Tenía dos modos de interrumpir al silencio. Cuando lo hacía cantando se transformaba en una suerte de pintora vocal y la suya era la voz portadora de todos los matices que le cabían a las canciones de este lado del mundo. Y así le decían, LA VOZ, porque era como una Sinatra, pero calchaquí, y tampoco a ella se le resistía ninguna melodía ni poema, y los trazaba a todos con su paleta de graves y su decir profundo; con sus picardías de falsetes toba, y unos agudos tan perfectos que parecían bajos; con sus denuncias ancestrales afinadas con furia. Y quién la oía, veía: paisajes e indios, cigarras y arados, y hasta lo profundamente azul de la angustia de Alfonsina. Poderoso, grave y despojado de artificios, su canto lograba transmitir lo que la canción pedía.

Su talento era también su trinchera.

Porque tenía sí, dos modos de interrumpir al silencio. Pero solo uno de los dos era bueno. Cuando su decir no tenía notas y su boca intentaba traducir su pensar, todo cambiaba. Contradictoria, sencilla, apasionada, bienintencionada, mal asesorada, comunista, exiliada, alfonsinista, delaruista, macrista, cristinista y en las últimas, hasta susanista (“Todas las noches te miro Susana. Te quiero Susana”). Todo era menos contundente y luminoso cuando el micrófono estaba puesto frente a sus labios, no para que cante, si no para que opine.

A ella, prohibida por los militares, amada por todas las trovas del continente, buscada por los cantautores como trampolín a la existencia; a ella que sabía enardecer a puro canto a campesinos en Managua e hipnotizar universalmente, desde modositos Caetanos hasta procaces René Pérez; a ella, tan talentosa en una de sus formas de interrumpir al silencio, se le empañaba el aura cuando le amputaba las notas a lo que decía.

Siempre tuvo Mercedes Sosa dos modos de interrumpir al silencio. Uno solo era bueno. Pero era tan bueno que bastaba.