Tú, mi descontrol

Te pienso. Y con ello, me acelero. Porque solo tu presencia, revoloteando por mi mente, logra llevar mi control a su punto más descontrolado. Tu taconeo, tu aroma y tu risa, esa maldita risa que saca de mí todos los deseos más impuros que creía perfectamente guardados. Nada, no funciona contigo.

Si cierro los ojos y te imagino, todo cambia. Lo que empezaba como un paso previo a un placentero sueño, acaba convirtiéndose en el más feroz de los deseos. Tú.

Porque eres mi deseo. Eso que ansío disfrutar, saborear y por qué no, empotrar salvajemente contra la pared de mi cocina. Una y otra vez. Sin compasión, ni tregua.

Imagino como me miras, a lo lejos, sabedora de las ganas que te tengo, y juegas con ello, controlando la situación y haciendo con ello que mi descontrol sea tan manifiesto que voy perdiendo las formas poquito a poco. Y te encanta, porque te sabes protagonista absoluta.

Y a mí, además de ponerme, sabes que me apeteces. Mucho, demasiado. Casi desde la gula. Imagino recorriendo cada centímetro tuyo, saboreando todos tus rincones. Y ahí, amiga mía, es donde te gusta tenerme. Fuera de mí, desbocado y decidido. Con todas mis ganas centralizadas en ti.

Tú, mi descontrol más deseado. Tú, mis ganas más alocadas. Tú, mi deseo más anhelado. Tú y sólo tú.