Oscuridad.

Una oscuridad muy tenue.

Casi… Imperceptible.

Gritos… Que no soy capaz de distinguir.

¿Son suyos…?

¿O provienen del interior de mi cabeza?

Soy capaz de sentir la sangre fluir escapando de mí

¿quiere huir de mi?

¿o yo quiero huir de ella?

sin embargo se siente como si la oscuridad pudiera salvarme.

[...]

“Diablos”.

Aquello fue lo único que cruzó su cabeza. Junto a un dolor de cabeza muy leve, en la parte alta de la nuca. Una sensación extraña que acompañó un inminente mareo. No estaba drogado para tener ese tipo de sensaciones, ni se había tomado la pastilla… No tenía ninguna razón. Quizá tenía una, y era que apenas comía. No comía porque su estómago parecía detestar todo tipo de alimento. Todo tipo de alimento claro está menos la pizza que comió en casa de Kalen el día anterior.

Un día extraño, en el que se podría decir… Que había hecho un amigo.

Primer día de las vacaciones de navidad. Tenía dos semanas libres, en las que probablemente tendría que ir adelantando material para cuando acabasen. Aquello era un sinfín de trabajo, tenía mucho que hacer, mucho que escribir. Sí, sobretodo escribir. No porque tuviera que entregar algo, quería hacerlo. Quería escribir hasta que sus dedos comenzasen a sangrar. O hasta que sus ojos llorasen del cansancio. Pero tenía que hacerlo, quería hacerlo.

La razón no la comprendía, era un simple impulso. Un impulso fuerte que no debía seguir pero que, siendo idiota y sabiéndolo, lo haría. Y sabía que iba a escribir hasta que sus manos temblasen y su letra se volviera inteligible hasta para sí mismo. Día tras día, sin comer, sin salir. Sólo escribiendo y con música a verdadero volumen. Mientras lloraba por miles de razones, o mientras reía sin razón alguna.

Era insano.

Dejó el bolígrafo cuando se dio cuenta de que había comenzado a escribir fuerte, tan fuerte como para atravesar el papel. Estaba lleno de rabia por alguna razón. ¿Rabia? No, no era rabia. Era dolor, una sensación horriblemente angustiante que jamás había sentido antes, o sí… una vez hacía muchos años. Ni siquiera sabía lo que estaba escribiendo.

Era un papel lleno de frases al azar, seguidas en algún extraño orden que ni él mismo comprendía. Era un fragmento de algo, ¿de una novela? ¿De un relato? Acompañaba la escena con diversos dibujos —garabatos más bien— de un niño y objetos al azar.

Estaba loco.

¿Estaba loco?

No, mierda. No puedo estar loco.

No estaba loco.

Claro que no lo estaba.

Pero la forma en la que el sonido del timbre resonó en su mente como la estridente campana del instituto, haciéndose ver a sí mismo enfrente de él siendo un pre-adolescente, le hizo pensar totalmente lo contrario.

El segundo timbrazo le hizo salir de la extraña ilusión.

—V-Voy…

Caminó pisando los diversos papeles tirados en el suelo. Los ignoraba, sí, quizá algún día los recogería, de momento aquel era su ambiente más común de vivir. Abrió la puerta, encontrándose con aquellos ojos ámbar una vez más.

Aquel chico… Era realmente persistente.

—Hey Berit— saludó el peli-castaño… Con una sutil y vergonzosa sonrisa —. Estaba aburrido. Sé que es pronto, pero además… Te dejaste algo anoche.

Le extendió la bolsa con su compra del día anterior, incluidos los paquetes de tabaco y los mecheros.

—Gracias— alcanzó a decir, sin sonreír, sin expresar nada —. Tengo mala memoria.

Aún estaba desconcertado con lo que estaba pasando consigo mismo.

—¿Te molesta que… Pase?

