Mis padres me prohibían leer novelas y ahora soy doctora en literatura
“Hija, llevas una hora leyendo el libro ese, te va a dar dolor de cabeza. Mejor déjalo y ve un rato la tele”, mi madre.
Esta es una historia privada, una anécdota familiar de esas sobre las que se hacen bromas en las reuniones de Navidad, pero cada vez que menciono entre mi círculo de amistades que mis padres me desaconsejaban leer y que se inventaban cosas como que leer demasiado me iba a dar dolores de cabeza, despierto miradas de incredulidad y ansias de saber más. De saber, primero, por qué mis padres sentían tanta animosidad por la ficción y, segundo, por qué alguien criado en un entorno con una profunda desconfianza por el libro acabó en filología, con un doctorado en literatura y ganándose el pan como editora.

Bueno, hay algo que necesito dejar claro primero: mis padres se criaron en la más remota Edad Media. Estoy hablando de esa Edad Media que se vivió en la España rural de la posguerra, donde pocas cosas habían cambiado desde el tiempo de los romanos más allá de que ahora había que ir a misa los domingos, pagar 5 duros de multa si te pillaban besándote con el novio, sufrir un año de luto encerrada en casa si se te moría el novio (esto le sucedió tal cual a mi madre a los veintipocos) y donde para poder bailar con el mozo que te tiraba los trastos en las fiestas del pueblo debías acudir con tu madre de carabina (así se hicieron novios mis progenitores a los veintimuchos).
Insisto, estamos hablando de una zona de la Guadalajara profunda donde, allá por los primeros años noventa cuando yo era aún niña, las mujeres seguían lavando la ropa a mano en el río (mi madre no tuvo una lavadora en su casa de pueblo hasta el 2000), donde dormíamos en colchones de pura lana de oveja, se meaba en orinal, se bebía agua directamente del botijo, las mujeres no usaban pantalones (mi madre se puso sus primeros pantalones al cumplir 60 años), los hombres comían usando navaja en vez de cuchillo y había un pregonero que de vez en cuando recorría las calles al grito de “Se hace saber de parte del señor alcalde…”.
En este entorno, es más que natural que sucediera lo inevitable: mis padres y toda su generación eran personajes de El Quijote. Quiero decir que eran gente que, como los vecinos de Alonso Quijano, sentían una profundísima desconfianza hacia esa forma de insidia que hoy en día llamamos “ficción”. Al fin y al cabo, según insistían mis padres, las cosas que uno lee o que ve por la tele o son verdad o son mentira: las noticias del periódico son verdad, el partido de fútbol es verdad, la corrida de toros que ponen en la sobremesa es verdad; pero las películas de aventuras, las novelas románticas, los cuentos para niños… sus historias no son verdad, y si no son verdad solo cabe concluir que son mentira. ¿Querrías tú que tu hija creciera leyendo mentiras?
“No sé por qué veis tantas películas, si lo que cuentan es todo mentira”, mi padre.
(Me siento muy tentada de hacer aquí un aparte para explicar cómo uno de los motivos por los que hoy en día más AMO a mis padres es por ser trozos vivientes del medievo y por su profunda desconfianza hacia la literatura como una forma bastarda y mentirosa de escritura, un pasatiempo por el que los autores debían disculparse. Pero en vez de liarme con eso ahora solo os voy a remitir a esto que ya escribí sobre por qué la ficción es mentira y voy a seguir ahora con lo mío).

El caso es que este entorno familiar no era el mejor para criar a una chavala que quería leer. En mi casa solo había una docena de novelas (las que obligaban a comprar a mis hermanos para leer en el instituto) y una de esas enciclopedias familiares educativas que tan de moda estaban en la época (con sección de sexualidad explicada a los niños incluida). Y todo eso fue lo que me leí unas doscientas veces (recuerdo haberme leído con unos doce años cosas como Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa sin haber entendido una sola palabra, solo porque todo sonaba bonito). Por eso puedo decir que las bibliotecas me dieron de mamar intelectualmente.
Años más tarde, el día en que llegué a casa del instituto con una matrícula de honor que me iba a pagar todos los gastos del primer año de carrera y en que les dije a mis padres que iba a estudiar filología, ellos me dijeron que vale, pero que si no quería hacer mejor un módulo de peluquería, que de eso siempre había trabajo. Cuando les comenté que me iba a doctorar ellos me preguntaron que para cuándo las oposiciones a maestra. Cuando les dije que tenía un trabajo de editora ellos desconfiaron de que eso pudiera darme de comer. Al menos, según han pasado los años parecen haber cejado en sus desconfianzas.
¿Cuál es la moraleja de esta historia? La primera desde luego es que invertir en bibliotecas físicas y digitales salva de la hambruna intelectual a muchos chavales como yo en su día. La segunda es que esta idea de que las novelas y las películas molan es una moda, una idea pasajera, algo que nos parece muy bien en este momento pero que puede cambiar en el futuro. La tercera y más importante es que, no, leer no da dolor de cabeza igual que bañarse después de comer no da cortes de digestión; ¡así que a leer novelas todos!