Hoy me levanté con la energía extremadamente baja y lo que sucedió a continuación te sorprenderá
Hoy es domingo, y pensaba tener un día productivo. Pero no me podía despertar ni pensar claramente y todo mi cuerpo pedía reposo, pasadas las once de la mañana. Era como una resaca sin fiesta. Y no sabía por dónde empezar.

Como durante la semana me levanto muy temprano, tengo armada una rutina matinal de entre media hora y cincuenta minutos según la hora en la que me despierte, con algunas constantes.
Pero hoy es domingo, y me levanté con la energía extremadamente baja, y sin una rutina que hubiera o fuera necesario seguir. Una posibilidad era quedarme en la cama dejando que pasaran las horas hasta que me dolieran los huesos, pero en cambio sin en realidad tomar una decisión, me puse a hacer las siguientes cosas y hacia el mediodía, me encontré con las suficientes ganas y claridad mental para limpiarme la cara propiamente, corregir trabajos adeudados, hacerlo rápida y eficientemente, planificar las clases de mañana y entusiasmarme por ellas, pintarme las uñas -lo hago una sola vez por semana, me lleva bastante tiempo y disfruto mucho el proceso- y luego escribir esto.
Cualquiera que me conozca sabe que no soy para nada el adalid de la organización ni del cuidado de la salud. Desde muy chica como mal, duermo poco, registro excesos de todos los tipos legales, utilizo muchísimo el celular y la computadora, no hago ejercicio y tengo mala postura. Sí soy dinámica e inquieta y me meto en cuanto proyecto surja, o los invento, la mayoría de las veces sin continuarlos por falta de constancia.
Últimamente estoy intentando establecer rituales y hábitos positivos para tomar el control del día y aprovechar y disfrutar el tiempo, y hoy fue la prueba evidente de que algunas de esas acciones van horadando en la piedra seca y pequeños gestos concretos envían señales al cerebro que sirven para algo, cuando ni la obligación ni la adrenalina me motivan a ponerme en acción.
En fin, yo hice esto:
1. Tomar agua
Estuve enferma –muy, con una bronquitis horrenda- como hace un mes y por más de diez días, y con más tiempo libre que el usual, flashé que estaba deshidratada y que si tomaba mucha agua, iría limpiando el virus del cuerpo. Ahí volví a tomar agua más que hace mucho tiempo. Hace quince días que registro la cantidad de agua por día, y sólo la última semana conseguí mantenerla estable y suficiente. Me puse el tradicional objetivo de dos litros, sin contar infusiones, sopas, ni otras bebidas frías o calientes. Así que ahora si tengo hambre, tomo agua, si estoy muy llena, tomo agua, si no me puedo dormir tomo agua y si, como hoy, tengo mucho sueño y cansancio, tomo agua.
Cuando no tengo nada para hacer en casa y miro series y videos en Youtube, me levanto a cargar el jarrito de agua. Cuando tengo cosas que hacer, lo miro a cada rato y lo relleno. Después, pinto con microfibra turquesa unos vasitos que dibujé en mi agenda. Por razones que otros explicarán mejor, funciona. Yo lo entiendo así: A pesar de que pasé largos días y años de mi vida ingiriendo menos de un litro de líquido por día y sobreviví, cuando el cuerpo, hecho de agua, recibe el agua necesaria, se pone en funcionamiento para hacer lo que tenga que hacer, sea lo que sea. Creo que así regula el sueño, el cansancio, el apetito, la digestión, las defensas y probablemente también, active el cerebro. Hoy, después del primer litro, empecé a sentirme más fresca y atenta.
2. Desayunar

Como me pareció necesario tomar algunas cosas descontroladas de mi vida en mis manos, empecé a anotar lo que como. Primero escribo en lápiz un menú posible para el día, y a medida que pasa lo voy modificando según lo que pasó en realidad. A veces lo cumplo. No es una dieta, pero me entero y registro qué cosa consumo y que no. Por ejemplo, en invierno casi no como frutas y casi la mitad de mis comidas son fideos. Hace dos años y medio que trabajo doce horas seguidas los jueves, y lo padezco aunque pasa rápido. Este jueves fue el primero en el que me llevé colaciones, almuerzo y merienda, y lo terminé tres veces menos cansada y diez veces menos hambrienta.
Pero por lo menos, desayuno siempre. Últimamente, un poco mejor. A veces avena con cereal y frutas, a veces sólo un café con unas almendritas o algo de eso. Pero siempre, siento que algo arranca en mí. Después de varios días de hacerlo conciente, imagino que los obreros sienten que reciben una orden de ponerse a trabajar, y me ponen en movimiento. Hoy, fue un tazón abundante de yogur bebible con granola y semillas. Y más allá de la saciedad, de repente tenía un panorama infinitamente más optimista y benigno de la vida.
3. Elegir las batallas –hacer algo satisfactorio.
Tengo un montón de platos y ropa para lavar, y estaría bueno pasarle un trapo a los pisos de casa. Mi cuerpo me exigía todo lo contrario. Entonces, a continuación del desayuno, me puse a escribir y dibujar. Miré algunos tutoriales y fotos y con mis marcadores nuevos, empecé a dibujar frases y alfabetos, y las letras me empezaron a salir cada vez más lindas. Después de como una hora de práctica, viendo resultados, me sentí muchísimo mejor.

