Barbazul en la línea D

Era lunes a las 6 de la tarde y ya estaba con el tiempo justo para llegar a Belgrano. En el apuro por llegar a horario crucé Entre Ríos a máxima velocidad e hice lo que nunca: subirme al subte A en la estación Congreso. Siempre pensé que el subte era un lugar de paso y nada más, donde los individuos hacen uso del servicio de transporte bajo tierra para llegar más rápido a destino. Sin embargo es algo más que un medio de transporte, para muchas personas es un lugar de trabajo. Por los vagones se pasean actores, magos, músicos y vendedores de distintos productos como lapiceras, marcadores, stickers, cuadernos, golosinas, entre otros objetos.

Mientras pensaba esto me di cuenta que había tomado la línea A al revés, de manera tal que despotricando salí del vagón, subí las escaleras, crucé la calle, bajé de nuevo y me tomé el subte con destino Plaza de Mayo para luego hacer combinación en la estación Perú con la línea D hasta Olleros.

A pesar de que el tiempo jugaba en mi contra, me detuve a observar cómo la gente se movía en los túneles para dirigirse a sus respectivas líneas de subte. Todos estaban con la cabeza gacha mirando sus respectivos celulares. Pero a pesar de estar inmersos en su micro mundo no se chocaban con nadie. Cada persona sabía perfectamente por donde caminar sin necesidad de levantar la mirada.

Ya en la estación Catedral del subte D me sentí desolada, decenas de cuerpos intentaban ingresar a cada uno de los vagones como si ese fuera su único deseo en la vida o aquel fuera el último subte del día. Seguía siendo la hora pico y claramente todos deseaban volver a sus casas con rapidez.

Suspiré y emprendí la aventura de pasar a través del cordón de cuerpos hasta poder encontrar un pequeño recoveco dentro de un vagón donde estuve parada e inmóvil durante doce interminables estaciones. El aire era irrespirable, el vaho se apoderó del vagón apenas se cerraron las puertas automáticamente. Nuevamente veo repetida la imagen de los túneles. Los usuarios de la línea D tienen la mirada fija en las pantallas de sus smartphones. Tanto los que tuvieron la suerte de sentarse como los que debieron transitar el viaje parados estaban concentrados en lo que sus celulares les ofrecían: juegos como el Candy Crush, Instagram, Facebook, Twitter, distintos portales de noticias y Whats App.

En esta ocasión ningún músico, o actor, o vendedor osó internarse en la marea de cuerpos que inundaba los vagones. Aburrida, comencé a observar nuevamente a las personas que ocupaban un lugar en el subte hasta que lo vi.

Era un hombre, de esos que es imposible adivinar su edad. Pelo negro largo y con flequillo, anteojos a lo John Lennon, campera de cuero y pollera. Pero lo más llamativo de todo era su barba de color azul. Era un pirata del caribe que había cambiado el barco por el subte.

La sonrisa altanera y su forma de vestir no pasaron desapercibidos para nadie. Me quedé tan anonadada con su forma de vestir que antes de poder sacar mi celular del bolsillo para sacarle una foto ya lo había perdido de vista. Quizás otro lunes, en hora pico, en algún vagón, lo vuelva a ver.

Florencia Sosa

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