Einstein no tenía la razón.

De repente, como por un impulso – como cuando presientes que alguien te está mirando, levantas tu cabeza y allí esta esa persona clavando sus ojos en los tuyos, y justo cuando comienzas a clavarlos en los de ella, siente vergüenza de haber sido descubierta y los aparta a la velocidad del pensamiento – mis ojos buscan a alguien que me mira fijamente. Van hacia la derecha y ahí está ella, cubierta por un velo oscuro que la hace más intrigante, más llena de misterio. Pero a pesar de ese velo ser tan oscuro, tan apagado como la propia noche, puedo verla a través de él, porque su aura emite tanto brillo que ningún ser es capaz de no sentirla. Poco a poco esa bruma se va apartando traspasando esa densa y espesa nube, apareciendo lentamente hasta quedar al desnudo, vulnerable, con esas manchas que yo reconozco, con su luz que no le pertenece y que me engaña cada vez que la veo.
Y así, ella va a la misma velocidad que yo voy, porque me estoy moviendo, viajando hacia el norte y ella también viaja conmigo. Lo peor de todo es que siempre me acompaña pero no siempre me doy cuenta.

Creo que fue Einstein el que por primera vez enunció que si una persona se desplaza en un vehículo a cierta velocidad X y ve a otro vehículo a su lado que en ese momento va a esa misma velocidad, pareciera que en ese instante los dos estuvieran quietos: dos cuerpos, que de hecho están en movimiento, parecer que no lo están. Pero esto se cumple solo para ese observador atento que está dentro de cualquiera de esos dos vehículos y se fija en el otro, no para quien los observa desde afuera. Desde afuera de ese microcosmos todo parece normal, caos.

No podía dejar de mirarla, ella me miraba con la misma intensidad. Estaba tan embelesado con su belleza y majestuosidad, que ahí estábamos los dos quietos, solos, en una isla desierta y con todo el tiempo del mundo para contemplarnos. Ya esa niebla pastosa y azabache no la cubría más y esas manchas que yo reconozco a la perfección estaban ahí, revelándose cada vez más, haciéndola única, como ninguna otra. Por lo menos no he visto otra en la vida real.

¿Al final, qué es real?

Y fue ahí que me acordé de nuevo del fallecido Einstein que también una vez dijo que si no mirábamos a la luna, ella no existía. Devolví mi atención al libro que estaba leyendo y que estaba coloreado por su luz. Dos segundos después volví a mirarla y allí estaba ella, brillando y exhibiendo sus manchas oscuras.