Kalen se auto-invitó con aquella frase, sabiendo que Berit no se negaría. Entró y ambos caminaron al desordenado salón. Los pisos eran iguales, al fin y al cabo eran del mismo edificio, sólo que con decoraciones y colores diferentes.

—Siento el… Desastre— el rubio comenzó a recoger todos los papeles esparcidos. Estaba nervioso, su casa era el vivo reflejo del desorden que tenía en la cabeza, no quería que tuviera una mala impresión de él a esas alturas —. He tenido… Problemas.

—No te preocupes— Kalen dejó las cosas y comenzó a ayudarle —. Mi piso no está mucho más ordenado.

—Sí que lo está— reprochó sin darse cuenta —. Al menos ayer… Estaba reluciente.

—De vez en cuando— rió el mayor —. ¿Qué ocurrió?

—¿Eh?

—Dijiste que tuviste problemas. ¿Qué fueron? Si no te molesta que pregunte.

—Yo…— tanteó, observándole con temor, sin saber qué decir respecto a que quizá estaba volviéndose loco —No es nada en realidad. Cosas de la universidad.

—¿Seguro?— Kalen cogió una de las hojas y comenzó a leer lo que tenían escrito —“Estoy harto de mi propia mentira. Sólo quiero matarme” no tiene pinta de ser de la universidad.

—¿Qu-?

Kalen lo calló con una carcajada.

—Algún día me contarás qué sucede. ¿Vale?

—Vale…

—Eso no me basta— sonrió acercándose al menor, notando su nerviosismo. Diablos, cuando comenzaba a jugar con las personas todo se iba al traste, pero le gustaba aquello… Le gustaba verlos y estudiar sus gestos. Berit para él era algo diferente, algo nuevo que aprender, y sus respuestas tímidas al ser intimidado… Sólo lo llamaban más. Elevó su rostro sujetándolo de su barbilla para susurrar las siguientes palabras —. Prométemelo.

Y Berit cayó.

Perdió totalmente el sentido, sin saber cómo, sin saber por qué. Cayó siendo sujetado como Kalen podía para que no se hiciera daño. ¿Qué había sucedido? Sólo quería ponerle un poco nervioso, sólo quería hacerle reír… Maldición, sólo quería saber más de él. Se sentó en el suelo y colocó a Berit de forma que pudiera ver su rostro.

—Hey, Berit— acarició su rostro y lo agitó levemente. Estaba realmente colorado y tenía una temperatura alta. Fiebre, mucha.

Lo cogió en brazos como era debido y se lo llevó a la que suponía era su cama. Ignorando el desorden, ignorando la sangre y los objetos rotos, trató de buscar la forma de por lo menos saber que iba a estar bien. No se iba a ir, ¡por supuesto que no! Ese chico le necesitaba, su chico le necesitaba.

Cuidó de él como si la situación fuese de vida o muerte. Pensó en llamar a la ambulancia, pero quizá era simplemente un bajón de tensión, o de azúcar. Quizá el chico tenía problemas nerviosos, o algo. Fuese lo que fuese la fiebre comenzó a bajar en poco tiempo, por lo que se relajó. Y como si fuese su madre, comenzó a recoger y ordenar como podía para que cuando despertase se sintiera menos agobiado. Comenzó también a preparar la comida.

Cómo pasar de universitario a ama de casa en cuestión de segundos.

Kalen entonces y sólo cuando vio que todo estaba decentemente ordenado, procedió a sentarse. Se sentó en el escritorio de Berit y ojeó, sin ánimo de lucro, cada uno de los cajones. Se podía decir que era una persona que se tomaba sus confianzas, y, ¿iba a tener el rubio inocente algo fuera de lugar? ¿Porno quizá? No, claro que no. Aunque así al menos sabría sus preferencias. Si resultase ser gay o mínimo bisexual aprovecharía. Mejor gay que bisexual... No solía llevarse demasiado bien con las mujeres y no soportaría pensar que le pudiera atraer alguna.

