S.O.S. Carlos

Tengo un amigo que se llama Carlos. Todo grupo de amigos tiene a ese al que tenés que citar una hora antes para que llegue a tiempo. Ese es Carlos.

En el grupo de Whatsapp que tenemos con él concretamos una hora, suponete 7am, pero todos los del grupo, menos Carlos, sabemos que simularemos nuestra llegada a las siete, mientras en realidad todos iremos a las 8.

Un mensaje con un “Estoy yendo chicos, esperenme!”, antes de entrar a ducharte, o “Me olvidé el buzo y está fresco, alguien me trae uno?”, mientras estás lavando los platos. Tantas mentiras para disimular que estamos llegando a las 7 y así y todo Carlos llega 8:05 y hasta a veces 8:20. Jamás de los jamases llegará a las siete como le dijimos.

Para colmo, Carlos también es el colgado del grupo. No le basta con ser el tardío, sino también le tocó ser el despistado. Recordarle el abrigo que deja en la silla es algo que ya lo digo mecánicamente aunque Carlos no haya llevado abrigo. Y todos los meses es fijo que hay un post en Facebook de Carlos: “Perdí el celular. Me pasan los números por inbox otra vez?”. Es más, mientras escribo esto, veo en Facebook que perdió la SUBE, de nuevo, y no puede volver de González Catán a Monte Grande.

Si bien estamos acostumbrados a sus llegadas tardes y a sus olvidos de colgado, nunca, pero nunca, creímos que iba a terminar en cana por eso.

Resulta que un día (aunque no cualquier día, sino el jueves 7 de enero de 2016) Carlos llega tarde a su trabajo. Durante la noche anterior se encontró con un amigo que no veía hacía rato a vaguear por Capital. El problema es que su amigo tenía porro. Y del rico. Volvió tan dado vuelta que olvidó poner a cargar su celular. Como su celular es su alarma, el tipo no se levantó. Típico Carlos.

En el colectivo yendo a su trabajo, Carlos no puede avisar a sus compañeros porque su celular no está cargado. Es por eso que cuando llega al trabajo y abre la puerta del laboratorio, los compañeros lo agarran desesperados:

-Ahí estás, qué pasó?

Noche de fumar porro en el parque con un amigo no era una respuesta muy ética, así que -No se cargó el celular — responde Carlos, sabiendo que para zafar hay que contar la parte decente de la realidad.

-Hoy llegó el de la Universidad a buscar los sueros y no estabas. Los buscamos por todos lados pero no sabíamos dónde los habías metido. Después de esperarte una hora se fue el tipo — le comenta su compañera a los gritos.

Carlos se da cuenta que no sólo había llegado tarde sino que también había olvidado por completo que el día anterior había coordinado una reunión con el director de un proyecto de una Universidad para darle unos sueros en los que estuvo trabajando.

Desesperado, Carlos llama a su jefe, que se encontraba de vacaciones, y el mismo le indica de forma muy poco amistosa que se tome un colectivo y vaya a la Universidad con los sueros

-para arreglar el lío que armaste. Sabés que es un cliente importante y no podemos quedar mal.

Así es como mi amigo Carlos toma su valija refrigerante que usa siempre, saca los sueros de la heladera, coloca uno por uno en la valija, la cierra, toma su mochila, deja su guardapolvo y se toma un colectivo hacia la Universidad.

El viaje es largo pero cuando llega allí, el director le indica que deje los tubos en la heladera del laboratorio 2. La vergüenza de los minutos que pasan mientras Carlos traspasa los tubos de su valija al contenedor en la heladera bajo la mirada furiosa del director del proyecto, hace que sin querer derrame un poco de suero en su valija, quedando ésta manchada con líquido blanco.
Ustedes no imaginan el acaloramiento que tenía Carlos al salir de allí. Así que se va a comprar agua en un buffet que hay en el camino. Mientras descansa allí, calcula el tiempo que le tomaría volver al laboratorio. Ya eran las cuatro de la tarde y llegaría a su trabajo, con suerte, a las cinco, hora en la que Carlos debía salir del laboratorio. No tenía sentido volver al laburo, así que toma su valija refrigerante, se carga la mochila al hombro y sube al colectivo hacia Microcentro.

En lugar de irse a su casa, como era jueves, Carlos va su clase de francés en la Alianza Francesa. Una vez terminada su clase, agarra su mochila y decide irse a lo de su novio a dormir. Al día siguiente se iría de vacaciones a Mar del Plata por 4 días porque en su trabajo le habían dado viernes y lunes (problemas de ser nuevo y no llegar a los días para tener una quincena completa).
Renovado y feliz vuelve el martes bien temprano a su trabajo para ser felicitado por su jefe.

-El director se quedó contento con que fueras. Estuviste bien en pedirle perdón y explicarle lo que te había pasado. Comprate un despertador a pilas así no vuelve a pasar de que se te corte la luz a la noche. A mi se me cortó ayer todo el día y en verano vamos a estar así todo el tiempo.

Carlos no podía estar más feliz luego de la cantidad de elogios que había recibido. Además, la había pasado tan bien en sus mini-vacaciones, que ya el nefasto jueves anterior parecía quedar muy lejos.

Con una sonrisa de ceja a ceja, entra en su clase de francés (que también la toma los martes) para encontrar a sus compañeros con cara de preocupación.

-Que pasó? — pregunta Carlos ya sin una sonrisa.

-No se… algo raro… vino un policía preguntando si alguien se había olvidado algo el jueves anterior, le dijimos que no y fue a preguntar a otra aula. Vos tenés idea?

Carlos se queda dudando. Porque, vamos, Carlos siempre se olvida todo y él es consciente de eso.

Así es que cuando Carlos vuelve a su casa, mira alrededor y se da cuenta qué le faltaba. Ya sabía qué era eso que había olvidado en la Alianza, eso que el policía estaba buscando.

El día jueves 7 de enero de 2016, el día que mi amigo Carlos fue a francés, se conmemoraba el aniversario de la masacre de Charlie Hebdo en Francia. Ese día Carlos, mi amigo, el colgado Carlos, se olvidó en la Alianza Francesa la valija de los sueros, la que tenía inscripto “sustancia peligrosa” de otra vez que había transportado cosas y nunca borró por colgado. La que tenía derramado un líquido blanco. La que decía su apodo: “Charlie”.