López

Aquel grupo de hombres se quedó impávido. Al principio comentaban. Luego, se sumieron en el brusco sigilo que provoca el choque con la realidad, haciendo equilibrio en aquel limbo, en la desgarradora ruptura que divide lo que fue de lo que será.

Los mercaderes trabajaban casi veinte horas al día. Cada alba los encontraba armando los puestos, dispuestos a juntar monedas para llevar un poco de pan a sus familias. Eran hombres mediocres, sin estudios ni talentos; iniciaron una pequeña empresa porque estaban hartos de mendigar. Los vecinos comenzaron a acercarse, a comprar, a comentar: desde verduras hasta artículos para el hogar, los vendedores tenían cubierta cualquier necesidad. Y, lentamente, la vida comenzó a mejorar. Ya no tenían agujeros en los zapatos, ya no lucían camisetas desgarradas. Habían descubierto un mundo de sorprendentes lujos. Se creían en la cima del mundo, y estaban confabulados para nunca bajar.

El drama comenzó en abril. Estaban preparando los puestos, acompañados por los armónicos cantos clásicos de Mendizábal, cuando notaron cierta actividad inusual. El puesto de López estaba rodeado por una decena de hombres, todos con gabardinas y caras serias. Luego de varios minutos de disputa, se fueron, pero dejando un par de bolsas sobre la mesa. Cuando el resto de los mercaderes se acercó para preguntar qué sucedía, López juró que no había problemas. Con un nivel actoral bastante decepcionante, explicó que había comprado algunos electrodomésticos y pedido pagarlos en cuotas. Los hombres serios estaban allí para corroborar que, efectivamente, pudiese pagarlos, y no quisiera estafar a nadie. El grupo entero descreía su historia, pero nadie quiso provocar una discusión. Con un criterio aparentemente arbitrario, López comenzó a ausentarse. Empezó faltando una vez por semana; luego de unos meses, se extendió a semanas enteras. De vez en cuando, aparecían un par de gabardinas y dejaban bolsas en su puesto. Nadie las tocaba, pero al día siguiente ya no estaban.

Hasta octubre. Los primeros destellos del sol nuevo acariciaron a los mercaderes, en el décimo día del décimo mes del año. López estaba sudoroso y miraba mucho a su alrededor, y, aunque ninguno sabía bien qué pasaba, logró contagiar su estado de alarma al resto de sus compañeros. Aguirre le ofreció un trago y, por primera vez en años, López dijo que no. Con paso tranquilo y actitud parsimoniosa, un par de señores de gabardina aparecieron en escena. No tenían bolsas, ni ganas de hablar. Miraron a López, esperando explicaciones. El hombre comenzó a gritar que todo esto era un malentendido, que no podía ser, que no se lo merecía y que le dieran otra oportunidad; pero solo pudo esbozar dos letras cuando notó que, debajo de las gabardinas, los hombres estaban armados. Solo pudo gritar «¡No!». La multitud, que comenzaba a llegar para realizar sus compras, contemplaba espantada. Los comerciantes, fieles amigos de López, se veían atribulados por saber qué iba a pasar, pero no saber cómo evitarlo. Hasta que, en dos segundos que parecieron horas, pasó. Se escuchó el balazo, se escuchó el silencio y, por mucho más tiempo, se escuchó la muerte.

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