Basta. Se estaba montando una auténtica paranoia. Berit era la persona más noble y limpia que habría podido encontrar. No porno. No amor. No sexo —bueno, o eso suponía—. Era sin duda algo difícil de encontrar y extraño. A Kalen no le habría importado incluso que se hubiera acostado con medio universo —bueno, quizá un poco sí—, pero el simple hecho de que nunca hubiera tenido una pareja le hacía pensar que quizá nunca habría dado un simple beso.

Giró hacia él bruscamente entonces.

“¿Nunca dio un beso?” una sonrisa pícara decoró su rostro, dándole un toque infantil. Berit seguía durmiendo.

Si nunca había dado un beso significaba que quizá podría ser el primero. Si era el primero quizá podría gustarle sin plantearse si era un hombre. Si eso sucediera, tomaría el paso e intentaría ser algo más que su amigo.

No, no. Detente. ¿Era aquello misión imposible? Los planes raros y rebuscados no funcionaban cuando se gustaba de una persona. Dios, ¿realmente estaba manteniendo un diálogo consigo mismo en aquel mismo instante? Debido a su descabellado y sinsentido “plan”, ni se dio cuenta de cuándo había caminado hacia él, sentándose en la orilla.

—¿Sabes?— murmuró, sabiendo que no le oía —Algún día querría saber por qué no dejas a nadie cruzar esa barrera. Ya sabes. Nadie sabe de ti, ni siquiera tu terapeuta sabe más de lo que yo he visto en ti. Antes de comenzar a hablar... Recuerdo perfectamente cuando te mudaste. Fue hace apenas meses, y aunque intentabas que no lo notase, llorabas mientras arrastradas tu maleta como un niño pequeño que no quiere ayudar.

Rió. Diablos, estaba sincerandose a límites que ni conocía de sí mismo.

—“¿Tendré oportunidad con él?" pensé. Pero no, claro que no. No después de que el que suponía era el amor de mi vida se despojase de mí como de una camiseta vieja y estropeada— apoyó su rostro en sus manos y suspiró mientras masajeaba el tabique de su nariz —. Me hundió la vida, maldición. Y no me sentía con fuerzas para enamorarme de nuevo. Bueno, ahí es donde entras tú— giró hacia él. Berit aún dormía —. Berit Wellick... El que logró tenerme totalmente a su merced y quizá nunca lo sepa. Diablos. Esto parece una mala novela.

¿Su vida parecía una mala novela?

Quizá sí.

Quizá él estaba destinado a sufrir por amor eternamente.

Enamorándose... ¿Qué? Espera. No. ¡No! No estaba enamorado. Quizá no aún. Pero no lo estaba.

—No lo parece— la voz de Berit resonó, pareciendo la única vía de escape en aquel laberinto que había creado a base de recordar su desastrosa vida romántica —. Las Malas novelas no se comprarían. Yo compraría la tuya.

Y sonrió. Cuando Kalen giró hacia él no pudo evitar sentirse contagiado por su misma sonrisa.

—¿Cuánto tiempo llevas despierto? Codicioso— rió el mayor girando hacia él.

—En realidad... No sé cuánto tiempo llevas hablando, sólo oí lo de la novela.

Y se sintió horriblemente aliviado de que no hubiera escuchado su declaración. Le gustaba demasiado como para perderlo.

Kalen observó la extensa cama y el espacio sobrante en ella. Debido al cansancio no dudó en tumbarse junto al que acababa de despertar.

—Gracias— murmuró éste —. Por todo.

—No las des.

—Sí... Cielos. Nadie ha hecho algo así por mí alguna vez.

Berit giró hacia él y llamó su atención tirando de su brazo. Ambos se encontraban tirados, sin nada aparente que hacer o decir.

—Eres alucinante Kalen— murmuró en un hilo de voz que juró no haber entendido hasta analizarlo unos segundos —. No sé cómo lo haces.

—¿Hacer qué?

