Lo que he aprendido del libro de Daniel Bernabé sin haber leído el libro de Daniel Bernabé

Nos alertan de que el movimiento LGTBIQ+ es un desastre porque el Orgullo de Madrid está plagado de marcas comerciales. Y es verdad, eso es un desastre, pero quedarse ahí es una trampa. De las contradicciones, el pinkwashing y el capitalismo rosa ya lleva décadas ocupándose el propio movimiento LGTBIQ+, pero quienes tanto se acuerdan de las marcas suelen olvidarse de mencionar que miles de personas fueron días antes a la manifestación del Orgullo Crítico, radicalmente anticapitalista, y que se okupó un edificio en Chueca (CSO La Pluma). Olvidan también que en el desfile se abucheó a Cs y que los convocantes se negaron a invitar al PP. Desestimar la potencia transformadora del Orgullo, y de todo un movimiento, por los desastres con los que hayan transigido parte de sus organizadores es hacer trampa. Una trampa tan pueril como sería demonizar la lucha sindical por los acuerdos lamentables que han firmado ciertos sindicatos, o por las mariscadas.

Mucho se ha dicho –hasta hay un bestseller de Joseph Heath y Andrew Potter, Rebelarse vende, publicado en 2004– que todo es susceptible de ser fagocitado o desactivado por el capitalismo, porque el capitalismo lo atraviesa todo. Precisamente por eso, el hecho de que una lucha esté atravesada por el capitalismo no es motivo para descartarla. Mirar hacia el movimiento LGTBIQ+ para señalar sus contradicciones, reveses, torpezas y traspiés, y concluir que son motivos para renunciar a su creciente vitalidad en busca de una lucha esencial y puramente obrerista, es una trampa.

No sé si calificar esta trampa de ingenua, mezquina o interesada; pero no parece casual, y resulta peligrosa, y eso es lo que viene a explicar este texto. Podría haber optado por no publicarlo para evitar alimentar una polémica que ya está muy viciada, pero también pienso que hay una corriente de opiniones tramposas que está resonando en los espacios de acción política que habitamos, que llega a personas con las que queremos seguir tejiendo alianzas, y por eso merece la pena dedicar tiempo y esfuerzo a argumentar en largo nuestras disidencias.

Cuando la conclusión llega antes y más lejos que la mirada

La etiqueta «políticas identitarias» es un cajón que sirve para encerrar propuestas diversas como el feminismo, el movimiento LGTBIQ+, el antirracismo, el ecologismo, el animalismo, el movimiento de vida independiente y de diversidad funcional, las resistencias neurodivergentes, etc. Asistimos a una tormenta de intervenciones que nos explican que estas propuestas políticas son las culpables de la desmovilización de la clase trabajadora y/o de las izquierdas, y del consiguiente ascenso de la extrema derecha. Alberto Garzón ya les ha dedicado una extensísima réplica que recopila causas distintas, exploradas en abundante literatura y ligadas al neoliberalismo. La desindustrialización, la transformación tecnológica y las nuevas formas de gestión empresarial cambian el mercado laboral, y entonces aumenta la autopercepción de pertenencia a la clase media. También se contempla el capital cultural, los nacionalismos y factores territoriales (áreas rurales vs. ciudad), entre otros, en una explicación que nunca podrá ser monocausal.

Sin embargo, el análisis que aparece machaconamente en medios con recorrido en redes sociales (por ejemplo, en repetidos artículos de Víctor Lenore, Esteban Hernández y Juan Soto Ivars publicados en El Confidencial) viene a decirnos que la izquierda está ensimismada en sus movidas identitarias y por eso no conecta con los pobres, que están desencantados y deciden votar a la extrema derecha. No importa lo que digan los datos. No importa que en las elecciones de EE UU en 2016 solo el 25% de los votantes de Trump era ‘white trash’ y que lo que más movilizó fue la identificación con prejuicios racistas. No importa que en los distritos del sur de Madrid, donde las rentas son más bajas, en las últimas municipales ganara precisamente el partido que hizo su campaña combinando un programa de izquierdas con un discurso más inclusivo, prodiversidad y trasversal (y menos izquierdista). No importa que las movilizaciones sociales más fructíferas se estén articulando en torno a sujetos que no están definidos exclusivamente por su condición salarial. Tampoco importa que el enemigo que el PP –tan experto en construir enemigos para movilizar a su electorado– está construyendo ahora sea lo que llaman «la ideología de género». Obviar todo esto y denunciar que la diversidad es una trampa es… una trampa.

