El paseo

Linea a la derecha. Linea a la izquierda. Linea a la derecha. Azulejo roto. Estoy dando una vuelta a la manzana.

Y si estás dando una vuelta… ¿cómo estas escribiendo esto? Pues como eres tan listo sabrás que hay unos aparatitos super modernos que pasan mis pensamientos al papel en tiempo real. ¿No? Pues déjate de gilipolleces. Esto es serio.

Como decía antes de que el típico lector listillo me interrumpiera, estoy en medio de un paseo. Pero no un paseo cualquiera. Una vuelta a la manzana.

En mi caso he elegido el hospital provincial de mi ciudad. Está cerca de donde vivo, y es lo suficientemente grande como para poder dar una vuelta como Dios manda.

Las lineas que estaba contando antes son las lineas que están pintadas delante de la inmobiliaria. Me gusta imaginar que cada linea blanca es un cañón y tengo que saltarlos para que no me disparen al pie. Tengo que decir que tengo 31 años.

Pero este no va a ser un paseo normal.

No lo va a ser porque hoy voy a pararme en cierto punto. Y voy a esperar exactamente 7 minutos. Después, cruzaré el súper paso de cebra de 4 carriles, hasta la calle de enfrente y miraré el escaparate de… la farmacia. Como eligiendo medicamento. Y si todo va bien, ella saldrá de la esquina de la frutería.

Al final de la calle desde donde aparece hay un parque. Me gusta imaginarme que ha estado sentada, en algún banco amparado por la sombra de un buen árbol, escuchando el audiolibro de “El marciano” y merendando unos donetes.

No te equivoques. No soy un acosador. Bueno, no soy un acosador malo. ¿Existen los acosadores buenos? Pues sí. Yo soy un acosador bueno. Y punto.

A lo que iba. Saldrá de esa esquina. Hoy creo que llevará las botas marrones. Hoy es miércoles y me he fijado que tiene una ropa asignada para cada día. Los lunes, zapatillas y vaqueros. Los martes, zapatillas y vaqueros. Los miércoles, falda y botas marrones. Los jueves, zapatillas y vaqueros.

¿Por qué cambia el look los miércoles? Ni idea. Lo que sí que sé es que los miércoles viene cargada. Con la compra, la bolsa del portátil, y a veces hasta con el perro.

¡Ahí está! Como siempre, viene cargadísima. Tranquílizate. Te van a sudar las manos. Y no tiembles. Sobretodo, no tiembles.

Que se ponga en rojo, que se ponga en rojo, que se ponga en rojo. ¡Rojo!

- Hola, ¿te ayudo?

- Sí, gracias. Este semáforo dura muy poco, y con lo cargada que voy y con el bastón, no voy a poder cruzar a tiempo.

- Tranquila.

- Aquí tienes las bolsas.

- Gracias.

- De nada. Hasta luego.

- ¡Oye! Al menos dime tu nombre. Llevas tres semanas ayudándome a cruzar, al menos 3 veces por semana. Aunque intentes cambiar la voz, no soy tonta. Ciega, pero no tonta.

- Perdona, no quería tomarte el pelo, solo ayudarte a cruzar.

- Lo sé. ¿Mañana a la misma hora? Después de cruzar podemos ir a algún sitio a tomar algo. Soy Mary.

- Yo Henry, encantado.

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