No siento, No amo, no empujo.

Mis recuerdos más vívidos de mi infancia eran: ir a los juegos y pedirle a mi madre que me comprara una paleta de grosella que tanto me encantaba para esos días soleados, me encantaba el olor de su perfume y sobre todo cuando me abrazaba y me ponía entre su cuerpo y sus manos, me sentía seguro y protegido, lograba trasladarme a un entorno suave en el que sabía que nada malo podía pasarme.

Sin duda, el recuerdo más valioso de mi infancia, son las grandes reuniones familiares en las que todos los parientes lejanos se reunían, bailaban y cantaban -ya que esto es lo típico en las grandes familias mexicanas- las tías por un lado haciendo locuras, las abuelas discretas en su hablar para poner al día todo lo que sucedía en la familia y los niños corríamos invadidos por una felicidad aunque también por esas ganas de vivir, descubrir y jugar.

Esta juventud de la cual no somos conscientes, donde todo parece tan fácil, cuando el obtener algo depende de un si o un no de nuestros padres o simplemente el hacer amigos empieza con un “¿Quieres jugar a las traes?”.

La escuela para mi siempre fue un suplicio, la religión me parecía abrumadora desde la pre-primaria y muchas cosas me parecían inconcebibles, pero se me olvidaba en cuanto sonaba la campana del recreo y salía a jugar.

Las obligaciones se fueron acrecentando con el paso del tiempo, llegó un momento en que tenía literalmente kilos de tarea, entender el nacionalismo mexicano a través de los libros de la SEP, comprender las matemáticas con Pablo y Pedro que intercambiaban manzanas idénticas, cargar un atlas gigante que jamás abríamos pues apenas y sabíamos donde vivíamos en un mapa; así en la escuela aprendí muchas cosas que hasta la fecha no me han servido y jamás pude conectar con mi realidad, probablemente fue culpa mía, pero ¿Qué interés puede tener alguien en todo ese conocimiento si jamás aprendimos a conocernos a nosotros mismos?

Es verdad, uno crece y comienza a ser consciente -lo que sea que signifique- del contexto en el que vive, sale de su pequeña burbuja y ve la realidad, social política y económica. También empieza a tener emociones hacia los demás, incapaces de ser explicadas e imposibles de ser comentadas. El ser sensible se relaciona con ser débil en nuestra sociedad, y por consiguiente nadie quiere ser débil cuando el abusivo es el que se lleva la mejor tajada.

Así crecí, alejado de mis emociones, carente de una explicación o una guía, eso sí, hábil para recordad las capitales de países a los cuales nunca iré, o que ni conocía un penique de su historia, rápido para factorizar o resolver una ecuación por trinomio cuadrado perfecto y sentirse un genio por despejar algo que no tendría una aplicación práctica en la vida. ¿Realmente le estaba dando valor a mi experiencia aquí en la tierra? ¿Ganaba algo con ser brillante frente a los ojos de los maestros pero torpe con mi tacto para las emociones?

Confundido sobre lo que sentía, y resaltando en las calificaciones para ser “aprobado” jamás comprendí que era el amor. Ese amor que describen los libros, pero se quedan muy cortos porque las palabras son pocas comparadas con una emoción profunda y libre que viene no sólo de este cariño desinteresado, también de un sentimiento que recorre nuestro ser y nos hace ser felices con nosotros; que nos permite cuestionarnos, nos permite entender que no hay que buscar nada en los demás, simplemente encontrar todo en uno mismo y compartirlo.

En adición, la idea de una media naranja lo complica todo, de que la otra persona va a hacernos crecer y nos impulsará -con una fuerza inherente- a hacer nuevas experiencias, viene a dar al traste aún más con esta visión ya sesgada de lo que es el amor. Nos lleva a creer que entonces la otra persona nos va a dar lo que nosotros no tenemos, nos aferramos a esa idea y cuando llega la persona y esto no se cumple… nos frustramos debido a que estamos viendo al amor como un intercambio de vacíos y no como la suma de ambas virtudes.

Esta libertad y amor que sentía de niño hacia lo que me rodeaba, a mi madre cuando me abrazaba, a mi oso de peluche que tanto quería; añoraba sentirla de nuevo, esta seguridad en sus brazos o simplemente esa caricia que reconforta el alma, que une los pedazos rotos o que simplemente diciendo “¿Quieres jugar a otra cosa?” se arreglaba todo y corría glorioso aún sin saber porqué pero erguido y con la frente bien en alto.

Seguro de niño era aún más sabio que ahora, estaba más en contacto con mis emociones y podía transmitirlas sin miedo a que me miraran con vergüenza o con lástima. El intentar ser una “persona normal” ha venido haciendo de mi un ser alejado de sus sentimientos, de sus sueños y de las añoranzas ¿Realmente hay que ser “normales”? Y si ésta es la respuesta ¿Quién es normal? Yo ya no quiero intentar ser así, y de pronto alzo mi bandera de la extrañeza, en la que hacer las cosas diferentes me brinda visiones y posibilidades nunca antes imaginadas. Dónde el no encajar con una visión ya planteada mensitúa frente a retos jamás inventados.

Esta bandera de “rareza” nos brinda la posibilidad de vaciarnos, muy similar a lo escrito en la filosofía taoísta, en dónde el vacío es lo que le da sentido a algo, en donde un cuarto lleno no sirve para nada, pero si logramos jugar con este vació podemos lograr una armonía, igualmente con la mente, el lograr vaciarla implica el llenar nuestra mente con nuevas posibilidades e ideas.

El vaciarnos de normalidad y llenar con rareza nos permite ponernos en contacto con esta parte infantil, aunque también el jugar a llenar y vaciar nos da la oportunidad de cuestionarnos, crucial para conectar con nuestras emociones.

En consecuencia, el vaciarnos de ser adultos nos regresa este sentimiento ya casi olvidado de ser niños y correr libres, disfrutar y encontentarnos fácilmente, el manejar nuestras emociones y el lograr ser empáticos con los demás. ¿Qué pasaría si saliera de mi zona de confort, de esta “normalidad?

La verdad es que pensar de una manera diferente a como veníamos haciendo requiere un esfuerzo que no siempre se logra a la primera y que no muchos se atreven a hacerlo. Pero así como la acción de leer implica un esfuerzo, los resultados son sumamente valiosos, nos dota de aparato crítico y en ocasiones lo trasladamos a la vida diaria, en dónde un libro nos pone en contacto con nuestras emociones, dónde el pensar diferente nos acerca más a dotar de sentido esa sensación que ha quedado lapidada bajo los ladrillos de la educación, la presión social y sobre todo la “normalidad”.

¿Y si hacemos a un lado lo que nos estorba y comenzamos a cuestionar, responder, sentir y a ser sinceros y transparentes con nosotros mismos?

Seguramente lograríamos aunque sea la misma paz y felicidad que sentíamos de niños al correr orgullosos al ganar el juego. Solo que ahora será un triunfo y un tributo a nosotros mismos.