2017

El año de la inclusión. De los derechos humanos y animales, que vienen siendo la misma cosa. El año del feminismo. De la búsqueda de la igualdad. De la protesta exacerbada. De la indignación en redes. De la indignación gratuita, por todo. Para todos.

Y para todas.

Fue curiosamente el año que comenzó con Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos. Y fue el año de las mentiras, o para los que las defienden, de “la posverdad”. Entre más gritamos justicia, más hambre vimos en las noticias, más corrupción vimos en los periódicos y más violencia vimos atacando todos los frentes de la sociedad.

Kanye West lo dijo en 2004 en su canción ‘Jesus Walks’: “We’re At War. We’re At War With Terrorism. Racism. But Most Of All: We’re At War With Ourselves.”

****

En el año en el que más igualdad y derecho a la libertad de expresión pedimos, más la vimos cercenada y, en otros casos, simplemente ejercida por viejos fantasmas. Y sin que nos diéramos cuenta normalizamos el odio. El nazismo y la propaganda corrieron libremente por nuestros timelines personales sin que pudiéramos controvertirlos, porque por más amenazantes y dañinas que parecieran dichas posturas, todas hicieron exactamente lo que los librepensadores de la internet pensamos que liberaría al mundo entero: exigir igualdad de posiciones ideológicas, sociales, raciales y políticas. Vaya si tuvimos éxito.

Y en este laberinto de la igualdad estallaron nuevas injusticias y enfermedades: La brutalidad policial en Estados Unidos alcanzó números récord, aún cuando testimonios gráficos de la misma pasaron inadvertidos en las cortes, declarando inocentes a funcionarios irresponsables y temerarios dentro de la fuerza pública y desahuciando además la lucha por las libertades civiles que derribaron en batalla hace 50 años al pastor Martin Luther King, Jr.

****

Curiosamente de esos mismos fantasmas de injusticia e ignorancia se alimentó prolíficamente la música. Ante la rebelión del supremacismo blanco en todas partes del mundo contra el movimiento de ‘Black Lives Matter’, el hip hop destronó al rock como el género más escuchado de la era.

El cambio de poder en la cultura popular del rock al hip hop fue una transición cultural más que lógica: Africa, sometida y subyugada durante siglos, entregada al servicio de la propiedad privada y abstraída de su geografía para la construcción de la era moderna, rezó a un dios impuesto y silenció aparentemente el politeísmo del que venía, para verlo reencarnado en el blues, en los espirituales de mitad del siglo veinte, transformarse en rock and roll y finalmente regresar al primitivismo genital, sexual y pecaminoso del hip hop y del reggaetón.

Así fue como el monstruo durmiente encontró emancipación. El mundo entero bailó al ritmo del ‘Urban’, en 2017, mientras la semilla del odio germinó en el fértil suelo de la polarización y la opinión pública. La música brilló mundialmente y sin rienda suelta en esa misma fertilidad, con la diversidad corriendo por la sangre, la sexualidad y el mestizaje en la piel y el español como la última frontera.

****

Pero eso no nos hizo más felices, ni más expertos, ni más viajados. Ni mejores personas. En Estados Unidos el negocio de la droga pareció cambiar de manos: la legalización de la marihuana en Colorado en 2012 precipitó la caída más grande de su utilización entre adolescentes, mientras que el profundo dolor físico y sicológico de la depresión y la adicción se convirtieron en un nuevo negocio, esta vez de las farmacéuticas: la epidemia de los analgésicos y los opioides pasó de la ilegalidad del microtráfico en los ochenta a la droguería de la esquina; entre 1996 y 2002 las prespripciones médicas para adquirir oxicontina y oxicodona pasaron de 670 mil a 6 millones y cobró 50 mil vidas durante el año, 10 mil más que el SIDA en la cumbre de la epidemia y más vidas que las muertes por homicidio y los accidentes de tránsito en Norteamérica. Pero no digas que no lo viste venir: artistas como Philip Seymour Hoffman y Prince sucumbieron en la batalla antes que ésta fuera una crisis de salud pública (el arte, después de todo, “pinta el espíritu de su época”, para bien y para mal).