Kalen giró hacia él también. Y se encontraron ambos ahí, mirándose, sin decir palabra y sin parpadear. Incluso juraban parpadear al mismo tiempo para que el contacto visual no se rompiera en ningún momento. El rostro de Berit lucía demacrado, con sus ojeras violáceas y sus labios rotos y casi blancos. Al mayor le destrozó.

Sin embargo le pareció que tenía unos labios bonitos.

—Berit— susurró levantando levemente la cabeza. Se acercó a él de forma lenta, pero paró cuando se percató de lo que realmente estaba a punto de hacer —. ¿Me permitirías?

—¿Huh?

Sujetó su rostro con una de sus manos y, apoyándose sobre su antebrazo en la cama, cortó totalmente la distancia.

Los labios de Berit se sintieron tímidos y temblorosos. Dulces, le embriagaron con una mezcla de sabores azucarados y le hicieron desear más de aquella incomprensible sensación.

Berit en cambio se sintió morir. De vergüenza, de nerviosismo, de todo. Nunca había siquiera pensado nada así, nunca había tenido tal conexión con alguien, nunca había llegado a disfrutar ningún tipo de contacto con alguien. Sin embargo los labios de Kalen sobre los suyos le hicieron, por otro lado, sentirse vivo.

Y no iba a negarse a aquella sensación.

Pero, quizá por desgracia, Kalen sintió inquietud y decidió separarse. Maldiciéndose a sí mismo mentalmente, tanteó con temor a abrir los ojos por si se encontraba con una mueca de disgusto o desagrado. Para sus mucha sorpresa, no fue así. Antes de que pudiera abrir la boca para pedir disculpas, Berit volvió a ocupar sus labios en un beso más atrevido.

Y se sintió totalmente en el cielo.

El rubio superó totalmente sus expectativas y cada pensamiento de que él era en realidad una persona realmente inocente. Kalen descubrió que no era para nada así, o que era así momentáneamente. Lo tenía, lo tenía ahí… La gran oportunidad de tener al chico que le volvió loco en cuestión de pocos días.

Se separaron.

—Lo siento— trató de decir Berit, en un hilo de voz apenas audible —. Mierda, lo siento, lo siento mucho…

Y Kalen rió. No sabía por qué, quizá… Simplemente estaba feliz. Estaba feliz tras tanto tiempo sintiéndose muerto a pesar de intentar mejorar. Adiós al alcohol, adiós al tabaco, había encontrado en un beso una posible medicina a todos sus males.

—Fui yo el que te besó— acarició su rostro. Una sensación realmente fuerte palpitaba dentro de su pecho. Lo quería, lo necesitaba —. Berit, yo…

—No es… Deberías besar a alguien que… Supiera de eso.

Kalen lo observó con incomprensión. Entonces él rubio trató de explicarse;

—Alguien que pudiera hacerte sentir igual de bien que tú me has hecho sentir a mí. Yo… No sé besar. ¡Lo siento..!

—Las personas no aprenden a besar— le interrumpió —. Cada quien tiene una forma de hacerlo, algunas personas tienen formas compatibles, pero ser incompatible con alguien no significa que alguno de los dos no sepa besar, sino que no están hechos el uno para el otro— explicó con una seriedad increíblemente intimidante —. Tú y yo somos jodidamente compatibles.

Y sonrió.

Berit sintió su corazón latir con más fuerza. Nunca se imaginó así. Nunca se imaginó en una cama con alguien a quien había besado. Nunca se había imaginado siquiera sintiendo algo más que asco u odio por sí mismo.

—Mierda— rió —, ¿cómo lo has hecho para hacerme confiar así en ti? Yo nunca… Te juro que nunca…— su tono de voz bajó notablemente —Nunca he llegado a sonreírle de forma sincera a alguien. Pensé que moriría solo, probablemente causando mi propia muerte y sin haber llegado a tener contacto con otra persona en mis años de vida.

Realmente aún tenía tiempo.

Aún podía echarse atrás.