Quienes mantienen esta postura suelen tener algo en común: son hombres blancos cis heterosexuales. Yo no creo que la adscripción identitaria sea definitiva para un militante o un representante político. No creo que necesite aclarar que una persona blanca sí puede contribuir al activismo antirracista, o que un burgués puede impulsar políticas de redistribución de la riqueza desde su chalé en Galapagar (aunque esto último sí parece haber estado a debate recientemente). Lo que sí creo es que, cuando en un grupo de personas la inmensa mayoría son hombres blancos cis hetero, ahí hay un problema. Y que tiene que ver con sesgos racistas, machistas y lgtbifóbicos que aún no hemos conseguido quitarnos de encima, con un sistema que tiene al hombre blanco cis hetero como sujeto neutro y centro del universo. Y que esos núcleos de pensamiento o activismo político se verían muy enriquecidos, en el sentido de que serían más capaces de abordar y apelar a una realidad social diversa, si tuvieran entre sus líderes y cuadros a más personas diversas.

Lo material soy yo; lo superfluo, los otros

El androcentrismo es ese sistema que cree que los problemas del varón son universales y esenciales. Cuando decimos que el hombre blanco cis hetero es el sujeto neutro, nos referimos a que las demás circunstancias se consideran minoritarias, parciales o sectarias; a que todo se mide y se valora por oposición o en relación a su punto de vista. Al lado derecho del espectro político, supone negar el derecho a existir a otros sujetos; al izquierdo, relegar los asuntos que afectan a otras personas a un lugar secundario, y negar que desde otras identidades se puedan construir luchas y alianzas que sean beneficiosas para todas las personas damnificadas por el capitalismo.

Al igual que existe una conciencia de clase que impulsa la solidaridad entre obreros, o que hay sororidad entre mujeres, algunos hombres blancos cis hetero tienden, de una manera inconsciente o buscada, a establecer alianzas para preservar este sujeto neutro hegemónico. Lo podemos llamar pacto entre caballeros, y es interclasista. Mi hipótesis es que este pacto está detrás de la deriva antidiversidad que estamos viendo en ciertos sectores de la izquierda en los últimos meses. Es una reacción ante las luchas que aspiran a que ellos dejen de ser el centro del universo, a que las preocupaciones y problemáticas que afectan a otras personas también puedan estar en el centro del tablero político. Puede ser por miedo a salir de zonas de confort y perder certezas –«karlmarxito que me quede como estoy»–, o quién sabe por qué. Y también creo que, sin pretenderlo, esta izquierda beligerante puede contribuir a alimentar los peores monstruos reaccionarios (es muy útil este artículo de Layla Martínez sobre el origen del odio forocochero o incel).

Así, llegamos a la trampa más gorda: antrincherarse en la idea de que existen dos tipos de luchas, las identitarias, o culturales, y las económicas, o materiales, para pregonar la priorización de estas últimas. Es trampa por dos motivos. Primero, porque la lucha obrera también es identitaria. Para que la clase obrera se convirtiera en un sujeto político capaz de sostener conflictos y disputas, tuvo que emerger una subjetividad colectiva con conciencia de tener intereses comunes. Es decir, hacen falta identidades para construir sujetos políticos. Segundo, porque lo que llaman luchas identitarias tiene una dimensión material evidente: lo que estamos diciendo las personas LGTBIQ+, mujeres, racializadas… es que queremos condiciones de vida dignas, queremos que se nos reconozca y que se haga real el derecho a acceder al dinero y a los recursos con la misma facilidad (o dificultad) que cualquier hombre blanco cis hetero.