A todo esto se unió la crisis de los medios informativos, que perdieron rotundamente la batalla financiera contra google y facebook en el frente publicitario. Al momento de escribir esto, todas las regulaciones que buscaban mantener “neutral” el consumo de internet en Estados Unidos se vinieron abajo en un histórico fallo de las cortes, que prohibieron que la Comisión Federal de Comunicaciones continuara velando por una distribución igualitaria y equitativa de los insumos y contenidos hasta ahora hallados en y provistos por la internet. Sometidos a la voluntad de las compañías proveedoras de servicios de la misma, el 2018 es incierto, mientras que los grandes animales de la web como google y facebook siguen husmeando en nuestras vidas y guardando absoluto silencio.

Sin embargo, hubo esperanza entre tanta leguleyada y estado de derecho. La reportería, que tan amenazada se vio por la propagación de las falsas noticias y por el desmantelamiento de las salas de redacción en honor al todopoderoso click como la nueva prostituta del periodismo (hasta hablar de sintonía se volvió dignificante en nuestro oficio en la era de los clicks, ¿quién lo creyera?), y que luchó incansable e inútilmente contra la administración de Donald Trump, triunfó desde el periodismo de “entretenimiento”, aquel paria del periodismo en general.

El 5 de octubre, dos reporteras del periódico The New York Times publicaron en las páginas de ese periódico un reportaje titulado: “Harvey Weinstein sobornó a acusadoras de acoso sexual durante décadas.” La denuncia, que comenzaba con un potente testimonio de la actriz Ashley Judd contra el ex magnate del cine de Hollywood dueño de MIRAMAX y de The Weinstein Company, fue la victoria periodística más importante del año, no por el numeral que pululó en las redes, sino porque por primera vez en la era digital el periodismo de entretenimiento hizo otra cosa distinta a simplemente entretener: equilibrar la balanza del poder y poner sobre la mesa del lector los hechos para que fuera él — no el periodista — quien descubriera dónde está ubicada la verdad.

Sin embargo, los grandes esfuerzos periodísticos no fueron suficientes para evitar trivializar el movimiento feminista: el debate del “lenguaje incluyente” fue una gran piedra en el zapato para ver con seriedad un tema delicado y de importancia para los derechos del ser humano. De investigaciones tan profundas y valiosas como las que finalmente produjeron los despidos, los linchamientos en redes sociales, las confesiones y en general, el comienzo de la destrucción de los modelos abusivos de poder contra las mujeres en las instancias profesionales de la industria del entretenimiento, pasamos a las pequeñeces agrandadas, como preguntarnos si Bogotá es mejor “para todos y para todas.” Como si en esta importante búsqueda de la igualdad humana fuera importante (o importanta) darle sexo (o sexa) a todo temo. O tema.

Y ese fue el 2017: un año en que nos entregamos a la “opinión personal” como si fuera la única que importara, pero no porque fuera NUESTRA opinión, sino porque en realidad, nos hacía sentir parte de algo: de una conversación, de un movimiento o de una acción. Así no hiciéramos nada, “opinar” nos congregó de algún modo, desde la comodidad del azul internet, desde nuestros insomnios navegables en Pornhub y en Netflix, quedándonos profundamente solos, invadidos totalmente en la privacidad de nuestros hogares, comprando lo que nos vendieron, incluso las ideas de otros y a veces hasta dejándonos amedrentar por el mismo gran hermano en nuestras propias casas.

Fuimos el producto y, por lo tanto, fuimos un éxito. Un éxito en mercadeo y en ventas. Sacrificamos la voz personal al servicio de una conciencia colectiva que rara vez vivimos de verdad en 2017, porque la presenciamos totalmente vía twitter e instagram. ¿Qué necesidad de hacer algo, si ya lo estás viendo pasar por Periscope?. Y en el camino abaratamos todo: la opinión propia, la música, las ideas y la libertad de expresión. Quizá en 2018, a menos que valga de verdad la pena, lo mejor y más valioso que podamos hacer contra los mercaderes de nuestra atención sea escuchar más, y hacer más silencio.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.