Tinta para el desayuno

Arrastrando los pies llega hasta la cocina. Abre la bolsa de las figazas y agarra una. La corta por la mitad. La pone a tostar. Pone la pava a calentar. Mira, espera, da vuelta las mitades. Huele que no queme, oye que no hierva. Apaga una hornalla, lleva la pava. Vuelve. Yic, yic, yic, las pantuflas lustran el trayecto de piso que separa cocina de comedor. Saca las mitades, las pone en un plato, las lleva a la mesa. Las figazas de esa bolsa son sin sal -por la presión-, sin manteca -por los triglicéridos- y con tinta -por la obsesión-. Todas tienen en algún lado una pequeña raya de fibrón que las atraviesa perpendicularmente, de arriba a abajo. Eso es lo primero que hace el ex suboficial Tomás Thome, 93 años, cuando Ana, la señora que le hace las compras, vuelve del supermercado: rayar los panes. Uno por uno. Y luego los guarda.

Sobre la mesa ya está puesto el individual. Sobre él, ordenados, el cuchillo de untar, el mate cargado de yerba, el posa pava, el chuker, un puñado de pastillas -presión, triglicéridos, anti inflamatorio-. Tomás, que como cada noche dejó todo preparado sobre la mesa antes de irse a dormir, apoya ahora en un hueco programadamente vacío su plato con las figazas.

Yic, Yic, Yic. Se acerca a la heladera. Saca la mermelada dietética –por si acaso la diabetes-. Yic, yic, yic, llega a la silla, la corre, se agarra de la mesa, comienza despacio a flexionar las rodillas, se sienta. Abre la mermelada, introduce el cuchillo, unta las mitades hasta cubrirlas completamente. Toma una, se la acerca a los ojos viejos, busca el lugar donde aparece la raya del fibrón. Toma la otra, la apoya encima. La rota hasta que aparece la segunda mitad de raya negra, hasta que las rayas, las mitades — la figaza- se unen en el lugar justo que ocupaban antes de que el cuchillo las separase. Luego muerde, mastica, traga, ordenadamente, tinta, mermelada, pan.

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