Un Clásico desde la grada: ‘Por lo menos estamos vivos’

No fueron dos horas como ordenaron los cuerpos policiales, pero padre, hija e hijo se plantaron por la Castellana una hora antes. Los presagios iniciales no fueron los mejores subiendo la escalinata del metropolitano. El cielo se teñía de color plomizo apartando al sol y su luz blanca del Santiago Bernabéu. Una profecía de lo que iba a suceder dentro del santuario madridista. La gente se agolpaba pero obedecía dócilmente a la Policía que establecía un primer perímetro rodeando el estadio. Entramos al recinto acordonado. Próxima parada: puerta 25.

Allí se alzaba como siempre, imponente, como si lo hubieran creado sólo para mi y para días mágicos. El Santiago Bernabéu siempre se toma a cachondeo la expresión de no hay otra ocasión de provocar una primera impresión. No sabía que su belleza iba a ser mancillada por sus hombres de blanco minutos más tarde. En camino hacia nuestra puerta nos encontramos con una fila interminable, como la de un lunes en el INEM, que daba acceso a las torres. Las caras no eran precisamente de paciente inglés.

El control fue de aeropuerto, cacheo incluido. Creo que ha sido el más agradecido de toda mi vida a pesar de que mi homónimo policial no fuera del sexo femenino. Todo sea por la seguridad. Resoplé y enfilamos hacia nuestra butaquita azul: primer anfiteatro del fondo norte. El estadio presentaba una entrada de 3/4 a falta de 60 minutos para el inicio. Con el frío acariciando mi piel, me puse en modo Titanic observando cada ápice del Santiago Bernabéu. Como un arquitecto explicando los planos de su obra, le intenté resolver a mi hermana todas las dudas que le surgían acerca del coliseo de Concha Espina.

El Barcelona salió a calentar entre una sonora pitada. El Real Madrid, con aplausos y espoleos varios. El himno del centenario, alineaciones por megafonía y el de la Décima completaron los 15 minutos previos a un Clásico. El estadio enardecía y se teñía del espíritu de las grandes noches de Champions ocultadas bajo la publicidad de la Liga. Luego llegó La Marsellesa, un minuto de silencio que puso la piel de gallina a todo hombre con corazón bajo el pecho y un aplauso que nunca quiso acabarse. Por espacio de 3 minutos todos vestimos la misma camiseta de color rojo, blanco y azul. Todos fuimos Francia.

El espíritu solidario no se apoderó del estadio que se calentaba como un novio minutos antes de quedar con su chica. La grada sur dirigía la orquesta de cánticos y los ochenta mil cantantes amateur obedecían. Tal melodía no iba a despertar ningún instinto asesino en el Real Madrid que se quedó en modo ONG. Una primera internada de Cristiano Ronaldo por la banda derecha nos prometió un final feliz. A la contra mató Suárez. Desde entonces todo fueron farfulleos, gritos histéricos y desesperación, mucha desesperación.

Desesperación por ver como Busquets recibía el balón con un océano de espacio para pensar y actuar cómodamente. Sólo le faltaba el café y cigarrito. Frustración por ver como el Real Madrid nunca volvió a presionar como en las dos primera jugadas donde Bravo y Piqué sudaron más que Fernando Alonso en su McLaren. Se dio un paso atrás y, sintiéndolo por Ricky Martin, nunca volvió a haber un “pasito ‘palante’ María”.

Toni Kroos parecía un jugador de 42 años semi retirado en cualquier equipo estadounidense; y Luka Modric más desbordado que un camarero del Museo del Jamón. Varane parecía un niño en su primera cita y Danilo… Danilo estaba más perdido que Ylenia en la Feria del Libro. El Real Madrid era un conjunto de robots con el hardware defectuoso, y el software de Benítez que había intentado instalar en sus futbolistas era todavía más calamitoso.

El segundo gol culé certificó el anquilosamiento blanco que parecía un juguete roto en manos del niño malo de Toy Story. El baile era tal que ya quisieran Jennifer Grey y Patrick Swayze en Dirty Dancing. Las frases se repetían una y otra vez: ‘Madre de Dios…’, ‘vaya soba’, ‘menudo baño’. Y así hasta mil. El descanso, previo infarto que salvó Marcelo en la línea, dio lugar a una pañolada épica. De esas que te recuerdan a épocas pretéritas, y sobre todo, infaustas, de Vanderlei Luxemburgo, Carlos Queiroz, Juande Ramos o Manuel Pellegrini. Era espantoso y el público había pasado de la tristeza a la ira. El próximo estadio del alma sería el de desengaño y desilusión. Noches de bohemia…

La segunda mitad fue, aún si cabe, más embarazosa que la primera. Otros cinco minutos de espejismo hicieron a servidor y alrededores creer en la remontada. Luego apareció una combinación insultante para cualquier defensa y que el Barcelona ejecutó como si fuera un rondo en un entrenamiento. Iniesta: para la jaula. Era el 0–3 y en aquel momento sólo quedaba cruzarse de brazos en el asiento y resignarse. El bipolarismo que es capaz de encender el fútbol. El resto poco importó. Mis camaradas de asiento simplemente pedían que no fuera una ‘manita’. Con el 0–4 de Suárez aparecieron los fantasmas… y Munir le quitó a Piqué el quinto un par de jugadas después. Una acción que seguramente le recordará hasta con bastón.

A Benítez se le ocurrió salir del banquillo, en una decisión suicida, incitando a la animadversión de la grada. Ronaldo quizá sonrío para sus adentros porque la cama que le está haciendo a su entrenador no la hacen ni los de Lo Monaco. ‘Cristiano, quédate’ cantaba la minúscula afición culé que se hacía notar ante 80.000 voces resquebrajadas. El Real Madrid era un púgil apunto de certificar su KO con el golpe que más le iba a doler: el de su gente. A golpe de ‘Florentino dimisión’ y otra pañolada que ni José Tomas en Las Ventas, se despidió al equipo local, que intentaba aislarse y escuchar el himno que tronaba por megafonía. Ni eso pudo callar a una afición harta de mucho más que el simple fútbol. ‘Por lo menos estamos vivos’, escuché decir a uno mientras salíamos del estadio. El que no se consuela es porque no quiere.