Relato previo a una jornada laboral

Buenos Aires. Patio de la penitenciaria de la calle Las Heras. 1° de Febrero de 1931. Otro día de jornada laboral que podría haberse evitado. El sol, por suerte, de a poco va bajando. La gente llega y se va acomodando, mirando hacia la silla, que, aún, se encuentra vacía. El show comenzará dentro de unos instantes. Justo hoy, no creo que se atrasen. A pesar de todo el contexto, la espera se me hace larga. Sepan entenderme, después de tantos años, el oficio se vuelve monótono. Me fumaría un pucho, pero en la tabaquera me queda solo 1. Mejor me lo guardo para apreciar el espectáculo.

Ahora sí. La merienda está servida. El oficial lee la sentencia. El acusado se encuentra parado, mirándolo atentamente. Se trata de Severino Di Giovanni, un italiano, anarquista, que tuvo que exiliarse a la Argentina junto a su esposa e hijos, allá por 1922, a causa de las persecuciones del régimen fascista. Se lo acusa de atentados como las voladuras del City Bank, del consulado italiano en Buenos Aires, y bla bla bla. El idealista de la violencia, que luchó contra la burguesía y el régimen fascista. ¿Irá al cielo o al infierno? A mí no me compete. Que se arreglen mis superiores. Yo solo soy un transportador.

- Pena de muerte. — sentencia el oficial.

- Muy bien. — contesta Di Giovanni.

Este tipo me cae simpático. Me agrada su humor negro. Tiene agallas. Muchas agallas. Unas horas antes, cuando estaba en la celda, pidió un café. Se lo traen. Lo prueba y lo rechaza: “Pedí con mucha azúcar… No importa, será la próxima vez”. Un genio. Di Giovanni se sienta. Los oficiales lo atan a la silla. Él pide que no le coloquen venda. ¡Qué valor! Yo hubiese pedido un último pucho. Hablando de pucho, me prendo el último que me queda. Igualmente, lo envidio. Me gustaría saber que se siente estar por morir. Habiendo vivido como lo hizo él. Ser inmortal es insoportable. Y más, si no te gusta lo que haces. Toda una eternidad vacía y sin sentido.

En fin, los tiradores se preparan. Di Giovanni, con su espalda recta hacia el respaldo de la silla, ni se inmuta. Definitivamente, este tipo no me teme. Los tiradores apuntan. Di Giovanni grita “¡Viva la anarquía!”. Esa es la verdadera inmortalidad. La inmortalidad que importa. La inmortalidad del legado. La lucha revolucionaria y la pasión no mueren nunca. Los tiradores disparan. Se acabó lo que se daba. Llegó la hora de laburar.