ALLEGRO CON BRIO, MOLTO

Bernstein, Karajan y Mitropoulus

Muy pronto las aceras aumentaron su densidad. Más viandantes aparecieron. El muchacho dejó paso a una anciana, lenta, renqueante, mirando por encima de sus pequeñas gafas, un descaobado palo sin mango le servía para apoyarse y pararse de trecho en trecho.

Eligió un momento adecuado para olvidarse de la frase que maniató su voluntad y dejó sus anteriores recuerdos, no merecía la pena pensarlos, el pasado provocaba siempre un peso. Mientras, arriba, las nubes sin serenarse, decidían herir a sus súbditos con desprecio.

El cielo se condensó. Alcanzando su punto más gris, y los faros de los automóviles ayudaron a ver de lejos lo que se movía, en esa tarde oscura que azotaba más que recogía a los hombres, en un zigzag de viento ensordecedor. Pronto el la lentitud desapareció entre ruidos retumbantes acompañados por relámpagos, mientras se precipitaban con fuerza las primeras gotas. No se tardó mucho en ver cómo las cristalinas agujas, reproducidas en millones, tratando de imitar en largas y finas hileras, las cuerdas de docenas de violines, en una orquesta majestuosa, puestos en fila uno al lado de otro tocando a mucho brío, hacían caer las columnas de chispas transparentes sobre el asfalto.

Saltó, cruzó la calzada, corrió a lo largo de una acera entera, evitó un niño, forcejeó con la multitud en un soportal, escuchó una palabra cercana a la herejía, calló una respuesta, esquivó un cochecito, miró hacia delante, giró un picaporte y por último, mirando sus zapatos, cansado, mojado, con el aturdimiento aún encima entró en el bar, y llegó a su cita.

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