Jim S.
Jim S.
Nov 6 · 3 min read

A mi casa no le pega el sol. En verano le toca un par de horas, eminentemente aprovechados por Alfonsa para tirarse panza arriba en el haz más amplio, su blanco pelaje reluciendo entre las motas de polvo a su alrededor. Pero siendo uno de tamaño promedio para un humano y no para un perro, no hay mucho que ese calor pueda hacer por el aire fresco acumulado de años de sombra.

En invierno, ese aire no es nada excepto frío, ya he perdido capacidad de entender las sutilezas de podredumbre que de seguro permean el ambiente simplemente por virtud maldita de haber vivido siempre entre este aire transparente. Solo es frío y lo que viene cargando, recorridos nocturnos en el coche donde las luces son más brillantes, más nítidas y decoran las mil guías de plantas plásticas pintadas para parecer escarcha en un país donde nunca ha nevado. Es frío al estar estático, congelado, negado a envolverse en capas de lana y poliéster por puro principio de costumbre tropical y necedad hereditaria.

El frío se queda dentro, constante su presencia en mi casa, se mete entre los poros de mi piel y me separa la epidermis del músculo. El frío mantiene mis ojos abiertos, aunque siga soñando detrás de mis pupilas, y se queda inflamando mi cabeza con mil Navidades y ofrendas de muertos. Con dos millones de tazas de chocolate caliente y otras tres mil de tensas cenas de fin de año. Del frío intradimensional del cerro de Santa Fe y de la límpida noche que inicia antes, para enfriar a gusto.

Sólido, como un bloque de hielo, mantiene su control sobre mis pensamientos, encerrándome en la sombra perenne de mi hogar congelado. Le doy excusa para que no me deje pensar, que solo me deje vivir en el recuerdo sensorial de este frío, en este lugar, no el frío seco y salado del Mediterráneo, o el entumecimiento en las mañanas neoyorquinas. Qué comparaciones las tuyas, me dice el hielo que no es hielo sino materia gris en recesión.

Cómo esperar otra cosa, también, si solo guardo en mi sensaciones intensas pero nunca sus contextos. La obsesión por percibir a detalle me nubla el juicio hasta el invierno, cuando mi casa se convierte en congelador y esta vez no hay nadie que mantenga mis extremidades vagamente entibiadas así que todo es frío + el algo más. Frío + el agua caliente de la regadera que deja la carne roja. Frío + mi mano rozando suavemente mi piel para hacer reaccionar a mis nervios y no se les olviden las caricias. El frío + todos los libros que me han visto dormir + todas mis cobijas gruesas + un calor vergonzoso en el vientre y un no se qué más luminoso en medio del hielo en mi cabeza.

En los raros momentos donde me acomodo, mi calor se irradia. Susceptible una ráfaga, a una blusa holgada, a un pantalón delgado, pero se queda en mi el tiempo necesario para no tener que interponer un iceberg entre mis experiencias y mis recuerdos. La luz no se fragmenta en pálidos rayos o distantes destellos de farolas, y puedo enfocar las sombras inconexas a acciones consumables.

Esos momentos son solo míos, y se van tan rápido como llegan, engullidos en la inestable termodinámica de un edificio en penumbra que alberga casas sin luz. Abrumados en cada esquina por recuerdos que son fríos, por fríos que son otros fríos, por pensar en no pensar y refractarse en mil y un arrepentimientos y errores. Los pasillos se llenan de polvo, arrumbado en las orillas por el aire frío que siempre se queda a nivel del suelo.

Jim S.

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Jim S.

Cineasta pesimista, humano a-genérico. Colección impresionista de cultura popular. // Bilingually opinionated filmmaker, pop culture collector.