La ciudad de noche y una gran cabeza calva

Andrea García
Sep 2, 2018 · 4 min read

Aquí en esta gran ciudad del pecado donde nada está tranquilito, ¡Figúrese usted con lo que yo me iba a encontrar! Como todos los días me dirigía al Waikiki: lugar lleno de encantos, noche y diversión. Una alumbrada noche como tantas, servía los tragos después de la afamada función de la señorita Kalantán una mujer, alta bella y con bonita figura. Si le digo que traía vueltos locos a toditos los hombres, na´ más porque cuando se subía al escenario, bailaba casi sin ropa y le gustaba imitar ruidos de animales, ¡Dios nos agarre confesados!. En fin eso no es lo que quería contarles.

Esa noche, en la mera esquina más oscura del cabaret, vi a un señor bien pelón, con boina y traje gris –muy tripaseca, sin juzgar-; na´ más observaba a todas las mujeres -si le digo que a mí también se me da eso de “observar”, por precaución claro está, no sea la de malas y algo me vaya a pasar-. Ya le cuento que mi patrón me pidió servirle uno de nuestros mejores vinos a aquel hombre de pinta de botarate, tan miedosa así como soy, me acerqué a darle el vinito y mientras me alejaba, escuché que balbuceaba; -la merita verdad es que me eché a correr, no sea que terminara despachurrada-.

A los dos días siguientes, se me puso la piel chinita por lo que me enteré, y por esta que no es paparruchada. Pronto supe que el mismo tipo que había atendido, tan parrandero y buscapleitos, fue el mismo que había cometido un asesinato. Según leí en La Prensa que el muy chacal mató al excapitán del Ejército, Armando Lepe –que al parecer se dedicaba a eso de la charrería-, vaya usted a saber cuántos balazos recibió el pobre hombre y de su hermanita mejor ni hablemos, esa Rosita anda inconsolable por lo que pasó.

Y lo peor no fue eso, no señor. El Pelón, después de haber balaceado al señor Armando, se subió a un auto de ruleteo, en el cual iba una tal Hortensia López. La pobre muchacha se lo quitaba de encima y éste, hasta la apretaba más fuerte por querencia, según dice la gente. ¿Qué creen ustedes? terminó por dispararle a la pobrecilla muchacha, se la llevó en mero patatús y en el mismo auto de ruleteo, amenazó al conductor para que no hablara, tan pronto llegaron a Chapultepec lo obligó a bajar del “viejo carrusel”; a ella se la llevó hasta un hotelucho llamado Palo Alto allá por Cuajimalpa; ¡Ay, Diosito santo! Y así ya difuntita, a la muchacha la hizo suya.

Figúrese usted, ya todas salíamos con mucho miedo; en el Waikiki todas nos andábamos con zozobra. Cuando lo atraparon las autoridades, dijeron que había matado a dos muchachitos más; algunos de miedo gritaban: ¡Pena de muerte al bestial cavernario de la Colonia Roma!. Escuché por ahí que incluso lo querían mandar a esas Islas tan feas, mas ahora descansa en pesadas barroteras; aquellas que pocos desean habitar pero a muchos otros les anda estrenar. Sabrá Diosito cuánto dure su condena, por mi parte, mejor me cuida la posadera.

Según decían mis bochinches amigas que se crispaba en dinero, que su padre era gachupín y su madre mexicana. Que mucho dinero tenían pero que su padre al morir le dejó toda la fortuna y él aprovechó para darse la gran vida, tan así que se cuenta que dejó sus estudios en el gabacho para venirse a gastar su dinero a raudales; ¡Ay, esos riquillos! En lo que se gastan sus grandes herencias.

Por lo que a mí respecta, na´más me acuerdo de aquel día y me pregunto qué hubiera sido de mí si no me hubiese dado la vuelta rapidito aquel día, no estaría pa´ contarles todo esto. Y qué les cuento, así es esta gran ciudad: un lugar de grandes palacios y gente de a montón, donde un día estás y al otro ya no; entre luces nocturninas, sonrisas y grandes caderas todo parece tranquilo, pero cuando menos te lo esperas te sale algo por el fundillo.

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