Los imprescindibles de Jorge Fondebrider

El poeta y ensayista cultural, autor de Imperio de la luna y Los últimos tres años, elige sus libros de cabecera.

Yo no sé si decir “imprescindible” no es una exageración. A medida que pasa el tiempo, cada vez hay menos cosas imprescindibles. Por eso, quizás, tenga más sentido pensar en términos de lo que alguna vez fue imprescindible para que uno sea quien es, aun cuando después se pueda ir prescindiendo de casi todo.

En mi caso particular, no puedo hablar exactamente de libros, sino de poemas de ciertos poetas. Sin entrar en detalle, tengo que mencionar a Ezra Pound, a T. S. Eliot, a Dylan Thomas y a Cesare Pavese. Ése fue mi núcleo inicial, mi mayor compañía durante la adolescencia y el lugar adonde siempre vuelvo.

A los veinte, viviendo circunstancialmente fuera de la Argentina, descubrí a Raúl González Tuñón y aquí sí me gustaría indicar el nombre de un libro: La calle del agujero en la media. Después vino el Juan Gelman de Cólera buey, Los poemas de Sidney West y Fábulas. Y ya, a principios de los años ochenta, llegó Joaquín O. Giannuzzi con Señales de una causa personal, acaso el libro de un poeta argentino que más me impresionó hasta la fecha.

Mi lista llega hasta los años noventa, cuando descubrí para mí la poesía irlandesa. De allí salí con un nombre fundamental hasta el día de hoy: Louis MacNeice.

Por otras razones hay cuatro nombres de contemporáneos míos que quisiera agregar a esta lista: la irlandesa Moya Cannon, el galés Richard Gwyn, el mexicano Fabio Morábito y el argentino Jorge Aulicino.

Si bien ya casi no soy lector de ficción –aunque sigo valorando el cuento, tolero muy mal las novelas, salvo las escritas por estilistas–, me gustaría sumar a esta lista los cuentos y los ensayos de Borges, así, en general, y algunos otros libros cuya lectura me hizo inmensamente feliz: El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que a los 15 me dejó en claro que quería ser escritor; muchos de los cuentos de Francis Bret Hart, de Ambrose Bierce, de Jack London, de Henry James; Lord Jim, de Joseph Conrad; El entenado, de Juan José Saer; Madame Bovary y Tres cuentos, de Gustave Flaubert; los cuentos del canadiense Alistair McLeod, y de los irlandeses John MacGahern y Clare Keegan, Victorianos eminentes, de Lytton Strachey; La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante; Tío Vania, de Anton Chejov; W o el recuerdo de infancia, Especie de espacios y Pensar/Clasificar, de Georges Perec.