Mi mejor amigo, el Smartphone

Primer acto. Subo al tren San Martín, en la estación de Caseros, para dirigirme a Retiro.

Segundo acto. Subo al subte de la línea C, en Retiro, para bajarme en la estación “Independencia”.

Tercer acto. Subo al 181, destino Devoto, para hacerme unos chequeos en el hospital Vélez Sarsfield.

Este no es el caso del típico chiste de cómo se llama la obra. O sí, ya lo veremos. Bien, comencemos. ¿Qué tienen en común estos tres actos? La respuesta se cae de maduro. En los tres -porque son tres, como también podrían ser cientos de casos- viajé con personas poseídas por un aparato rectangular, con una pantalla luminosa y táctil, la cual irradiaba unos hilos -invisibles, claro- que se conectaban con los ojos y, por sobre todas las cosas, con la mente de quien lo llevaba. Sí, hablo de los celulares inteligentes. De esos Smartphone.

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Uno puede tomar el tren, o el subte, o cualquier colectivo pero la situación siempre se repite. Personas -¿o máquinas?- enganchadas con sus celulares realizando todo tipo de operaciones, desde chequear mails, hasta mensajear a alguien, pasando por el disfrute de algún jueguito o el clásico chusmeo por Facebook o Twitter. Está claro que gracias a la tecnología -tan simpática y, en ocasiones, tan nociva- se puede matar el tiempo mientras se viaja a un destino en particular. Ahora bien, llega un momento en que resulta fuerte observar cómo persona tras persona se encuentra conectada, o poseída, por esos malditos Smartphone. Y esto no ocurre en un vagón, ocurre en todos. Estas personas, sean personas mayores, adolescentes o niños, viven ese estado de manera natural. Está automatizado. Y la cosa es, más o menos, así: vos llegás al andén, sacás el celular y chusmeás algo. Llega el subte y te subís. No importa si hay asiento disponible o no, vos sacás, como una acción instintiva, ese celular. Al instante, lo guardás porque no hay nada interesante. Pero al rato lo volvés a sacar para fijarte la hora, o solo para que tome aire. Esto es nomofobia y sorprende, me sorprende la dependencia constante para con el teléfono, como si fuese una extensión más del cuerpo. Ah, y los que permiten, con mayor asiduidad, esta relación máquina-hombre, son los auriculares. Aparentes inocentes pero cómplices de este asfixiante control.

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Seguramente, mi concepción sobre este tipo de celulares está conducida por mi experiencia, poco agradable, sobre ellos. Tengo un problema y es el de analizar el momento indicado para sacar mi celular del bolsillo. Mi celular no es inteligente. Entonces, es como mirar a mí alrededor, sacarlo a escondidas, y escribir lo más rápido posible ese mensaje que tenés que responder. No, yo no lo saco para que tome aire. Tener un Nokia Asha 302 no es fácil.

Cuarto acto. Viajo en el tren San Martín, camino a Caseros. El tren para en la estación “La Paternal”. Baja y sube gente. El tren arranca, lentamente. Yo leo apuntes de Semiótica. De repente, un grito estremecedor que proviene del asiento siguiente al mío: “Cuidado el celular”. La señora ubicada detrás de mí pega otro grito mientras una mano cualquiera ingresa, de afuera hacia adentro, por su ventanilla en búsqueda de su celular inteligente. El objetivo no lo cumple. Esa distraída mujer rubia, que hablaba sin parar, enchufada a su teléfono, cae en la realidad de un topetazo. O, mejor dicho, de un manotazo. El tren sigue en marcha. El susto ya pasó.

Quizás no tenga razón. O quizás, sí. La mujer rubia estaba poseída por su celular, como también lo están los cientos de máquinas -perdón, personas- que viajan día tras día en el transporte público. ¿No es hora de parar la mano? Claro, la mano del delincuente y la nuestra. Dejemos el celular en el bolsillo. Rompamos esos hilos invisibles que unen nuestra mirada al aparato. Disfrutemos del mundo. De las personas que nos rodean. O de un libro. Aprecio a la gente con un libro en la mano.

Y si mi mensaje no sirvió, dejo el de una persona un poco más popular. El del gran Guillermo Francella.

Ah, ¿cómo se llama la obra? El título de este texto es la respuesta.

Federico Esteban

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