TBT #7: El vínculo secreto entre las canciones de misa y el indie pop

Whoopi Goldberg en Sister Act (1992)

TBT (Throwback Thursday, en español Jueves de antaño) es un reconocimiento de que la música tiene historias y tiene una historia. En cada entrega, Ricardo Martínez recuerda y rememora un género, un estilo o un periodo de la música pop, intentando ir hacia su contexto, sus orígenes y sus consecuencias.

Por Ricardo Martínez (@Kyito1969)

Durante dos o tres años canté en el coro de la parroquia La Anunciación en la Plaza Pedro de Valdivia de Santiago. Era 1994–1996, un periodo en que las canciones de misa tenían un nuevo aire luego de décadas de dominio de las abuelitas (que iban dele que suene con los sones de Cesáreo Gabaráin –el José Luis Perales de las canciones de misa–, autor de la incombustible “Pescador de hombres” y de otros hits eclesiásticos como “Vienen con alegría, Señor” o “Una espiga dorada por el sol”), luego de los arrestos notables de bandas chilenas como Los Perales (“El peregrino de Emaús“) o Elicura (“Jesús, Jesús, Jesús” y “Yo te canto”, que más tarde fue “laicificada” por Alberto Plaza) y, por cierto, tras el dominio durante los años oscuros de la dictadura de la serie “Concierto de oraciones”, propiciada por Julián García Reyes, de la Radio Concierto (“Hombre verdadero”, creada por Eduardo Gatti, o “Gracias por todo, Señor” en la voz de Cristóbal).

En esa época (mediados de los 90) ya era claro que las canciones de misa y el pop y el rock tenían más vasos comunicantes que los que los conservadurismos de un lado (la Iglesia) y otro (el rock) estaban dispuestos a aceptar. Muchísimas canciones mainsteam habían pasado de las radios a las capillas, entre ellas, por cierto, la más conocida era el “Padre nuestro” inspirado en “Sound of silence” de Simon & Garfunkel. Pero había otras menos reconocibles, como “Last supper”, “La última cena” de la ópera rock Jesucristo Superestrella, que se tradujo al estilo de la Iglesia Latinoamericana como “Qué misión tan bella es ser apóstol” (“Tanto nos amó que al despedirse en la Santa Cena aquella tarde / Nos dio como pan su propio cuerpo y su sangre como vino de fraternidad”. Ojo que la interpretación original del tema en su versión de 1970 era de Ian Gillan, vocalista de Deep Purple). O como “Quiero cantar una linda canción”, que era un cover de “Tous les garçons et les filles” de 1962 en la voz de Françoise Hardy. Podríamos estar horas.

Bueno, el asunto es que tras la vuelta de la democracia los charangos y las guitarras rasguñadas se hicieron más y más comunes en las parroquias (no olvidar que estos instrumentos habían sido medio prohibidos por la dictadura), y así aparecieron nuevos bríos creativos, como las “Canciones para la Misión” (con algunos temas que fueron un clásico instantáneo: “Salmo de la creación”, “Tres cosas tiene el amor” y, por supuesto, el “Hey!, Jude” de las misas de aquellos años: “Canción del misionero” (”Señoooor, toma mi vida nueva / antes de que la espera desgaste años en mí”). Por otra parte, hacía su ingreso a los cantorales fotocopiados que se ponían en los bancos de las parroquias todo el cancionero de Taizé (con antífonas como “Dónde hay amor”, “Nada te turbe”, entre otras), que estaban tan bien compuestas que permitían juegos corales a cuatro voces más solistas. No lo hacía nada de mal tampoco el arribo de los sones de Martín Valverde (“Nadie te ama como yo”) desde Costa Rica, ni las obras de nuestro connacional Fernando Leiva (“Aclaró”).


Indie pop

Hacia 2001–2002 me empecé a alejar de la Iglesia (básicamente, por los caminos extraños de la vida), pero nunca pude olvidar esas misas y esas canciones, sobre todo la que se usaba en la Plegaria Eucarística: “October wedding” de Montreux, acompañada, en el ideal, por el texto de la Plegaria Eucarística V-d (“Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”).

En 2005–2006, hace una década, empecé a escuchar de manera obsesiva casi sólo música indie pop, un subgénero que en realidad era una invención de Rough Trade ese mismo 2006, con un compilado inolvidable que se llamaba Rough Trade shops — Indiepop 1. Era una invención, porque hasta entonces el indie pop no había existido. Corría una leyenda de que en 1981 y 1986 NME había sacado unos casetes hechizos con canciones que ahora eran el origen. Pero en realidad no había existido. Claro, estaban los flexidics vendidos a chaucha con fanzines ahora inencontrables. Estaba Sha-La-La, estaba La Casa Azul y eltontipop. Pero todo era mentira. El indie pop fue siempre un simulacro: un género inexistente al que se le inventó una historia en plena “retromanía”; un género “puro”, que era la quintaesencia de lo independiente. Tan independiente que hasta ese 2006 nadie había reparado en su existencia. Y entonces sucedió algo sorprendente: pude reescribir mi propia biografía musical a partir de este estilo. Como lo dije una vez sobre esa experiencia de escuchar “Mary Jo” de Belle & Sebastian yendo a Viña desde Reñaca hace unos meses, estas canciones eran las canciones de un universo paralelo, de una historia paralela, de una adolescencia paralela. Las canciones que yo hubiera escuchado todos esos sábados eternos si el mundo se desenvolviera como debe. Canciones que, tal como están, son puro significante vacío, que a algunas personas pueden hacerles recordar al amor platónico mirando las gotas de lluvia caer por los cristales de la ventana, pero que en realidad nunca serán eso, porque no estaban allí entonces.

