Machismo Enfermo

Fuimos a Ni una menos, una y dos veces. Luchamos hace siglos por ser libres, por votar, por lograr un mundo más igualitario, por llegar a ser presidentas. Pero nos siguen cagando a palos. Nos siguen matando. Nos siguen prendiendo fuego. Nos siguen arrojando a mendigar en los trenes. Vamos cansadas y con la voz ronca con nuestros hijos en los brazos a pedir una moneda para sanar nuestras heridas…

El vagón se queda callado al oírla hablar, los pasajeros la miran con pena pero la escuchan. No somos muchos en el vagón, aunque sí estábamos todos insertos en nuestro universo hasta que apareció. Ella cuenta su historia a los gritos pidiendo disculpas por las molestias, mostrando su cuerpo en cada parte del relato. La acompaña su pequeña hija de unos 3 años. La nena sonríe y no se inmuta cuando la madre le levanta la polera para mostrarnos su estómago. Esta mujer que comienza a hablar sin decir su nombre -tal vez ni siquiera importa- es la prueba viviente del machismo enfermo.

Al responsable de su tragedia le dice “el padre de mis mellizos” y la frase es tan contundente que no me atrevo a parafrasearla: “El padre de mis mellizos me prendió fuego la casa estando yo con mis 5 hijos adentro”. Tiene miedo que no le creamos, entonces sigue dando detalles: del hospital, de las operaciones que le hicieron, de los injertos que tuvo que hacerle a la nena más chica. Para que no nos quede ninguna duda muestra las cicatrices de la piel quemada. Pero su historia no termina ahí. Con mucha tristeza nos dice que su hijo mayor de 10 años falleció en el incendio, que por suerte a ella no le pasó nada grave pero que su nena tiene que seguir haciéndose operaciones.

Imaginar la vida de esta mujer es imposible para muchas de nosotras pero para otras esa vida es moneda corriente. Una de las chicas del vagón se apiada de su historia y le da un billete, al parecer de una suma importante. La mujer al verlo le pregunta: “¿Estás segura? Porque es mucho. Cuando es mucho yo pregunto bien si están seguros”. La chica le dice que sí, pero le aconseja que trate de no mostrar tanto a su hija porque le puede causar problemas. Ambas se quedan chalando mientras los demás bajamos del vagón que había llegado a la última estación.

Por acción u omisión todos somos responsables de la violencia de género. La sociedad nos encuentra en cada rincón para abofetearnos en la cara y mostrarnos el grave conflicto que urge resolver. Lo que existe no es suficiente. La solución no puede depender únicamente de la voluntad y la fuerza de la víctima para salir. Yo me preguntaba mientras caminaba… cómo hubiera terminado la historia si las mujeres pudiéramos efectivamente denunciar, verdaderamente ser contenidas, si tuviéramos realmente una opción confiable para alejarnos del peligro en el momento oportuno. Lamentablemente la historia sigue teniendo el mismo final, todavía nos siguen cagando a palos, nos siguen matando, nos siguen prendiendo fuego, nos siguen arrojando a mendigar en los trenes.

Silvana Galeano Alfonso

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