Escala de grises

(Microcuento para el taller “Escribiendo desde las sombras: taller de cuentos fantásticos y de terror” en la Biblioteca Nacional. Aborda “lo gótico”.

La ruta para andar en bicicleta era siempre más o menos la misma: salían de casa y cruzaban hacia la vereda de enfrente, donde la pastora alemana del vecino les ladraba unos cariñosos saludos y los dejaba cubiertos de baba.

Luego, enfilaban hacia la izquierda, subiendo por la colina, que organizaba todas las casas del condominio en dos columnas equidistantes, todas del mismo color blanco invierno, con el mismo hibiscus en el jardín y la misma ligustrina que algo de intimidad garantizaba.

Al final del camino había una casa completamente distinta, donde jamás cambiaban las estaciones. Era una edificación pedregosa de tres pisos, coronada de un negro y mohoso tejado. En su parte más alta sobresalía la buhardilla, que apuntaba hacia el cielo como una daga, donde oscuras nubes dejaban caer una fina y penetrante lluvia de forma constante. Los álamos que rodeaban el aposento parecían moverse lentamente, sin hacerle caso a la densa brisa.

Todo en esa casa tenía un aspecto gris y ceniciento: no sólo las paredes, sino también a los árboles, las baldosas de la entrada y, ciertamente la oxidada reja que circundaba el terreno.

Nunca se quedaban mucho rato mirando la casa, pero se sentían atraídos como las polillas a una ampolleta. Porque ni los ancianos del vecindario sabían cómo quedó abandonado el lugar, sólo que la casa estaba ahí instalada desde que tenían recuerdo. Esta idea no hizo más que alimentar su curiosidad.

Siempre llegaban allí cuando descansaban de su ruta, y repasaban cada detalle de la escena, imaginando historias sobre la gente que vivió allí, y por qué se fueron. Después, seguían su camino en descenso hacia su hogar, donde su madre siempre los esperaba con una leche caliente y galletas para reponer energías, y el pijama listo para irse a la cama.

Cierto día la curiosidad fue superior. Estaba decidido. Cruzaron al frente, saludaron a la perrita y en lugar de ser cariñosa, les gruñó mostrándoles sus grandes dientes, echada hacia atrás. Extrañados, emprendieron el camino hacia la oscura casa, raudos.

Dejaron las bicicletas estacionadas en la entrada. Abrieron la deteriorada reja de hierro, que quedó batiéndose en el aire como una hoja seca. Subieron por el caminito de piedra y en un par de escalones estaban ante la puerta, que se abrió apenas pisaron el último tramo, con un ruido que hizo gemir la casa entera y les subió como un airecillo helado por la espalda.

Se miraron con los ojos muy abiertos, tratando de interpretar lo que pensaba el otro. En la medida que se adentraron en la primera habitación, la puerta iba abriéndose lentamente y dejaba al descubierto un sofá aquí, una biblioteca allá, una mesa a un costado, todos muebles que deben haber tenido un mejor pasado.

De pronto, una titilante y blanquecina luz les mostró una desvencijada escalera que los llevaría a otro piso. Volvieron a dudar si seguir o no, y tomados de la mano emprendieron el ascenso. En el rellano, la luz era menos débil y vieron que su origen venía desde alguna parte en el último piso.

Cuando llegaron al lugar indicado, dieron con una habitación que contenía un resplandor blanco como la luz de la luna en una noche despejada. No había muebles pero sí un televisor en el centro, que mostraba imágenes en blanco y negro de lo que parecía una película antigua.

Mientras trataban de entender la historia, se iban acercando lentamente al televisor, donde podían ver una alta casa con siniestros álamos que se movían lentamente, de un lado a otro. Reconocieron la imagen como similar a la casa donde estaban. En la ventana de lo más alto, podía verse una figura pálida recortada en la oscuridad de la buhardilla.

La escena avanzó hacia la puerta de la entrada de la casa, que se abrió lentamente y donde la oscuridad era tal que al principio les era difícil identificar los muebles, pero pronto vieron un sofá aquí, una biblioteca allá, una mesa a un costado. El sobresalto les puso los pelos de punta.

Los cuadros de la imagen comenzaban a subir por la escalera, donde la iluminación iba haciéndose cada vez más fuerte. Al abrirse la puerta que les mostraban en el televisor, sintieron el crujir de la puerta tras de sí y unos pasos. De pronto sintieron mucho frío. Se miraron y aunque eran los mismos, ahora sus cabellos, su ropa, su piel había cambiado a una palidez extrema y en escala de grises. Y ya no estaban en la habitación del último piso, sino en la entrada, junto a sus bicicletas. Desde la ventana, una figura pálida los observaba.