Y entonces sucedió…

Fue como cuatro años después, una tarde-noche que pasé escuchando uno tras otro los centenares de temas de indie pop que había coleccionado, en que deteniéndome me dije: “oye, pero estas canciones parecen canciones de misa”. Y entonces reparé en que sí había vasos comunicantes –escasos quizá, pero claves– entre el pop y el rock y la música de la Iglesia, y estos vasos comunicantes parecían verdaderos túneles entre el indie pop y las canciones de misa. Y entonces reparé en la cantidad de canciones de Belle & Sebastian que hablaban de la Iglesia (“Hilary went to the Catholic Church because she wanted information”). Y busqué, al igual que Hilary, más información. Y me encontré con esto: “No soy realmente un cristiano con mayúsculas. Aún me pregunto cosas, pero pasé esa época en la que cantaba todos esos himnos antiguos en la cocina sin poder adivinar por qué lo hacía. Una mañana de domingo me levanté, consulté mi reloj y pensé: ‘me pregunto si podría encargarme del servicio de una iglesia’. Fue muy acogedor, fue como llegar a casa. Doce años después, nunca me he ido” (Stuart Murdoch para The Guardian, 2004). Y claro, hacía entonces más luz la letra de una de las canciones de B&S más hermosas que jamás escribieron: “I’ve seen God in the sun / I’ve seen God in the street / God before bed and the promise of sleep / God in my dreams and the free ride of grace / But it all disappears and then I wake up” [“He visto a Dios en el sol / He visto a Dios en la calle / Dios antes de acostarme y la promesa del sueño / Dios en mis sueños y el paseo por la gracia / Pero todo desaparece cuando me despierto”] (“The ghost of Rockschool”). Y claro, hacía entonces sentido que B&S hubiera hecho el “Especial de Navidad” de las Peel Sessions de 2002, donde, entremedio de canciones como “Photo Jenny” o “The boy with the arab strap”, deslizaban villancicos como “Oh come all ye faithful” (escúchenlo, es una joya que además tiene la intro del “mesmísimo” Peel). Y no sólo eso… claro que tiene sentido que B&S hicieran villancicos, si los villancicos son lo más twee del planeta. No por nada hay un compilatorio twee que se llama Christmas twee (un chiste interno con Christmas tree, en español árbol de Navidad), donde tocan bandas y solistas como Colin Clary o la vermontiana The Smittens. Y entonces se conectan más cosas y adquieren sentido, porque no es raro que Françoise Hardy sea al mismo tiempo una precursora del indie pop como buena representante de la chansón francesa. Y claro, uno empieza a escuchar los temas, sobre todo los del llamado twee (y no tanto los de otros subgéneros del indie pop, como elshoegaze o el cuddlecore o el post rock o el propio ant-folk) y los vínculos aumentan en la mente y el corazón. De hecho, hace unos meses le pregunté a Rodrigo Hoyos (de La Vuelta al Mundo) si alguna vez cantó en misa y me dijo que claro. Y la Ale Vaca, la vocalista incombustible de Les Ondes Martenot, me acaba de contar que “cuando estaba en el colegio había concursos de la canción y de la voz para Dios. Y a mí, la dura, nunca me importó Dios, aunque sí me importa la religión y me gusta el arte religioso, etc. Me daba lo mismo hacer canciones para Dios: para mí era sólo hacer mas canciones. La cosa es que dije ‘yo estas hueás las puedo hacer’. Y las hice y las mandamos. Y GANÉ DOS FESTIVALES con canciones indie pop”. Esta es una de ellas: “Madre de la luz”.

Bueno, todo esto podría parecer un cherry picking, pero creo que hay más. Y dándole más vueltas he llegado a una lista.

Aspectos musicales y líricos comunes en el indie pop y las canciones de misa

  • Los instrumentos de cámara (chamber pop), como los chelos, las violas y las cuerdas en general.
  • Los juegos vocálicos “chico/chica”.
  • Un paso lento y evocativo.
  • Una tesitura sencilla y poco amplia, con usos de modos menores preponderantes.
  • Una estructura en estrofas sencilla de seguir.
  • El carácter reflexivo/introspectivo de las letras.
  • Una fuerte carga emocional (triste y nostálgica).
  • Fuertes influencias del folk y el new age.
  • La “igualdad de género” en su interpretación y ejecución.
  • Por último, y lo más importante, un cariño común por el mundo, la vida y los seres humanos.

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