El hombre del parque

Tengo 96 años y ya me falla la memoria. Estoy buscando una llave de oro que debo de tener por algún sitio. Quiero tenerla cerca lo que me quede de vida. Siempre me recuerda a aquel domingo…

Era domingo. Normalmente me pasaba los domingos tirado en la cama, viendo películas, y quejándome porque al día siguiente tenía que volver al trabajo. Llevaba una larga temporada así hasta ese día. Aquel domingo decidí ir a pasear.

Sabía que habían varios parques nuevos en la ciudad. Hacía tiempo que no daba una vuelta por según que zonas. Ya se sabe, del trabajo a casa y de casa al trabajo.

Cogí una mochila. Como si fuera un turista. Me llevé un sandwich y una botella de agua. Iba a almorzar en un parque. Ese era el plan del día.

Llegué en unos 20 minutos. Me senté en un banco que había debajo de un árbol que estaba dando sombra y saqué el sandwich.

A unos 100 metros, vi a un hombre con el pelo blanco, con barba, pantalones cortos de pescar y chanclas. Antes me había parecido que no había nadie en los alrededores. Ese hombre había salido de la nada. Caminaba hacia a mi.

- Hola, ¿me puedo sentar?

- Claro

Joder, mira que hay bancos, se tuvo que sentar en el mismo que yo.

- ¿Cómo va la mañana, Pedro?

- Eh.. Bien. ¿Nos conocemos?

- Yo si que te conozco a ti. Tú… ya hace tiempo que miras para otro lado.

- ¿Cómo?

- Soy Dios.

- Ahmm, ¿eres Dios?

- Sé que no me crees. Y sé como eres. Quieres una prueba. Pero vamos a hacer una cosa. Te prometo que te daré esa prueba, pero si no te importa, hablemos un rato. Piensa que solo soy un pobre viejo que está solo y quiere conversación. No te molestaré mucho más. Y luego, te daré la prueba.

No sé porque dije que sí. Pensé que, bueno, alguna historia podría contarme este señor. Me lo tomé como mi buena acción del día. Darle compañía a este hombre.

- Vale, pero ¿te puedo hacer preguntas?

- Sí.

Le iba a seguir la broma. Al menos me pasaría un buen rato con las ocurrencias de este hombre. Iba a ser un periodista implacable.

- Pues bueno … Dios …¿por qué?

- Jajaja, directo al grano ¿eh? dime, y ¿por qué no?

- Aham, ya veo, claro, si puedes, por qué no vas a hacerlo, ¿no?

- Exacto.

- Y… ¿cómo es ser un dios? ¿Hay otros como tú?

- No lo sé. Al menos, en mi plano de existencia, no hay nadie más que yo. Y ser un Dios es apasionante.

- ¿Por qué dejas que suframos?

- Porque necesito saber de donde vengo. Y quizás, estudiando mis propias creaciones y su evolución, sepa algo más de mis orígenes.

- ¿Tus orígenes? ¿No eres todopoderoso?

- Para vosotros sí, pero en general… no lo sé.

- No entiendo nada.

- Ni yo, pero básicamente si aparecí o soy desde siempre así, no lo tengo tengo claro. Un verdadero Dios dudaría de si no hay algo más además de ser Dios. Por eso puse esa duda en vosotros. Para que me ayudarais a hacer las preguntas correctas. Quizás mi creación me ayude a conocerme mejor.

- ¿Me estás diciendo que somos como un acelerador de partículas?

- Jajaja, algo así, sí. Os cree para conocer mi origen, si es que tengo alguno, claro.

- ¿Y no piensas en nosotros? ¿En el sufrimiento que hay? ¿Te da igual?

- No me da igual, y me duele que os tratéis así. Y me duele más cuando lo hacéis en mi nombre. No me jodas. Soy vuestro “padre”. ¿A que padre no le dolería ver como sus hijos se hacen daño entre ellos?

- ¿Y por qué no haces nada?

- No puedo manipular nada, compréndelo. Sería como falsificar los resultados.

- Así que somos un experimento para ti.

- Sí.

- Y…

- Cuando morís no vais a ningún sitio. Lo siento.

- Ya que lo controlas todo… ¿vamos a conocer otro tipo de ser inteligente?

- No lo sé. Pero sí que hay más seres inteligentes. Si esa es tu duda. Tengo que probar con diferentes velocidades de evolución, diferentes “materiales”, y los he puesto todos en el mismo “sitio”. Pero no lo sé. Depende de vosotros.

- Claro, visto así… ¿para que querías hablar?

- De vez en cuando, lo hago.

- Pero… eres Dios… ¿me has elegido o ha sido al azar?

- Jajaja, ¡que ego tenéis! Al azar, Pedro. Pero eres tan importante como todos los demás. Para mi, cada uno me cuenta una parte de mi mismo.

- ¿Y la evolución y todo eso?

- Eso es así. Yo solo le di mecha.

- El big bang ¿no?

- No, eso fue producto de otra “reacción”, digámoslo así.

No podía parar de preguntarle. Sabía que era un pobre hombre, mayor, solo, pero sus ocurrencias me entretenían mucho. Creo que estuve unas 3 horas preguntándo a ese pobre hombre sobre cualquier cosa que se me ocurría, y escuchando como un niño sus invenciones.

- Me tengo que ir. — Le dije al señor.

- Muy bien Pedro, pero… ¿no quieres la prueba? Te la he prometido. ¿Qué quieres que haga?

Sabía muy bien lo que iba a pasar. Le pediría algo imposible, no lo conseguiría, y yo le diría, “da igual, me ha encantado la charla”, y me iría. Además, tampoco sabía que pedirle. Cualquier tontería valdría, no quería que se pusiera muy en evidencia, me caía muy bien ese señor y no me apetecía ver hacerle el ridículo a su edad. Me saqué la llave de casa del bolsillo.

- Convierta esta llave en una llave de oro.

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