La feminista marxista Nancy Fraser centró esta dualidad en un artículo en el que aclara que diferenciar entre luchas culturales y económicas es solo una herramienta analítica, pero que en la práctica están interrelacionadas. Está recogido en el libro ¿Reconocimiento o redistribución? Un debate entre marxismo y feminismo (editado por Traficantes de Sueños oportunamente en 2017), en diálogo con Judith Butler. Cuando escribió su respuesta, allá por 2000, Butler se refería también a la ola de ataques que los hombres de izquierdas estaban lanzando contra el movimiento queer (que se presentaba como radicalmente anticapitalista):

«De lo que la renovada ortodoxia podría resentirse en relación con los nuevos movimientos sociales es, precisamente, de la vitalidad de la que gozan. Paradójicamente, los mismos movimientos que mantienen a la izquierda con vida son justamentamente a los que se culpa de su parálisis. Aunque aceptaría que una construcción estrictamente identitaria de dichos movimientos conduce al estrechamiento del campo político, no hay razones para dar por sentado que estos movimientos sociales puedan ser reducidos a sus formaciones identitarias. El problema de la unidad o, más modestamente, de la solidaridad no puede resolverse transcendiéndolo o eliminándolo de la escena, e indudablemente tampoco mediante la promesa vana de recuperar una unidad forjada a base de exclusiones, que reinstituya la subordinación como su condición misma de posibilidad. La única unidad posible no debería erigirse sobre la síntesis de un conjunto de conflictos, sino que habría de constituirse como una manera de mantener el conflicto de modos políticamente productivos, como una práctica contestataria que precisa que estos movimientos articulen sus objetivos bajo la presión ejercida por los otros, sin que esto signifique exactamente transformarse en los otros».

Mejor que unidad hegemonizante, diversidad aliada

Butler sabe que cuando parte de la izquierda habla de unidad suele anhelar uniformidad. Es una llamada a filas: no hay que desviarse del camino de la lucha verdadera, hay que seguir trabajando por las prioridades, las prácticas y las tácticas que ya han sido definidas. Que quienes llevan décadas o siglos definiéndolas sean quienes quieren decidir de nuevo qué es lo que nos une y qué es lo que nos divide… también es trampa.

Supongo que no hace falta reunir aquí casos históricos en los que esta izquierda androcentrista ha dificultado la incorporación de sujetos no ‘neutros’ a sus filas, o les ha expulsado. Es evidente que todas las personas que vivimos en esta sociedad llevamos mochila: la homofobia, el racismo, el machismo, el capacitismo y, por supuesto, el clasismo, nos afectan a todas. Dedicar ríos de tinta y píxel a cómo las feministas estamos teñidas de burguesía y no a todo lo que tiene que revisarse la identidad izquierdista (incluyendo, a veces, también el clasismo) es otra trampa.

Por otro lado, aceptemos que las colectividades que queremos plantar cara al neoliberalismo estamos fragmentadas. Ok. Pero, ¿cómo de mala es la fragmentación? Muchas personas creemos que la multiplicidad, si es capaz de combinarse en redes y coordinar sinergias, es la forma más efectiva de atacar a un monstruo que, dijimos antes, lo atraviesa todo y además tiene mil cabezas. Lo han entendido desde Al Qaeda y el ISIS hasta las empresas de la mal llamada economía colaborativa que nos precarizan las vidas en una nueva vuelta de tuerca de la eficacia neoliberal. Lo entendimos hace tanto que esta lógica es el punto de partida de algunos movimientos antiglobalización, del hacktivismo y, en el contexto español, del movimiento por la vivienda digna; gérmenes de los episodios más masivos y que nos han dado más alegrías en los últimos años: el 15M, la PAH, la huelga del 8M.

Parecía que ya habíamos consensuado que hay que tejer alianzas múltiples y diversas, que de hecho son la mejor forma de evitar los guetos identitarios. Las alianzas interseccionales. Yo creo que en determinadas circunstancias pueden ser incluso interclasistas, pero eso es otro debate bien largo del que aquí solo diremos que se puede pensar mejor cuando nos ceñimos al análisis de casos muy concretos, en lugar de tratar de validar o invalidar tipos ideales. El caso es que ahora parece que algunos quieren que desaprendamos y retrocedamos como poco una década. Porque, como alega Óscar Guardingo en su intervención en este debate que nos ocupa, la vía para aliarnos desde la diversidad ya la encontramos con el 15M. Cierto es que parece que, con las consecuencias negativas del asalto institucional, nos hemos perdido, o que queda mucho por explorar, pero la respuesta no debería ser nunca volver a la casilla de salida.

