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Ayer soñé que las puertas no existían más. No era sino pasar por umbrales, no había callejones sin salida. Un viejo se me acercó y me ofreció una llave; no era gratis, por supuesto. Un objeto inútil, le dije. Claro, respondió él, pero si nos olvidamos de lo que alguna vez existió, ¿de qué nos sirven los recuerdos? Es solo un accesorio de nostalgia, algo que nos recuerda de cómo solían ser las cosas. ¿Y cuánto está pidiendo? Le pregunté desconfiado. A usted, jovencito, se lo dejo en tres sueños. ¿Acaso los sueños se pueden vender? Le repliqué incrédulamente. En la vida despierta este tipo de sueños solo representan resquicios primitivos, pero acá, dijo con voz grave, tienen gran valor. ¿Y cómo se los vendo? Fácil, es solo querer.

Entonces me di cuenta de que era un sueño, y dudé que los personajes de mi sueño pudieran soñar por sí solos. Y si soñaran, ¿solo podrían soñar cuando yo soñara? ¿Podrían soñar cuando yo estuviera despierto? ¿Sus sueños serían producto de mi inconsciente o del suyo? ¿Será que siquiera tienen un consciente?

¿Tiene alguna pregunta, niño? De repente me di cuenta de que estaba gateando desnudo y que estaba chupando una llave. Frente a mí apareció un portón cerrado. Miré hacia atrás y el viejo, que ahora era mi padre, estaba con los ojos cerrados, acostado en un montón de paja. Me levanté como pude, me saqué la llave de la boca y la introduje en la cerradura.