Ausencia del Estado

El martes pasado viajé en tren con mi padre hasta Temperley para buscar a mi hermana a la casa de una compañera. No es habitual que viaje en dicho transporte y no porque no me guste hacerlo, sino porque en mi vida cotidiana no es requerido ya que hasta para llegar a la Facultad necesito manejarme en colectivo. Lo cierto es que este viaje llamó especialmente mi atención porque si bien no es la primera vez que viajo en tren nunca me transporté en horario pico.

Eran las 18:15 pm en la Estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, llamada a así por una situación en especial de la cuál me enteré en pleno viaje investigando en Wikipedia, se veía que el tren de a poquito se acercaba y las personas se aglomeraban cada vez más, sin importar que habían nenes cerca o mujeres embarazadas que eran empujadas.

Desde la entrada al susodicho podría calificarla como caótica, no cabía un alfiler; sin embargo, gente y más gente se incorporaba, sin remediar eso, no brillaron por su ausencia los vendedores ambulantes que sin tener conciencia de la cantidad de personas que éramos pasaban y pasaban casi ‘’pisándonos las cabezas’’, es importante resaltar que antes, por lo que me contaron, los vendedores ambulantes se respetaban el ‘’lugar’’ que tienen para hablar cinco minutos cada uno de ellos, pero por el contrario la impresión que me dieron ese día fue completamente diferente: entraba uno al vagón a hablar y enseguida hablaba otro, como ignorando al otro vendedor que ya había ocupado su respectivo sitio de venta, por otra parte, los nenes pedían monedas, pienso que más de uno está de acuerdo que en vez de tener una bolsa de caramelos entre sus manos deberían tener un libro y estar sentados o parados en el vagón pero yendo a estudiar, ignorando las condiciones que los obligan a hacerlo, teniendo en cuenta de que muchos de ellos son obligados por sus padres a realizar dicha ‘’labor’’, eso aunque uno no lo crea es una cadena que tristemente va a repitiéndose generación tras generación y que estanca a las generaciones futuras formándose inexorablemente así, sin educación.

Vidal charlando con un vendedor

Todo esto me hizo pensar en la ausencia del Estado para la gente que más necesita, y pensar también en que el Estado somos todos y cada uno de nosotros, si uno por uno sumara su granito de arena quizás toda esta gente no estaría en las calles mendigando o vendiendo, pasando hambre, pasando frío, porque si uno le pregunta a cada uno de ellos, el 90% realmente no quisiera estar allí, quisieran tener un trabajo con horarios fijos y sueldos fijos y no tener que depender de los demás para cumplir una necesidad básica de todo ser humano, comer.

Bridget Valdiviezo

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