Traigo otra cuestión de la que no hemos hablado apenas: la intergeneracional. Las personas a las que los izquierdistas ridiculizan por sus ‘tics identitarios’ son mayoritariamente más jóvenes, y es posible que la parodia esconda incomprensión. ‘Milenial’ es un término problemático, pero lo voy a usar entendiendo que, en el contexto español, sirve para englobar a quienes han vivido desde la infancia con acceso a internet y prácticamente toda su vida adulta con crisis económica. Son dos circunstancias bien elocuentes para comprender que la generación milenial tiene una forma de construir su subjetividad distinta a la anterior. Más fragmentada y dada a identidades atomizadas, seguramente, pero capaz de sobrevivir en la incertidumbre, de adaptarse a cambios rápidos y, quizá, de unirse cuando percibe que hace falta. De hecho, hay indicios de que está más politizada que su generación inmediatamente anterior –¿conocéis a gente más individualista que quienes se hicieron adultos durante el esplendor burbujil de los 90–00?–, en el sentido de que es más consciente de que tienen problemas comunes que requieren respuestas colectivas. Eso sí, estos destellos de politización apenas están siendo acogidos por las organizaciones en las que nos movemos. Creo que hay mucho que pensar por aquí, y que si no lo abordamos vamos a quedarnos fuera de juego por mero avance demográfico. Hay un bello y breve libro de Michel Serres, Pulgarcita, que abunda en esto. Para una aproximación más pegada a nuestra realidad, el estudio Ya nada será lo mismo. Los efectos del cambio tecnológico en la política, los partidos y el activismo juvenil (2015) o el trabajo antropológico de Carles Feixa.

La trampa de este artículo

Y hasta aquí llego. Este texto solo tiene por objetivo rebatir argumentos recurrentes que se han lanzado por redes sociales en los últimos meses. La tarea de prescribir cómo vencer al neoliberalismo y a la seudorrenovada derecha me viene francamente grande. Solo sé que las respuestas pasan por mirar y aprender de las experiencias más vivas que tenemos a mano, aquellas que están consiguiendo incidir en la opinión pública, suscitar apoyo y, a veces, ganar batallas. Ejemplos: la comisión reticular que organizó la huelga del 8M, el Sindicat de Llogaters i Llogateres, las vecinas de Murcia que han conseguido el soterramiento, las Kellys, huelguistas de Amazon, las redes de apoyo a las trabajadoras de la fresa en Huelva (fuera de nuestro foco madrileñocéntrico), lo que queda de potente y fértil en el municipalismo, el Grupo Turín y Territorio Doméstico, la coordinación vecinal que acoge a personas refugiadas/migrantes en pueblos de Cádiz y en barrios de Madrid, Contra el diluvio, La Invisible y La Ingobernable… Todos comparten planteamientos interseccionales, que apelan y atraen a personas diversas, que trascienden al sujeto y el repertorio tradicional de la lucha izquierdista, y que son capaces de abrir grietas en el monocromo e irrespirable mainstream neoliberal. Porque nuestro objetivo no debe ser ganar carnés de pureza ideológica, sino abrir grietas en las que quepamos todas, todes y todos.

¿Es esto una reseña del libro de Daniel Bernabé (La trampa de la diversidad, 2018)? No, porque no lo he leído. Sí es una contribución al debate que nos ha puesto sobre la mesa, que conozco a través de centenares de tuits que ha escrito él, de entrevistas promocionales, de fragmentos citados, de reseñas, de sus réplicas a estas reseñas y de otros textos relacionados que han circulado. Todo lo que ha estado a mi alcance llevo meses leyéndolo porque me parece un campo de debate útil para el aprendizaje y la autocrítica, que por torpe o minado que esté resultando recoge pensamiento pertinente y que las personas comprometidas con la diversidad no debemos abandonar. Si lo hacemos, nos arriesgamos a que triunfe esta involución reaccionaria en los espacios políticos que queremos seguir compartiendo con todas las personas que quieran plantar cara al neoliberalismo. Considero que habiendo leído todo esto puedo opinar, a la vez que decido no contribuir a las ventas del libro (de estruendo innegable pero éxito relativo: ha vendido unos 3000 ejemplares; mientras que Morder la manzana, de Leticia Dolera, por contextualizar, 65000).

Para rebatirlo al pie de la letra y dejar constancia de sus carencias documentales y metodológicas, ya está la reseña de Óscar Pazos.

¿Y el titular de este artículo? Sí, es clickbait, provocación para llamar la atención e incitar a la lectura. Porque yo también sé hacer trampa.