Coupled 04:Earth & Space — Safwat Saleem

<<Equivócate rápido, equivócate pronto y y equivócate barato”.>> (César Astudillo — Designit)

Vas a equivocarte. Fallarás. Algunas veces por despiste, otras veces por error y la gran mayoría por involuntad propia y desconocimiento reiterado.

7 de cada 10 productos que se lanzan al mercado no le importan a nadie. ¿Aberrante? Sí. El mayor fracaso es pensar que no podías equivocarte. Es terrible fallar sin conocimiento de causa.

Más del 90% de los proyectos que se emprenden no superan los 5 años de vida empresarial. Y es que a veces en los proyectos confundimos arriesgar con apostar. Se apuesta con dinero, se arriesga con todo. La gente pierde más tiempo en calcular ¿cuánto? que en responder ¿qué para quién?. Hay preguntas que no exigen una contestación inmediata. De hecho, hay interrogantes que te puedes pasar la vida resolviendo. Aunque el usuario solo tiene una pregunta franca que hacerte: ¿Cómo vas solucionarme la vida hoy?

Hoy por hoy, existen nuevas metodologías que buscan tratar las patologías empresariales que durante años hemos estado arrastrando como un esguince mal curado. Lean StartUp, Lean Manufacturing de Toyota…

Lean StartUp de Eric Ries se ha convertido en un Best Seller mundial no porque su trama sea apetitosa para cualquier empresario — Crear-Medir-Aprender — sino porque cualquier emprendedor se siente abocado a la identificación instantánea. ¿La premisa? la constante innovación regida bajo la incertidumbre extrema.

La vida es un continuo Working in progress

Para mí, poder afirmar que A, B y todas las opciones anteriores son incorrectas, es una certeza. Estar equivocado, es una certeza. La certeza del descarte.

En los negocios hay gente visionaria y hay obcecada. Los visionaros cuando arriesgan, pueden acertar o pueden aprender. Su mayor virtud es que que ni lo uno ni lo otro les va a detener, porque solo se puede avanzar hacia adelante. Para el visionario, el acierto tiene fecha de caducidad. El éxito es efímero y no incluye garantía a 10 años. Sin embargo, hay algo de adicción en el error que le lleva siempre a seguir experimentando, a salirse de la carretera. Ese descubrimiento resentido y amargo que uno siente cuando aprende algo por las malas.

No me extenderé mucho en la miopía crónica de los obcecados. Les gusta rodearse de cúpulas monocromáticas y encapsuladas. Creen que la edad les ha dado la razón y la sabiduría suficiente como para dar carpetazo a todo saber nuevo. Atenderán y valorarán la opinión de aquellos que sepan dar cátedra a su infranqueable regla del HIPPO (highest paid person in the office). El problema es que están demasiado amenazados por el iceberg de desconocimiento que les rodea como para bajarse a estas alturas del burro.

A oscuras, pero no a ciegas.

Todo proyecto, todo nuevo reto tiene un denominador común de paso obligatorio: La incertidumbre.

La incertidumbre no es una X que hay que evitar, porque ni se halla ni que se encuentra. La incertidumbre es la potencia que multiplicada por tiempo nos da la energía suficiente para seguir avanzando (E=PxT). Esa inconfundible incomodidad que sentimos frente una pregunta abierta. Aquello que nos impide lanzar el órdago porcentual del “estoy 100% seguro”. Un ente constante que solo se conjuga en presente y futuro.

Renunciemos al saber omnipresente y absoluto, aceptemos con convicción que jamás tomaremos una decisión sin extra de incertidumbre. Hagamos nuestras las variables mutantes de Lo Próximo bailando en aleatorio sobre un ritmo cambiado.

El cambio es ineludible, el progreso inevitable. Cada uno asuma el compromiso con el futuro como humildemente pueda. Pero entendamos que cuando vives en la conquista del descubrimiento, el progreso conduce a oscuras sin las luces dadas.

¿Por qué a la gente le parece peligroso esquiar fuera de pista? Porque no hay huellas de guía. La nieve virgen es peligrosamente deslizadiza y su beso contra el suelo el más duro. Pero saber que algunas caras de la montaña nunca fueron vistas es premisa suficiente como para, por lo menos, internarlo.

Las zonas escondidas requieren salirse de pista. Este es el riesgo de aquellos que pensamos que estamos aquí con la insensata misión de mejorar el mundo y otros planetas cercanos. Y si hay que dejarse los codos pelados y las neuronas estériles en el intento, me parece un precio justo. Un precio que estoy dispuesta a pagar.

Reconozco públicamente haberme tirado mil veces a la piscina desde el trampolín más alto, con la ciega esperanza de que si algo sale mal que por lo menos me queden las fuerzas necesarias para arrastrarme de nuevo por la escalera en dirección al piso más alto. Sin vacilaciones y sin garantías de éxito, pero con la absoluta certeza de que seguramente la última vez no fue la excepción que marcaba la regla.

Me declaro abiertamente culpable de no arrepentirme de ninguna de mis lecciones — aunque, lo reconozco, algunas han sido más amables de aprender que otras. Prometo tener la intención de volver a hacerlo tantas veces como la innovación lo requiera.

Canción de maridaje: Walking on a dream — Empire of the Sun

- The insi(ght)der