconocer que estaba espectacular bajo ese maravilloso ajustado vestido rojo que dibujaba un cuerpo pecaminoso que invitaba a inmolarse con tal de poder disfrutarlo. Yo la desnudé, mentalmente, no menos de quince veces, pero traté de hacerlo con prudencia, manteniendo las formas, absorto en una conversación intrascendente que pudiera mitigar mis ganas. Pero, estoy seguro de que se dio cuenta. Y no lo digo porque lo intuyera, sino porque al posar su mano sobre mi cintura, hizo un pequeño gesto para acercarse a mí lo suficiente como para susurrarme al oído una frase que me dejó totalmente descolocado:

“no me mires así que estás logrando que las bragas se me bajen solas del calor que me estás provocando”.

Sin palabras. Blanco. Sudoroso y fuera de lugar. Así me quedé. Sin saber que decir tras haber sido descubierto por ella y haberlo hecho de ese modo en el que uno deja la puerta entreabierta con la intención de que entre el pequeño halo de luz necesario para iluminar la habitación.

Se me aceleró el pulso, empecé a tartamudear y noté como ella había dado un paso hacia delante para estar más pegada a mi, incluso. Notaba su respiración y su cuerpo era aún más deseable a solo cinco centímetros de mí. El vestido dejaba poco a la imaginación y su olor hacía el resto. O frenaba eso o tendría que atacar, pero no valía quedarse en medio sin hacer nada. No había lugar a la indiferencia. Matar o morir.

continuará

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