Querida por un ratito

Tal vez para algunos sea una tontería o un asunto de poca monta, pero para mí que arreglen el espacio público por donde paso todos los días es fundamental. Necesito encontrarle lo positivo al momento tedioso del viaje diario… Una estación de tren en el sur del conurbano con un poco de estética me hace feliz.

Desde hace meses que en Monte Grande están arreglando mi estación. Esa que es de todos pero que es mía porque me acompaña casi todas mis mañanas. Allí estuvieron colocando techos, arreglando rampas y poniendo molinetes. Esta semana unos cuantos trabajadores construyeron pequeñas paredes nuevas en los andenes para cambiar las rejas viejas y que tengan mayor sostén. Por supuesto hay que agregar que pintaron todo con diferentes colores, con esa pintura que brilla y da la sensación de nuevo. Tengo que confesar que para mí fue un mimo. Más allá de que es la obligación del Estado ocuparse del espacio público yo me sentí querida por un ratito. Creo que en definitiva todos encontramos un poco de compañerismo, de comunidad, solidaridad cuando vemos personas trabajando para el bienestar colectivo. Los obreros haciendo la mezcla, pasándose los ladrillos, saludando al chofer del tren, embelleciendo un lugar público, generan un ambiente que rompe con la individualidad cotidiana y con la soledad de compartir el viaje con cientos de personas, horas y horas de tu vida, que pasan, sin más, a veces desapercibidas.

Ahora bien, que arreglen la estación es gratificante pero, que en vez de trenes casi obsoletos incorporen algunos 0kms en tu ramal, de sorpresa y sin anunciar absolutamente nada, puede llevarte al éxtasis. En este punto los que compartimos el sentimiento somos varios. Hace un mes se incorporaron 6 formaciones chinas en el ramal Ezeiza. Solo un “meme” genial del Facebook Cosas del Roca puede representar el ánimo de muchos usuarios al verlos llegar por primera vez.

Vamos a ponernos de acuerdo: en el tren Roca se respira pueblo. La cultura popular, la música de barrio circula entre sus vagones. También la pobreza, los vendedores ambulantes, los estudiantes y los trabajadores. Relegados durante años al mal servicio (que aún sigue), a la poca inversión y a la buena de Dios los bonaerenses del sur jamás soñamos tener un tren que tenga aire, olor a limón y seguridad a bordo. Cada vez que me toca viajar en una de esas formaciones siento que estoy en el paraíso. No exagero. El día es diez veces mejor. Miles de personas viajamos todos los días de la provincia a la capital y volvemos a nuestros hogares en la tarde. Nos cansamos, puteamos. Una mejora en el transporte se siente como una caricia.

Al parecer estoy tan mal acostumbrada a la desidia en la calle que un poco de pintura o una mejora en un medio de transporte le hace bien a mi alma. Aunque en realidad, darle importancia a lo público es también salir un poco de la cómoda burbuja privada en la que vivimos; es reflexionar sobre lo que nos atraviesa y nos afecta como sociedad. De hecho, no hay que olvidar que tuvo que pasar un accidente fatal para que el Estado pusiera el foco en el eterno problema de los trenes.

Silvana Galeano Alfonso

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