Café sin Holgura

Hace un tiempo, le pedí a mi padre que nos juntáramos a hablar sobre ciertos eventos complicados que estaba pasando en mi juventud y necesitaba compartirlos con alguien.

Mientras tomábamos un café en el centro, nos reíamos de como yo estaba afrontando mi vida y de como él lo hubiera hecho estando en mis pies. La conversación fue tomando cuerpo y entre miradas y risas, mientras esperábamos la orden, mi padre me enseñaba una vez más, que la paciencia tomada de la perseverancia y de los sueños que tenemos, logran esa unión tangible de las ricas sensaciones que nos entrega la vida.

No es que mi padre sea un psicólogo erudito en la solución de los problemas de los jóvenes, sin embargo siempre tuvo, tiene y estoy seguro que tendrá esa mirada de amigo, ese abrazo de confidente y sobre todo ese beso de padre que deja en claro a quien tienes a tu lado cuando lo necesitas.

Llegaron los pasteles, claramente yo tengo mí preferido, pie de maracuyá, y entre sorbos y sorbos de café fui contándole en que estaba, cuales eran mis preocupaciones, mis inquietudes, mis dudas.

Lo agradable de conversar con mi papá, es que al parecer él siempre tiene la solución a todo y tras cada palabra, comentario, e incluso solución a los temas que estábamos tocando, me sentía igual que cuando Mickey le decía a Rocky: “¡vamos tu puedes, yo estoy contigo Rocco!, “¡vamos hijo que esto aún no se termina!”.

Son esas miradas largas y estáticas enfocando a cada ojo las que poco a poco me iban diciendo que los problemas y las preocupaciones no tienen por qué quitarte el sueño de mañana, que existe algo más importante hoy y ahora por lo cual preocuparse, que la vida está llena de momentos difíciles y que esperar en solucionar todo para no sentir el peso de la angustia, soledad e incertidumbre, solo te mantendrá en un estado narcótico imposible de tratar siquiera con una pequeña conversación.

Se nos pasaron las horas entre risotadas, abrazos y una que otra lagrima. Lagrimas que caían solas, sin esfuerzo, sin querer… sin presión. Eran de esas lágrimas que te brotan justo en el momento cuando te sientes tremendamente apoyado por alguien.

Nos despedimos con ese beso fraterno de padre e hijo y también con ese estreches de manos de amigos, es que cuando pasan los años y ya estás un poco más crecido, tu padre va tomando otra imagen, otra forma. Pareciera que Dios lo puso a tu lado para que se convirtiera en algo más que tu progenitor y protector, para que se convirtiera en ese amigo con voluntad de ayudarte las 24 horas del día, los 7 días de la semana, con esa palabra justa en el momento indicado y con esa mano abierta, dispuesta a tomar la tuya y guiarte hasta cuando ya estás listo para caminar solo en esta vida.

Así mismo y sin querer, fue moldeando tu vida hasta el punto de que incluso te pareces a él, pero no es que quieras ser como él, sino que estas con él, ósea, junto a él, mirando y esperando con ansias como aprender de su quietud, mansedumbre y sabiduría. Pasan los años y ese dador incondicional de amor, seguridad y apoyo, se va convirtiendo poco a poco en un compañero, en un partner, en un amigo, en un escudero a carta cabal.

Ya en mi auto, manejando hacia mi casa, comencé a recordar todo lo que habíamos conversado y mientras lo hacía iba entrelazando cabos sueltos en mi mente sobre la imagen que tengo de mi padre y la imagen que tengo de Dios en mi vida y al parecer, tienen mucho en común.

En la Biblia podemos encontrar que Dios se presenta de tres formas diferentes: Padre, Hijo y Espíritu Santo. De estas tres, la imagen de padre, sostenedor, protector y dador de la vida son representaciones características de todo padre progenitor que ha sabido formar una familia integra, donde prima la armonía, el respeto y sobre todo el amor.

Según las escrituras, somos llamados “Hijos de Dios” (1 Juan 3): -“¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!-

Esta representación de ser considerados hijos de Dios y así mismo de que él se convierta en nuestro padre, simboliza, mediante el amor que él nos da, una paternidad incondicional, argumentada por la relación que posee con Jesús y como nosotros, mientras caminamos en el evangelio nos vamos pareciendo cada vez más a su hijo. Es complejo considerar que Dios nos ama, nos protege y nos cuida tal cual como lo hizo con Cristo, sin embargo de eso se trata su amor… de eso y mucho más.

A mis agitados 26 años jamás he dudado del amor que mi padre me tiene y he sentido en todo momento como me lo ha demostrado con caricias, miradas, palabras y gestos.

Es debido entender que como hijos de Dios estamos resguardados en todo momento bajo esa mirada atenta en cada paso que damos en nuestra vida. Así mismo, estar resguardados por él significa que está con nosotros donde sea que vamos y el estar se traduce en infinitas formas y modos que se argumentan propiamente tal por el infinito amor que nos tiene.

Guiar, hablar, direccionar, corregir, escuchar, sostener, levantar, ayudar, apoyar y sobre todo amar son parte del rol que desempeña Dios en nuestra vida, convirtiéndose, queramos o no, en la imagen más grande de Padre que un hijo pueda tener.

En los evangelios, encontramos que Jesús dijo (Mateo 28:20): — “Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”.

A veces, cuesta entender que Dios está con nosotros siempre. Y lo digo así: ¡CUESTA!, es que ciertamente todos hemos pasado alguna vez por momentos de angustia, pena, incertidumbre o dificultad y la duda se inserta como esa espina agria que nos hace preguntarnos: ¿porque yo, que hice, porque a mí, hasta cuando voy a estar así?. Sin embargo, la duda es temporal, entonces pasa el tiempo y mientras mejora el panorama (en teoría) y la lluvia se hace a un lado, vamos sintiendo que no estábamos solos del todo, que algo o alguien parece disipar esa molesta sensación característica de los momentos difíciles y cuando ya pasa todo y lo vivido no es más que un amargo recuerdo, nos damos cuenta que incluso en la tormenta, Dios estaba ahí, con nosotros, a nuestro lado, guiándonos, hablándonos, direccionándonos, corrigiéndonos, escuchándonos cuando nadie más nos escucha, sosteniéndonos con esos brazos gentiles, dispuestos, ayudándonos a entender en que hemos fallado y como debemos resolverlo, está ahí apoyándonos y fortaleciendo lo que se ha quebrado, él SIEMPRE, está ahí… amándonos.

Ya ha pasado casi una hora desde que salí de la cafetería y estoy manejando en dirección a mi hogar, pero la sonrisa aún no se me borra de la cara. Y es que mientras recuerdo todo lo conversado en ese café con mi padre, ciertamente poco a poco voy entendiendo en que consiste el amor de un padre, como se manifiesta, como actúa, como crece e incluso como se desarrolla, y digo poco a poco ya que aún no tengo el honor de ser papá, pero las ganas no me faltan… todo a su tiempo.

Dios SIEMPRE está ahí, observando todo lo que hacemos. Él estuvo, está y estará a nuestro lado en todo momento y es necesario que seamos capaces de apreciar, valorar y entender el hecho de tener a Dios como nuestro amigo, nuestro hermano… nuestro padre.

Con paciencia y sobre todo disciplina seamos capaces de acercarnos a Dios, tan cerca, tan íntimo, tan necesario, que no exista la más mínima HOLGURA capaz de separarnos del inmenso amor que nos tiene.

-¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él. (Juan 14:21)-

Thomas ///