La casa del arte

Por Matias Violante

Sentado entre el escritorio y la pared decorada con no más de 20 dibujos se encontraba quien llevaba el arte a la piel. Del otro lado, entre la vidriera y la puerta con mas modelos, en los sillones de un color rojo muy oscuro que combinaban con las calaveras dibujadas, cuatro mujeres. La primera de 35 años aproximadamente con un bebé en brazos. La segunda con la inquietud de los precios de los tatuajes. La tercera y cuarta no hablaban ni llamaban la atención, eran dos señoritas de no más de 18 años. Lo que si, compartían eran sus dudas sobre qué es lo que llevarían por el resto de sus vidas en su cuerpo. Preguntado por modelos de vidriera, por algunos que ellas habían acercado al artista y hasta algunos otros conocidos agregándole su toque personal. En fin decididas en llevar algo para siempre pero sin saber qué.

Más tarde, todo lo contrario ocurriría en esa sala de espera, aquel lugar donde el cliente y el tatuador llegan a un acuerdo mutuo y son cómplices de aquello que no se podrá volver atrás.

En esa sala tan chica, donde quienes allí trabajan ponen su pequeño grano de arena para sumar, ayudar y crear satisfacción en quien decide cambiar parte de su cuerpo, una señora de remera y pantalones de colores vivos, que se desgataron de tanto uso, ingresa. Ya con con un tono de voz cortante, mostrando su desinterés y desacuerdo por el trabajo que allí se realiza. Molesta por un malentendido respecto al horario crea un clima completamente distinto al cual uno podría encontrar allí adentro. Toda aquella “buena vibra” se había escondido quizás. atrás de la cortina de tela que nos separaba de las camillas donde a uno lo tatúan, “¿para qué me dicen que va a estar si no está?” decía una y otra vez. Sin ninguna preocupación, sin salir de su calma ni modificar su voz la respuesta fue clara y precisa “ella (por la muchacha que realiza las perforaciones) llega seis y diez” un silencio de pocos segundos fue lo que le tomo con indignación retirarse del lugar y llamarlos “pocos serios”. La señora no venia sola la acompañaba un chica que aun no había cumplido los 15, seguramente era quien se haría las perforaciones en las orejas. Sin pestañear observo toda la situación, luego de lograr la aceptación para poder hacerse aquellos aritos. Dio una media vuelta y camino tras quien decidirá por sobre ella y su cuerpo.

Una puerta improvisada y una pared con una pequeña ventana, es lo que nos separa de ese lugar en donde todas las decisiones son tomadas, de aquel otro donde el arte cobra vida y quedará plasmado en la piel de quien cree que su dibujo, frase o logo lo representa. Con mucha tranquilidad el artista acuesta a su hoja en blanco, antes le muestra como quedaría aquel tatuaje si da el último “Si” y el silencio solo es interrumpido por el sonido que producen las herramientas para dibujar. Un error, un solo desvío o movimiento en falso y todo se echaría a perder. Aquel que se está tatuando muestra una sonrisa de oreja a oreja, se mira y ve cómo trabajan sobre él, feliz espera aquel momento en que le digan “ya está, ahora pasate la crema...”. Por su parte quien trabaja sobre el cuerpo ajeno, no desvía su vista del cuerpo, tampoco duda ni una vez de lo que hace y su cuerpo se mantiene en la misma posición desde el comienzo hasta el final. Para quienes observan se pide silencio, algunos deciden no pasar por que se empiezan a sentir mal, otros se tiene que ir por el ruido que producen. En fin, cuando todo esto termina vuelve la relajación y el clima informal, todos sonríen, se miran nadie dice nada, salvo el que sabe “ahora te lo tapo y después le pones la crema…” las indicaciones se dan con toda la seriedad y así tienen que ser escuchadas si es que se quiere que el tatuaje termine como uno lo desea. Para los visitantes primerizos es toda una experiencia nueva que da orgullo contarla además de risa. Para el artista, un trámite mas a cual resolvió con completa sencillez.

Así es el lugar que por fuera es simplemente una vidriera en la vereda sobre la avenida 413 de J.M.Gutiérrez, por donde las personas pasan y surge los extremos en sus pensamientos, desde el prejuicio de cómo es el mundo de los tatuajes y también están quienes pasan, frenan, miran y dicen “quiero tatuarme, pero no se qué”. Pero que por dentro es donde realizas una pregunta que te toma tan solo un minuto de tu vida o algo que llevaras hasta tu última bocanada de aire.

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