La figura sobre el taburete

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El barman se nota inquieto, cauteloso. Nunca había tenido que lidiar con alguien tan difícil y preocupado por la comida de un bar. Su único cliente en la barra — un molesto y estreñido funcionario del banco nacional — , pesa sobre el taburete de la esquina. Parece un helado doble que se derrama sobre un endeble cono de madera. Después de la discusión, varias miradas severas le apuntan, lo persiguen, confinadas en perpetuo trazo hacia su nuca. Uno a uno, los clientes se empiezan a retirar.

A pesar de esto, en contraesquina a él, llega a sentarse otro señor, que sostiene un whisky en las rocas. Una chica no tarda en acompañarlo.

— ¿Cómo te llamas? — pregunta la chica.

— Coover. Robert Coover — le responde, mientras deja de hojear la edición de febrero del 2011 del Fortnightly Review.

Coover le cuenta que es escritor; que está trabajando en una pieza para la edición de marzo de The New Yorker.

— Quiero algo que fragmente el tiempo y lo reduzca — le dice — . La primera posibilidad es un personaje que se sienta en este mismo bar. Se le antoja pedir una cerveza sin darse cuenta que ya la está pidiendo.

Coover habla mientras dirige sus gestos hacia el funcionario. Aquél bulto en la oscuridad, de complexión más seria, escucha la conversación. Algo irritado, a decir verdad. Piensa que están hablando de él, porque están hablando de él. O, mejor dicho, del lugar que ocupa.

Considera pedir una segunda cerveza — continúa Coover — , mientras se la acaba y pide una tercera. Vacila si pedir otra, al mismo tiempo que la empieza a ordenar. Una tercera, piensa, cuando le traen la cuarta.

La figura sobre el taburete se zampa, de manera torpe y resignada, rebanadas de su complicada pizza. Se empeña en empinar y sorber; en masticar y tragar, maquinalmente, hasta perder la cuenta.

Su frente expulsa un sudor nervioso. El flujo de las gotas de sudor no es aminorado por el colgante sobre la barra que anuncia las formas de pago y la hora de cierre. Culpables dólares se escapan de su fino pantalón de gabardina elástica. Sobresale la ostensible mirada fija de Benjamín Franklin, también partícipe en el escrutinio dirigido hacia su dueño.

— No lo corro, pero la barra está por cerrar — le dice el barman, ya con un tono más calmado, mientras le desliza la cuenta en un platito de plástico negro.

— Sí — empieza a decir el funcionario — . Es sólo que… no tengo…

— Pero contentos aceptamos sus dólares — lo interrumpe el barman, mientras desvía la mirada hacia el bolsillo izquierdo del comensal.

«¿O cree usted que el sol necesita de su asesoría? ¿Cómo es que duerme usted en las noches?». Las preguntas no son pronunciadas, pero el cliente las escucha en su mente furiosa y las ve en esos ojos del barman, cada vez más reprendedores.

Graficando en su mente el escandaloso tipo de cambio de los colmados papeles verdes, la figura sobre el taburete se mira en el espejo detrás de la barra. Se vuelve consciente de su lamentable aspecto febril. «Mira nada más», piensa hacia sí mismo. «Qué vergüenza», escucha a su madre responder en su mente. La digestión infla su pantalón, hasta asemejar la mitad inferior de una maceta esférica, el tirador de la cremallera a punto de reventar.

Se dirige al baño, donde no logra evacuar nada. Otra vez.

Cuando regresa, el tal Coover ya no está. Al sentarse, sin embargo, ve que la chica ahora está a su lado.

— ¿Cómo te llamas? — pregunta la chica.

Siente que ha visto a esta chica antes, quizá allí mismo, pero no logra recordarlo con certeza. Al sentirse ignorada, la chica mejor se va. El funcionario es el último cliente en el bar. Se dice a sí mismo que no cederá tan preciado valor. No después de la manera en que fue tratado.

Sin saber por qué, como si no fuera decisión suya, aguarda hasta el momento en que todas las sillas, excepto la suya, están al revés sobre la barra. No ha terminado su último sorbo de cerveza cuando encienden las luces y se interrumpe la música. El barman comienza a trapear la duela y, cuando termina, toma las llaves del bar. Mirando al frente, da golpes ansiosos contra la madera, con un rostro que finge tranquilidad.

De reojo, el doctor en economía se percata del instante en el que el barman mira por vez última su reloj y le va a advertir sobre la apremiante hora de cierre. Empina el tarro e introduce su mano al bolsillo, dejando caer varios Benjamines al suelo. Voltea hacia su mano, que sostiene un revolver. No sabe de dónde salió. «¿Será de la chica? », se pregunta. Cuando gira la vista, ve la edición de marzo de The New Yorker sobre la barra.

Cavila si tirar el gatillo, al mismo tiempo que ve al barman boca abajo en la duela, el arma humeante en su mano. Se dirige al baño: ya no se encuentra estreñido.

···

[1] Una edición de este cuento apareció en ERRR Magazine en el 2016. En esa versión utilicé el nombre real del funcionario que inspiró al protagonista. Poco tiempo después de ser publicado, fue bajado del sitio por razones que nunca pregunté. Si bien la censura nunca es la mejor ruta, también es cierto que al texto no le aportaba nada utilizar dicho nombre. Readapto aquí la versión que, entre otros ajustes, lo suprime.

[2] El escritor en la barra está basado en el gran Robert Coover y su cuento “Going for a beer” (The New Yorker. March 14, 2011)