SIN RESOLVER


Galilea, tierra especialmente conformada por el redentor para moldear los cuerpos y las almas en la búsqueda de uno mismo.

La hilera que brilla a lo lejos está compuesta por caballeros con la cara descubierta, vienen de Judea de la amada Jerusalén, su paso es sólo vigilado por la soledad del desierto, sus cascos de guerra cuelgan de las sillas. Avanzan sin hablar. Brillan los caballos de pelo azabache enjaezados en Francia. Los guerreros sienten el espíritu herido a flor de piel, les atraviesa la loriga, la armadura incluso y el blanco manto de la orden. Sus manos dentro de los guanteletes están experimentadas en sujetar las riendas y la espada continuamente.

En el castillo sitiado la columna encuentra ya tan sólo cadáveres. Las cotas de malla han sido atravesadas por las flechas sirias, hay charcos sanguinolentos por pasillos y celdas; yelmos destrozados a golpes, armaduras rotas por hachas, algunos caballeros las tienen éstas aun clavadas con su agresor muerto sobre él. Se llenan dos carros con dagas, mazas y espadas.

Al abrir la puerta de la torre , retirando antes un gran número de infieles muertos en la entrada de la escalinata, se descubre que una docena de caballeros ha decidido suicidarse ante una imagen de la cruz. Los seiscientos miembros de la fortaleza de Sfad lo harían años más tarde antes que la apostasía.

Entierran en silencio a todos sus compañeros clavándoles antes, según el rito, a tablas sus mantos, en fosas poco profundas mirando hacia Jerusalén.

Los musulmanes son apilados en el centro, tras untarles con aceite y arrimar madera; abandonan el fantasmal espectáculo, mientras las llamas extienden por el desierto un olor imposible que olvide el joven que comanda la brillante columna.

Este joven en un amanecer, enfila una calle estrecha al abandonar Nazaret. Algunos observan desde los umbrales el paso del caballero, oyen el repiqueteo contra las piedras. Detiene su caballo en seco para dejar pasar a un niño al que sigue un escuálido asno, después una joven palestina aparece en la escena (en absoluto puede saberse que es una prostituta). Cruza la calle lentamente la delgada figura; apenas un bello rostro se vislumbra en las sombras de su capucha. Al estar cerca, eleva los ojos hacia el soldado de Cristo; este conforme a sus normas mira desde hace minutos al oeste, manteniendo la mirada clavada en el horizonte.

A la muchacha se le nota tenuemente una sonrisa, una brillante sorpresa en los ojos, un atisbo que nos hace dudar si reconoce al hombre por alguna extraña razón o por alguna conexión con el pasado.

* * *

Probablemente entre los últimos eslabones está la siguiente conversación telefónica mantenida a las 9.15 de la mañana hace pocos días. Antes, justo al oír los pitidos agudos, alguien se ha echado fuera de la cama, descalzo ha llegado al despacho donde se encuentra el teléfono. Es Domingo y no está acostumbrado a romper antiguas tradiciones personales sobre el descanso.

- Sí…

- Recibí tu telegrama pidiendo noticias -. Era una voz apagada desde la larga distancia.

- Esperaba tu llamada. Dime. ¿Qué habéis encontrado? -. Ha cerrado varias veces los ojos para desperezarse.

- Nada concreto, parece ser que estamos dando palos de ciego.

- ¿Han acabado las excavaciones? –el frío del suelo lo ha despertado por fin -. Deberíamos saber algo a estas alturas.

- Sí, llevamos muchos días trabajando, pero los arqueólogos han encontrado las tumbas vacías. Ni siquiera había resto de huesos. Nadie sospecha quién ha podido robarlos, y para que los podían querer.

- ¿Y la ayuda que pedimos?-. Preguntó al auricular.

- La Interpol llegó hace dos días, pero no creo que resuelven el misterio, y los agentes palestinos dicen no tener pistas -. El teléfono transmite algo de sospecha en esta frase.

- El chico, ¿sabéis algo más?

- Nada. Solamente que eligió esa cara del castillo y se despeñó contra las rocas –responde resignado -. No existen señales de forcejeo, ni documentos, ni nombre, nacionalidad, direcciones…-. La voz telefónica se había elevado.

- ¿Y la chica? La joven que se dice iba con él.

- Igual, los médicos van a darla como caso incurable, no habla ni responde y se la tiene que obligar a comer -. Dijo la voz lejana.

- ¿Siempre?

- Está completamente rígida y sin curación conocida –lacónicamente -. Parece una maldición. ¿Averiguaste algo sobre el mensaje que llevaba encima? ¿Alguna pista nueva?

- No; sólo lo que ya te dije, algo que conoce todo el mundo -. Estaba intentando pensar.

- Entonces, ¿supongo que la investigación se cerrará dentro de algunos días?

- Creo que sí.

Poco después acaba la conversación.

Cuelga el teléfono, encaminándose silenciosamente hacia el dormitorio; atraviesa la casa sin encender las luces, recoge un trozo de papel sobre su mesilla, acercándose a la ventana, lee de nuevo el contenido gracias a la tenue luz del día que se cuela por debajo de persiana:

«¡No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre dale la gloria!»[1]

Dobla el papel. Un hilo que se ha roto sin dar su explicación.

[1] Escrito en el contracapal de plata y arena del estandarte de la orden del Temple.

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