Izarla

Para JF y familia.

1.

Al principio lo llamamos Mono. Llegó primero, a finales del 78, dos años antes que yo y fue uno de mis primeros mejores amigos, además de ser mi primo.

Casi siempre estuvimos los cinco: Mono, su hermano menor, mis hermanas y yo, pero siempre estábamos los tres niños. Nos recuerdo en salidas a la finca de sus papás en donde era el mejor en puntería tirando piedras para bajar mangos y disparando diablos traviesamente a las pobres tortolitas que después su papá le hacía cocinar y comer como correctivo; en pesca ni se diga.

En cine, la primera película que vimos fue Aliens: el regreso. Nos llevaron unos primos de nuestras mamás. Todos estábamos blancos del susto en la oscuridad del teatro, pero fuimos muy valientes no reconociéndolo. Fue en el desaparecido teatro Cóndor de Villavicencio.

Y en muchas tardes de piscina en la casa de nuestros abuelos. Mono fue el primero en saltar desde la terraza del segundo piso. Todos lo seguimos infinidad de veces, hasta que un día en una mala entrada, sus gónadas impactaron el agua; a niños y niñas nos dolió por igual. De esas tardes tengo un especial e imborrable recuerdo, Mono, a sus 9, me enseñó a nadar.

Compartimos muchos gustos, ver Los Magníficos fue uno de ellos. Yo siempre quería «pedirme ser» “John ‘Aníbal’ Smith”, pero ese mérito era para Mono, se lo tenía bien ganado. También nos gustaba hasta los tuétanos el mismo equipo de fútbol, glorioso en esos 80's, y con el cual celebramos campeonato casi todos los años de esa década, iniciando de la mejor forma nuestro fanatismo futbolístico. Y salivábamos por el maní de sal La Especial. En las reuniones familiares y de fin de año en la casa de los abuelos, nuestra misión, junto con su hermano, era asaltar la cocina sin ser vistos y comernos el maní con uvas pasas que se encontraba ya servido y dispuesto a ser llevado a la sala en donde se encontraba reunida toda la familia. Siempre lo lográbamos y siempre éramos descubiertos: «esos patojos se están comiendo el maní», gritaba mi abuelita.

Le interesaba las actividades de la finca, en especial las agrícolas. Tuvo varios cultivos con responsable dedicación en huertas no tan pequeñas; recuerdo muy bien el de tomate porque me nombró socio por el sólo hecho de recorrerlo junto a él.

Italia 90 fue nuestro primer Mundial juntos, lo disfrutamos en la sala de televisión de mis abuelos. Colombia y Alemania eran nuestros equipos. Al finalizar los partidos, disputábamos nuestro Mundial en encuentros de andén junto a otros primos. No lo hacíamos mal.

2.

Entrada la adolescencia Mono mutó a el Gordo. Nos distanciamos casi nada, a pesar de que él ingresó primero a la pubertad y empezaron sus salidas con los compañeros de colegio.

Fue en este tiempo cuando lo descubrí haciendo el gesto más noble y generoso que yo había visto en alguien de su edad: después de saludar sagradamente de beso en la mejilla a nuestro octogenario bisabuelo, un legendario herrero retirado con poca gloria que pasaba todas las tardes sentado en una mecedora afuera de su casa, observé como el Gordo tomaba su mano y ponía en ella un envoltorio de billetes muy discretamente. Tal vez eran ahorros de su mesada de colegio, nunca supe cuánto tiempo llevaba haciéndolo.

A mis 14 y en compañía de su familia, conocí el mar en una travesía que hicimos en carro saliendo desde Villavicencio, pasando por Bogotá, pernoctando en Yarumal y llegando a Cartagena. En esas vacaciones tuvimos una experiencia cercana con la muerte. Una tarde, regresando de Barranquilla a Cartagena después de haber pasado el día en Santa Martha, fuimos testigos de un accidente vial por exceso de velocidad y de alcohol; en un potrero al lado de la carretera evidenciamos los restos retorcidos de un carro, dos hombres heridos lamentándose pidiendo ayuda y uno muerto con su materia gris a la vista. Tendida sobre la vía y ante nuestros pies vimos agonizar a una mujer, su rostro estaba intacto pero su cuerpo destrozado, las articulaciones desechas. Nos veía a los tres jóvenes y nos decía con angustia que no podía respirar; el Gordo fue el único que creyó reconocerla. Ya en Cartagena y viendo el noticiero regional de la noche, confirmamos que tras un accidente sufrido esa tarde, fallecía la cantante Patricia Teherán «la Diosa del Vallenato», “múltiples traumas en su cuerpo le generaron hemorragias internas”. El Gordo estaba en lo cierto y así se lo reconocimos.

3.

A nuestros gustos en común se sumaron la cerveza y el billar. Él se marchó primero a Bogotá a iniciar la universidad y fue en esa ciudad, cuando yo ya la habitaba, en donde nos enfrentamos sobre el tapete verde. Debo decir con todo cariño que el billar era de las pocas cosas que no se le daban, no fueron muchos los enfrentamientos pero sí alegres y etílicos.

Los domingos eran los días en los que el Gordo se destacaba en partidos de fútbol que hacíamos en mi nuevo barrio capitalino. En la cancha improvisada del parque de Cedro Golf se vieron sus gambetas y goles. Él era el refuerzo venido del Federman –su barrio en Bogotá– que nos hacía quedar bien a un tío mío que no era el suyo pero que el Gordo así llamaba y a mí.

Fueron diez meses de nuestras vidas los que compartimos en la Capital, hasta que casi cuatro años más tarde de habernos visto cara a cara con la muerte y en circunstancias agónicas similares a las de la Diosa, el Gordo se despedía. Era octubre de 1998, yo hacía tiempo como espectador en los Billares California mientras iniciaba mi clase de 1:00 p.m. de primer semestre de Publicidad. Después de ser buscado con desespero por toda la Tadeo, un amigo de colegio y con quien también compartía alma mater, me encontró en los billares y me dio la noticia: «Rafita, su primo Carlos se murió».

Ese miércoles 21 a las 11:20 de la mañana iniciaba la etapa más dolorosa de mi vida. Yo estaba disgustado con él por un motivo insignificante y no habíamos hablado. Con mis hermanas emprendimos el viaje largo hacia Villavicencio por la misma carretera en la que horas antes el Gordo fue héroe auxiliando heridos y pidiendo ayuda, antes de sucumbir a los golpes del accidente que sufrió el bus que los transportaba hacia nuestra ciudad en su salida universitaria. Consecuente hasta en su partida.

Rodeado de dolor, tristeza y con Señora como música de fondo tocada en vivo por un conjunto vallenato llevado por sus buenos amigos de colegio, tomé fuerza y mientras era descendido le grité mis últimas palabras: «nos vemos, primo».

4.

De él conservo estos y otros buenos recuerdos, a su hermano y a su familia y sólo un objeto que sé que fue realmente suyo, más que cualquier otro y que encontré esperándome en uno de los cajones vacíos del closet de su habitación de universitario en la casa de los abuelos en Federman, cuando yo pasé a ocuparla seis años después en mi último semestre de carrera. Lo tomé como su herencia para mí y como testamento imaginé estas palabras que sé que él me dijo: «ícela ahora usted».

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