Rutina interrumpida

Es por tu culpa. Ya sé que hace meses que no nos vemos y que probablemente sean muchos más los que tardemos en reencontrarnos si es que alguna vez ocurre eso, pero aún así sigues siendo la culpable de esta cara de cierta felicidad que se dibuja últimamente en mi cara.

Tú no lo sabes. Ni siquiera tengo intención de decírtelo. ¿Para qué? Dudo que te importe y al final son cosas mías, cosas que tú no puedes controlar, porque suceden en mi silencio, en esos momentos de soledad que me regalo cada día y ahí te disfruto, completamente.

Hoy ha sido recién despertado. He cerrado los ojos y acompañado de fondo por una de esas listas de canciones que tanto me gustan, te he disfrutado plenamente. Tal y como ha ocurrido unas cuantas veces. Toda para mí.

Salías de la ducha con destino al trabajo, como cada mañana. Ya sabes, acompañada de esas malditas prisas que tenías por costumbre de regalarte esos malditos cinco minutos de más en la cama. Pero eso te ha hecho siempre estupenda. Porque sabes lidiar con ello a la perfección.

Como decía, salías de la ducha, a medio vestir, desayunando a la vez esa pieza de fruta que yo te había vuelto a dejar convenientemente preparada sobre la mesa. Y te dirigías a mí para decirme adiós, en la distancia, al no tener tiempo de dar cinco puñeteros pasos hacia mí. Todo discurría como siempre. Como cada mañana.

Te disponías a salir corriendo para llegar al urbano de menos cuarto y te topaste con la puerta cerrada. Nunca lo estaba. Y tú y yo sabíamos que las llaves de casa podían estar dentro de cualquiera de los cinco bolsos que usabas con cierta asiduidad últimamente. Unos bolsos lo suficientemente grandes como para dedicar tu escaso tiempo a buscar. Y me pediste ayuda.

Yo, como si no supiera lo que estaba ocurriendo, me dispuse a ayudarte. Ni me miraste, no tenías tiempo, pero esta mañana había decidido no usar el boxer de costumbre que mitigaba mi esplendor mañanero. ¡Un día es un día!.

Al llegar a la puerta, lo viste. Estaba desnudo. Completamente desnudo y extrañamente pausado a pesar de la prisa que a ti te invadía. Yo abrí la puerta y te pasé un papel que sugerí que leyeras antes de salir. Era importante.

Hoy no trabajas. He llamado a la empresa y he dicho que estabas enferma, con fiebre. Te han dado el día libre. Por eso he pensado que quizás te apetezca desayunar más tranquila. En el aseo grande tienes la bañera calentita para ti. Hay más sorpresas”.

Yo, mientras lo estabas leyendo, te dejé sola y me dirigí al aseo para esperarte. Me introduje en la bañera y cerré los ojos mientras te esperaba. Antes de hacerlo dejé encendidas las velas y puse tu canción preferida de fondo, mientras que, gracias al vaho que tenía acumulado el espejo, te dejé un mensaje: “Quiero que te comas todo. No te quedes con hambre

Llegaste semidesnuda al aseo. Acelerada. Hiperventilando. Había conseguido mi objetivo. Tenerte totalmente excitada y deseosa de desayunar (me). Lo hicimos, detenida y repetidamente, dedicándonos un tiempo precioso para que los preliminares tuvieran el protagonismo que merecen antes de acabar con la explosión de placer incontrolado las tres veces que nos devoramos. Fue apoteósico. El agua se había quedado fría pero el calor que desprendíamos sirvió para que la temperatura siguiera siendo tropical. Lloramos de placer y no nos dejamos ni un gramo de ganas dentro de nosotros.

Por esto que te cuento tengo esta sonrisa de imbécil. Por saberte mía sin que tú puedas negarte. Simplemente porque no lo sabes. Simplemente porque no te doy opción. Decidiste marcharte de mi vida pero, en mi mente, a mi modo, seguirás siendo mía cuantas veces quiera.

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