Inscripción

(Microcuento para el taller “Escribiendo desde las sombras: taller de cuentos fantásticos y de terror” en la Biblioteca Nacional. Esta vez, abordé el tópico de “el fantasma”.

El día de mi muerte sentí un dolor super fuerte. Fui al parque a andar en skate y se me hizo tarde conversando con mis amigos. Estaba bastante oscuro cuando decidí irme para la casa, entonces lancé la tabla al pavimento, me subí y apareció un gato en mi camino. Me hice a un lado para esquivarlo, pero una piedra me hizo saltar. Cuando desperté, sentí cómo se deshacían las miles de puntadas que me tenían atada al cuerpo, y luego flotaba liviana como una pluma.

Vi a los chiquillos reunidos junto a mi cadáver y a la poza sanguinolenta que brotaba de él. Todos lloraban, menos el Benja, que sostenía mi tabla y miraba sin pestañear. Después de que llegó la ambulancia y les dijeron que ya no había nada que hacer, tomó mi skate y escribió con un plumón “Siempre juntos, flaquita del polerón”. Hizo un hoyo en la tierra y la puso dentro en forma vertical, como una lápida.

Luego de acompañar a mi familia a la morgue y ver cómo metían mi ex-cuerpo en una caja de madera varios metros bajo tierra, pasé por la casa de cada uno de mis amigos para decirles adiós; sólo me faltó Benjamín. Cuando decidí que era hora de partir a mi descanso, algo me mantenía sujeta a este mundo.

Me fui a vivir al parque y me sentí más en paz. Al llegar, botellas de vidrio con flores de varios tipos rodeaban mi tabla y un incipiente montículo de gastadas ruedas de skate. Parecía un altar. Me instalé en la falda del árbol más cercano.

La primera noche, una señora compungida se sentó en la banquita de enfrente. Lloraba y hablaba sola. Podía sentir el calor de sus mejillas y el ardor de sus ojos hinchados, me conmovió. Me acerqué para escuchar mejor y la oí decir “no sé qué vamos a hacer, ¡6 meses sin trabajo!”, mientras se limpiaba la nariz. Y le susurré “yo sé que vas a encontrar uno nuevo y mejor, tranquila”, olvidando que no me podría escuchar.

En ese momento, vi al gato que casi atropellé caminando frente a nosotras. Me miró con los ojos muy abiertos, la cola erizada y echó las orejas hacia abajo. La mujer se asustó y cuando notó la tabla, las flores, la inscripción, se persignó y se alejó rápidamente.

Cuando se fue, me di cuenta que no necesitaba dormir y tenía muchas más horas para deambular en el parque y sus alrededores. En esos paseos, visité un montón de veces a los chiquillos y a mis familiares, pero no logré encontrar a Benjamín.

A los pocos días de conocer a la señora triste, reapareció con dos amigas. Parecía diferente, su cara estaba radiante y sonrosada como el fragante ramo de claveles que me traía.

- “Estoy segura de que ella me mandó esta pega. ¡Vine aquí y al día siguiente me llamaron!” dijo, mientras recogía las flores y hojas secas.

- “No sabía que había una animita por aquí…”, dudó una de sus acompañantes.

- “Parece que la chiquilla murió hace poco…”, explicó.

- “¿Tu crees que me ayude? Mi mamá está enferma y no nos alcanza para los remedios…” dijo la otra, echando agua en los floreros.

Me hizo gracia el parloteo de las mujeres. “Tu mamá va a mejorar”, le dije al oído a la que pidió el nuevo deseo, y la vi dar un respingo. — “Me dio frío, vámonos”, les dijo a las demás. Ya caía la noche y partieron.

Sin pistas de Benjamín, empecé a ver de nuevo a mi grupo de amigos en el parque. Les deseaba a todos buenos trucos y que no tuvieran accidentes. Ellos pasaban a visitar el altar, donde la montaña de ruedas se hacía cada vez alta. Me dejaban también pequeñas notas de agradecimiento, diciendo que extrañaban mis saltos, giros y mi risa. La animita era bastante popular, porque los milagros no se hacían esperar.

Con días tan largos, llevaba la cuenta del tiempo por las veces que salía el sol, y también guardaba un conteo de mis deseos cumplidos. El gato asustadizo se acostumbró a mi presencia, y se convirtió en mi compañero de paseos. La gente le dejaba comida en la animita y lo llamaban “el guardián de la flaquita”.

En uno de mis viajes, bastante alejados del parque, nos encontramos frente a frente con Benjamín. Al principio me costó reconocerlo porque ya no andaba con jeans y zapatillas, y le faltaban sus rizos castaños característicos. Junto a él caminaba una chiquilla distinta a las del grupo, y por la forma en que se miraban descubrí que ya no me recordaba. Sentí un ardor en mi incorpóreo pecho.

Los seguimos y vimos cómo subían a un auto. Ella al volante y él de copiloto. No sé si fui yo o fue el gato quien lo decidió por su cuenta, pero una vez que echaron andar, el felino se lanzó corriendo a la calle. Cuando llevaban una cuadra, se cruzó frente a ellos. Escuché un frenazo y el golpe de una cabeza contra el cristal.

El gato volvió caminando hacia mí con su cola arqueada y pude sentir cómo se paseaba entre mis piernas. Me incliné para acariciar su pelaje, que era suave y tibio al tacto. Benjamín nos miraba y al tiempo que mi presencia se esfumaba lentamente, comprendió que su promesa me mantuvo errante en este mundo.