Aún podía olvidar todo aquello.

Porque no podía ignorarlo eternamente…

No podía ignorar aquella voz que le gritaba, iba a morir sólo y en agonía.

—Sin embargo— Kalen observó su rostro tomar una expresión de tristeza —, estamos aquí. Estamos riendo. Estamos… Felices. Yo al menos estoy feliz. Soy feliz estando contigo.

—¡Mierda, ¿por qué siempre me haces sonreír?!— exclamó el rubio antes de reír por lo bajo —Nunca nadie logró esto. ¿Qué clase de criatura todo-poderosa eres?

—Una criatura todo-poderosa no habría tardado tres horas en recoger una habitación.

—Tienes razón… Y sería lo suficientemente inteligente como para no estar perdiendo el tiempo conmigo.

Esta vez fue el turno de Kalen para soltar una leve carcajada.

—Digamos que sólo soy un tonto enamorado.

Berit entonces lo observó con auténtica extrañeza. Su rostro tornó totalmente serio, incomprensible, el vivo reflejo de la confusión. A esas alturas… ¿Había dicho algo malo? Se levantó al ver que el rubio se sentaba apoyando la espalda sobre la cabecera de la cama.

—Berit— lo llamó, captando su atención. El rubio se mostró nervioso, tornó totalmente pálido —. Una persona no besa a otra así como así… Lo sabes, ¿no?— él simplemente negó. Berit nunca se había planteado una situación así, ¿qué debía pensar de sí mismo? Se sentía cambiado, para bien o para mal, y no le gustaba —Entonces yo-

—No.

—¿Eh?

—No sigas hablando… Por favor— se llevó las manos a los oídos y frunció el ceño —. Necesito que te vayas… Por favor. ¡Por favor!

Kalen no comprendió, pero no iba a irse así como así. Apartó sus manos y prácticamente le obligó a mirarle sosteniendo de forma poco sutil su barbilla.

—Berit, me gustas. Demasiado. Sólo querría saber… Si tu forma de devolverme el beso significa que sientes algo por mí, por muy pequeño que sea. Por favor.

—No lo comprendes— balbuceó el menor, las lágrimas no tardaron en caer. Su voz se rompió —. Yo jamás he… Jamás he sentido…

—Lo sé, lo sé— acarició su mejilla, apartando las lágrimas con sus pulgares y observó sus ojos esbozando una sonrisa —. Te ayudaré. Te ayudaré en todo. Te quiero, ¿vale? Quiero saber de ti, quiero hacer que… Sea lo que sea que te esté haciendo llorar… Mierda ojalá pudiera hacerte sonreír por siempre.

Apenas podía decir las frases completas. Se llenaba de rabia al verlo de aquella manera, no lo soportaba. Le quería, realmente amaba cuando sonreía. Se veía tan lindo, tan tierno… Y se había vuelto tan necesario para él.

Que era jodidamente insano.

—Jamás sentiré algo hacia ti— soltó entonces Berit —. Sólo soy un despojo de odio y decepción andante. Soy… El hijo que nadie querría. El amigo en quien nadie confiaría. Y la pareja que nunca amaría.

—No lo sabes.

—Sí lo sé— dejó su cabeza caer sobre su hombro —. Sé que por mucho que lo intente… Las ganas de despertar muerto adormecen todo lo humano en mí.

Kalen no supo qué hacer. Sólo pudo alcanzar a acariciar su cabello y a depositar un suave beso sobre su cabeza. No se iba a rendir. Él nunca se rendía. Y cuanto más sintiera a su chico temblar bajo sus manos, más sentía la necesidad de protegerlo.

Era insano.

Jodidamente insano.

Pero se había prometido ganarse su corazón y no dejar jamás que nadie volviera a dañarlo.

—Hey… Berit— esbozó una sonrisa digna del gato Cheshire —. Te amo. Y te ayudaré a salir de esto. ¿Está bien? Tú y yo seremos invencibles juntos.