Informe: Las Narcofamilias en Catamarca

Cómo grupos familiares se organizan para la venta minorista y con ello hasta financian a sus abogados en caso de ir presos.

La venta de estupefacientes de forma minorista, el denominado “narcomenudeo”, se incrementa a paso firme en los barrios de la ciudad. En los barrios más alejados del centro, se sabe dónde hay un puesto o quién vende. Dedicarse al comercio de drogas es un negocio ilegal pero rentable, de clientes fieles y ha llegado el punto en que son muchas las personas que dejaron atrás los remordimientos sociales y se embarcaron en la actividad como una forma de ganar “plata fácil” y de esa manera prosperar.

Para tales fines, quienes deciden comenzar con la venta de drogas buscan personas de confianza y en esta búsqueda es que se termina optando por involucrar a la propia familia. Se calculan todas las posibilidades, incluso la de caer preso, para que el negocio una vez montado nunca deje de prosperar.

Las narcofamilias son una realidad en Catamarca

En 2014, en un allanamiento realizado en un domicilio ubicado en el barrio Las Vías Este, los efectivos policiales se toparon con un escenario desolador: de un lado de la mesa, dos menores de edad hacían sus tareas escolares y del otro lado, sus progenitores llevaban adelante el proceso de “estiramiento” de cocaína.

La venta de drogas como actividad o emprendimiento familiar fue corroborada por el comisario Carlos Kunz, jefe de la Dirección de Drogas Peligrosas de la policía provincial, organismo que trabajó a destajo para combatir el flagelo:

“Utilizan a los menores de la misma vivienda, los ponen como campana. Hay casos en los que los nenes están todo el día en la vereda, para avisar si ven algún movimiento raro. Nunca es sólo una persona en la casa sino que el resto sabe de la actividad. De esta forma nunca cesan, cuando cae preso el principal involucrado, el resto de la familia continúa con la venta de drogas y con esa plata pagan el abogado. Es algo de nunca acabar”.

¿Cómo se organizan?

Como se explicó líneas atrás, en la organización familiar los niños pequeños son instruidos para dar aviso ante la presencia policial o movimientos sospechosos. También acompañan de la mano a los “transas” –sus papás o hermanos- cuando se hacen las entregas, para evitar levantar sospechas.

Los miembros que se encuentran entre la adolescencia y la adultez, llevan adelante tareas más comprometidas como el delivery de la sustancia y amedrentar a quienes atenten contra el modo de vida de la familia. En las orillas de la ciudad, las transacciones se hacen con total impunidad en el medio de la calle y no hay miramientos a la hora de venderles a menores o mayores de edad. Los jóvenes buscan incluir a sus amigos en el negocio, para ayudar con el menudeo, expandir el negocio y juntos blindar la vivienda en la que se guarda la sustancia. La paga por lo general se hace con sustancia, contaron fuentes vinculadas a este tipo de actividades.

Por otra parte, los líderes familiares suelen tramitar la llegada de los “ladrillos” de marihuana o los “huevos” de cocaína. Se los ve principalmente abocados al corte y estiramiento de la sustancia, al armado de “bochitas” y a la distribución de las ganancias. Son quienes dan las órdenes.

Finalmente, un papel clave es el que juega la madre de la narcofamilia. Si su pareja es detenida, toman las riendas del negocio. Si caen en una redada, buscan el arresto domiciliario con el pretexto de ser sostén de familia en estado de vulnerabilidad, pero en varias ocasiones fueron sorprendidas reincidiendo en la actividad.

Caso testigo

El viernes en el barrio Altos de Choya se secuestró cocaína y marihuana en un domicilio. La particularidad fue que la mujer que presuntamente los distribuía tiene abierta una causa en el fuero federal por idéntico delito. Agravando la situación, su pareja fue detenida la semana pasada en el mismo domicilio, donde se le encontró cocaína en importante cantidad y un arma de fuego que había sido robada a un policía. En el operativo del viernes, las bolsas de cocaína estaban guardadas en un ropero y también residían allí dos jovencitas de 16 y 17 años. Según estiman los investigadores, la sustancia se preparaba en la mesa familiar a la vista de todos.
Actualmente, se intenta seguir la línea de distribución con la que hacían llegar la droga a la provincia.

Dinero fácil

Consultado por este medio, el comisario Carlos Kunz indicó que esta actividad se naturaliza en el seno familiar y en los barrios. Por ello, cuando un miembro de la narcofamilia es detenido o cae preso, el resto se distribuye sus tareas para que la venta continúe.

“Hay que tener en cuenta que ya tiene un punto de venta fijado, que los consumidores conocen. En ocasiones logramos escarmentarlos y desbaratarlos del todo, pero muchas veces siguen con la actividad”, señala Kunz.

“Para el delincuente es dinero fácil, lo gana con el mínimo esfuerzo sin importarle el daño que ocasiona lo que venden, aunque simulen que no es así, no les interesa quién consume, sólo buscan ganar dinero”, añadió el líder de la Dirección de Drogas Peligrosas.

“Al ser una ciudad pequeña, un punto de venta en cualquier sector afecta a todos, en cinco minutos se puede llegar hasta un determinado negocio”, fue la respuesta al consultar en qué sector está más arraigado el problema.

Finalmente, Kunz hizo hincapié en la importancia de que los vecinos denuncien esta actividad ilegal para ayudar a las investigaciones. “Es un aporte fundamental, a veces se tarda en desmenuzar la información pero ayudan mucho”, dijo.

Las cifras que borran remordimientos

Cada fracción, cada gramo, representa dinero en el negocio de las narcofamilias. El Esquiú.com hizo el cálculo consultando a profesionales en la materia, sobre el margen de ganancia que se esperaba en una vivienda del barrio Altos de Choya, donde en un allanamiento realizado se secuestró más de un kilo y medio de cocaína de máxima pureza. Con fármacos y otro material, la sustancia puede ser estirada hasta un kilo más (mayor corte significaría pérdida de calidad y a la larga, de clientela). La “piedrita” de cocaína consta de alrededor de un gramo de sustancia y tiene un valor estimativo de entre 150 y 200 pesos. Bajo este cálculo se puede estimar una ganancia de 250.000 pesos, sin tener en cuenta lo invertido en adquirir el bloque de estupefaciente puro y el material de estiramiento (unos 30.000 pesos de inversión en total). En un punto de venta conocido, esta sustancia se puede despachar en unos 15 días de actividad intensa.

*Informe de mi autoría publicado originalmente en Diario El Esquiú.com (Link)

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