Anomalisa

Waking Life (Richard Linklater, 2001, Fox Searchlight Pictures)

Con Waking Life (2001), Richard Linklater nos presentó a un joven que merodea por un sueño, conversando con diferentes personas sobre ideas y posturas filosóficas. En una de las secuencias introductorias conocemos a la pequeña orquesta que por el resto de la película musicalizará las intermisiones entre los diálogos. Hay un episodio donde el protagonista se encuentra cara a cara chocando con una extraña en una escalera, a lo que ambos replican con un frío: “discúlpame”. Tras resumir sus respectivos caminos la chica se regresa a pedirle que si pueden empezar de nuevo, que no quiere ser una “hormiga” en piloto automático, que quiere verlo y quiere que él la vea. Que quiere “verdaderos momentos humanos”.

En Anomalisa (2015), colaboración en forma de largometraje de animación stop-motion con marionetas, entre el guionista Charlie Kaufman y el director Duke Johnson, el protagonista Michael Stone (voz de David Thewlis), se afrenta a un statu quo similar, pero aquí vemos a las hormigas zumbadoras tomar otra forma: la de humanos.

Michael se nos presenta como un especialista en materia de atención al cliente y, sin embargo, desde el comienzo de la película aprendemos que su personalidad como consumidor se presta más bien hostil y nunca recíproca ante cualquier trabajador que le esté brindando un servicio (el taxista, el recepcionista, el botones del hotel, la mesera). Esto es una contradicción, o lucha interna, que perdurará durante el resto de la cinta.

Dicha lucha se desenvuelve durante un viaje a la ciudad de Cincinatti, en la que Michael dará una conferencia sobre su libro de negocios “¿Cómo le puedo ayudar a ayudarles?” (“How May I Help You Help Them?”). Sin embargo, Michael cae una crisis existencial que lo llevará a experimentar su aparente éxito como algo trivial: el hotel de lujo le parece vacío; las palabras que prepara para su discurso, insignificantes.

Aspectos que alguna vez creía relevantes en su vida cotidiana — como visitar las atracciones en las ciudades que visita o comer la comida típica — se tornan desoladores hasta hacerle ver que el alojamiento donde se hospeda los es aún más: el menú, la cama, los colores de las paredes; todos, son idénticos a cualquier otro que haya visto antes. Stone se hospeda en el hotel Fregoli, nombrado así por el síndrome de Frégoli, en el que se padece una ilusión donde uno asegura que todos son la misma persona, ya que Stone ve idénticos a todos los individuos con los interactúa: con el mismo rostro y la misma voz (Tom Noonan). Equivalente a las hormigas de Waking Life, la paranoia de Stone parece un reflejo de nuestra marcha por la vida al son de un monótono zumbido y de cómo nuestro entorno está disfrazado de comodidades que aparentan seguridad.

Anomalisa (Duke Johnson, Charlie Kaufman, 2015, Paramount Pictures)

La adversa dicotomía entre ser una figura reconocida y su evidente infelicidad como esposo, padre, profesional y hasta ex-novio, se ve disminuida cuando Stone conoce a Lisa, la única persona que logra ver como humana, con un rostro diferente y que, aunque con una anomalía, es sobresaliente al igual que su voz (Jennifer Jason Leigh), la cual al reconocer como de “alguien más”, ayuda a no hundirlo más en su soledad. Es con Luisa con quien Michael recobra la esperanza de perforar la banalidad que lo hunde en una desesperación que ni su prescripción siquiátrica parece aminorar.

Y no obstante, aun Lisa parece no ser tan perfecta como Michael la percibe en su paranoico mundo homogéneo. Después de su noche juntos, cuando Stone continuó siendo subyugado por la voz de Lisa interpretando, a capella, “Girls Just Wanna Have Fun” de Cyndi Lauper, él comienza a urdir planes prematuros de su futuro juntos, mientras al mismo tiempo detecta los primeros defectos de Lisa: choca su tenedor contra los dientes, masca con la boca abierta, controla sus decisiones. Después de todo sólo es humana, como él. Aquella voz armónica y angélica en un mundo estridente, ahora comienza a ser invadida por la voz monótona que escucha en los demás, hasta convertirse también en ese omnipresente rostro.

En su ejecución, Anomalisa utiliza una técnica de animación ya estandarizada en Hollywood donde las marionetas son elaboradas en serie con rostros montados por partes para el fácil reemplazo de expresiones, cuyas franjas evidentes se arreglan durante la posproducción. No obstante, Kaufman y Johnson descartaron la última parte del proceso y en vez conservaron los mellados rostros de las marionetas, con el argumento de que favorecen el concepto de la cinta ya que reflejan la naturaleza de sus sentimientos frágiles, fragmentados.

Tras su noche juntos, vemos a la cámara panear hacia la ventana donde un animado time lapse acelera el crepúsculo mientras entra la pista de una orquesta casi idéntica a la de Waking Life. Si no un bello homenaje, de menos es una pista: nos estamos adentrando a un sueño de Michael. Lo que es más, Kaufman y Johnson llevan el recurso de la fragmentación del rostro a sus últimas consecuencias durante una secuencia sobre el desvarío de Michael, en el que asegura que todos están conspirando contra él y su recién encontrado amor, violando de manera eficaz las convenciones de una marioneta.

Acaso el mayor hallazgo de Anomalisa es una escena de sexo (sí, de marionetas) que les tomó más de cinco meses filmar, paso por paso. En ella, representan las sensibilidades y refrenos del sexo cotidiano con una delicadeza asombrosa por su representación de la incomodidad y el deseo. Una escena que, acaso me atrevería a decir, logra más que muchas escenas eróticas ya tan ubicuas con actores de carne y hueso.

Incómoda y devastadora — aunque con un humor cuidado y puntual — , Anomalisa entrega un discurso con un ritmo que nos pincha a preguntarnos las dolorosas preguntas de lo que tomamos por sentado en nuestras ocupadas vidas. “¿Qué es ser humano?” , “¿qué es el dolor?”, expone un sedado Michael, quizá sobre el título de su próximo libro durante una de sus paranoicas tangentes en su conferencia. Quizá no. Acaso es sólo eso: una tangente.

En paralelo con el servicio a cliente, otra apropiada analogía con el episodio sobre no ser hormigas en Waking Life, la encontramos cuando la chica emula las frívolas interacciones entre cliente y empleado que el Michael Stone como autor parece defender, mientras que el Michael Stone en crisis, no las corrobora — “Here’s your change”, “Paper or plastic?”, “You want ketchup with that?”; interacciones, en efecto, a las que Michael induce cuando explica que todo cliente ha tenido un día, algunos buenos, algunos malos (una reminiscencia a aquella frase célebre atribuida a Platón: “sé amable; cada persona que conoces está luchando una batalla dura”). Y sin embargo, ella implora a su interlocutor que no quiere ser una hormiga; que lo que quiere son verdaderos momentos humanos. Y no quiere renunciar a ese deseo. Anomalisa, en conjunto, nos asegura que en su interior, los protagonistas tampoco quieren renunciar a verdaderos momentos humanos. Y tampoco quieren que nosotros lo hagamos.

Una versión editada de este texto fue publicada en la versión de abril del 2015 de la revista Tierra Adentro.