Simplemente Bowie

Simon Critchley es un filósofo inglés cuyos libros e intereses van más allá de la reflexión académica; lo cual le permite, además de publicar estudios sobre Heidegger o Derrida, embarcarse en proyectos que, para cualquier intelectual ortodoxo, podrían parecer inadmisibles: por ejemplo, escribir un ensayo (bastante personal e íntimo) en torno al genio y figura del recientemente “desaparecido” David Bowie.
Según relata Critchley, Bowie apareció frente a sus ojos como una gran revelación, mientras sintonizaba -en la década del setenta- Top of the Pops, el programa musical con mayor audiencia de Gran Bretaña. A partir de ese episodio, siendo aún un adolescente, la música del Duque Blanco inocularía su mente hasta convertirse en la banda sonora de toda su existencia.

Pero, ¿de dónde provenía el poder de Bowie -se pregunta el filósofo- para conectar con chicos y chicas normales y corrientes, especialmente con los que estaban algo marginados, los que se aburrían y los que se sentían profundamente incómodos en su piel? Una posible respuesta, sin duda, está en la imagen polifacética, extravagante e inclasificable que el músico británico supo proyectar por esos años.
Como afirma Critchley, “su genialidad consistía en convertirse en otra persona lo que durase una canción, y algunas veces a lo largo de todo un álbum o incluso de toda una gira. Bowie era un ventrílocuo”. Un extraterrestre cuyo mensaje era que todos podían, si lo deseaban, escapar de aquellas identidades y mordazas (como el género) que la sociedad les había impuesto. Su propuesta, para la época, era visionaria y liberadora.
Mantener esa postura camaleónica significó para Bowie un acto de permanente creación y destrucción que, por cierto, no solo consistía en reinvenciones de tipo formal (como sus atuendos alienígenas o la atmósfera sideral de sus presentaciones), sino también en la mutación continua de sus letras y sonido. “Tras matar a Ziggy. Bowie avanzó sin tregua, de ilusión en ilusión”.
El resultado, como bien lo señala Critchley, fueron trece discos en solitario entre 1969 y 1980. En las décadas siguientes, a pesar de que no todas las producciones de Bowie fueron bien recibidas por la crítica e incluso por sus más acérrimos seguidores, el artista no abandonó su porte provocador y sofisticado. Es más, lo mantuvo hasta los últimos días de su vida.
Ante esa presencia tan imponente y prolífica, el libro de Critchley puede resumirse como la confesión de un fan que, a partir de su experiencia personal, examina la obra de una de las figuras más representativas de la música y la cultura popular del siglo XX y XXI. ¡Vida eterna a Bowie!