Debería haber hecho muchas otras cosas que aún no están hechas, pero ese no es el punto, sino reconocer que a veces la energía permite batallar algunas luchas y otras no tanto -a menos que sea obligatorio, pero entonces es llamativamente más fácil-. En otro momento quizá pueda levantarme así y forzarme a salir a caminar o limpiar toda mi casa y luego descubrir que me hace sentir mucho mejor, pero hoy con este pequeño paso me siento muy bien.
4. Concientizar y tomar control de mis hábitos
Ayer nos levantamos, nos preparamos y salimos a pasear. Tomamos un brunch acá cerca, viajamos al centro, dimos vueltas, hicimos compras, merendamos, viajamos hasta acá, fuimos a ver una murga uruguaya, cenamos y recién ahí volvimos. En el medio, caminamos mucho y llegamos pasada la medianoche. No querer ni tener que levantarme a las siete de la mañana era normal, pero llegadas las once, tener tanta voluntad de hacerme un ovillito en el sillón empezaba a dejar de tener sentido. Entonces me pregunté de dónde venía esa voluntad.
Empecé a reconocer qué cosas hago diariamente y cómo afectan a cómo me siento. Me di cuenta de que influyen mucho más en mi vida completa que los grandes eventos. Me parece que reconocer que viajar mal en colectivo te puede complicar el día es gran parte de la acción para que no te lo arruine del todo. A mí, marcar las horas de sueño, los litros de agua, el poco o nada ejercicio que hago y lo que como, me ayuda a empezar a entender qué cosas me afectan un poco o no tanto. Una de ellas, es el clima. Hace mucho que me doy cuenta que me gusta leer Rayuela en invierno –a pesar del calor que hace en la parte de Buenos Aires- y Cien años de soledad en verano. Y que la lluvia me pone melancólica.
Hoy hace frío, y está nublado. Es domingo. Ayer, estuve en la calle todo el tiempo que estuve despierta. Me acosté tarde. El resto de los días me levanto a las 5.30. No estoy, en este momento de mi vida, dispuesta a programar el despertador los domingos, pero puedo descubrir por qué no tengo ganas y qué cosas puedo hacer cuando no tengo ganas, que no sean no hacer nada.
Porque además, casi siempre, lo peor, es que ese “no hacer nada” implica tensionarse entre múltiples estímulos y decisiones desgastantes que incluyen buscar videos para no verlos, leer artículos para no entenderlos y revisar redes sociales sin comunicarse con nadie.

5. Revisar síntomas y conocer ciclos
Hace tres meses que registro en una aplicación en mi celular los síntomas que tengo antes y durante el período, el inicio y el final del ciclo. El calendario muestra la luna, los supuestos días fértiles y te da avisos medio bizarros de duraciones y retrasos. Más allá de la utilidad o no de las alarmas, me obliga a pensar un segundo por día cómo me siento.
Dolor muscular o en las articulaciones, en la espalda o en la cintura, malestar estomacal o hinchazón, apetito o ansiedad, acné o piel sensible. Cansancio, mucho sueño, distracción o torpeza. Sensibilidad o fastidio. No todo es lo mismo. Ya sea por las señales físicas claras o por los estados de ánimo, rastrear el origen de las sensaciones no me ata a ellas, sino que me da herramientas para trabajar con sus efectos en vez de pelear contra ellos.
Una posibilidad era no tener ganas de nada y simplemente echarle la culpa al SPM. Las hormonas no se iban a defender, pero se me ocurrió -sólo por hoy- buscar en el repertorio de las acciones que me iban a dar sensación de saciedad, de día completo, más allá de de lo ideal, más cerca de lo posible. Hoy dejé con las ganas a algunas excusas. Feliz domingo.