Lo que aprendí después de dos semanas de hacerla de editor

¡Comida!

Hace días tuve la enorme idea de solicitar personas que desearan colaborar en el blog que edito como escritores invitados. La respuesta fue mucho mayor a la anticipada, pero no tan mayor, pues sabía (esperaba) que el mensaje utilizado sería llamativo: “se paga por escribir”. Esto orilló a 20 suspirantes a enviarme en correos todas sus inquietudes, textos, horripilantadas y aspiraciones para ser contestadas a la brevedad con la seriedad que se debe de esperar de un editor de un blog con 500 seguidores en Facebook.

La experiencia ha sido desconcertante, pues el blog al que le he dedicado días intermitentes durante los últimos dos años de mi vida, comenzó a dar señales de seriedad y ser observado por más personas de las que estoy acostumbrado a controlar, obligándome a asumir posturas más serias que las del güey que se dedica a escribir cosas en internet. Ahora soy el güey que paga por escribir cosas en internet. Y es interesante la autoridad que me es conferida al soltar 200 pesos por artículo, pues es un lujo del que solo las publicaciones rentables pueden disponer. Este pequeño gasto me ha permitido utilizar en la firma de mis correos el título de “editor en jefe” sin escucharme tan mamón. Aunque yo lo sigo sintiendo mamón.

La proliferación de plataformas donde emitir opiniones ha dado lugar al surgimiento de blogueros de medio tiempo, quienes aspiran a ser leídos por el mundo y algún día encontrarse con su nicho, quienes ávidos de mayor contenido, mantendrán al bloguero con una afluencia constante de efectivo, permitiéndole a ella/él vivir de sus piensos, que es el “vivir de mis rentas” de esta década. Pero para que esta fantasía se concrete han de cumplirse un montón de factores, entre los que más destacan: que debes extremadamente bueno/a y debes vivir en un país donde haya una gran cantidad de lectores (y no cualquier tipo de lectores, ¡lectores de blogs!, ¿hay desos?), o al menos escribir para un sector que sea capaz de pagar por leer. Buena suerte con eso.

Ser extremadamente bueno es también producto de una combinación de variables: suerte, trabajo y talento (en alguna proporción mágica que varía de persona en persona). Suerte para encontrar las condiciones necesarias para realizar tus escritos sin la preocupación de ver qué vas a comer; trabajo arduo, que se traduce en experiencia, que se traduce en no cometer tantas pendejadas; y talento, que es como agarrar la estrellita de Mario Bros. y te permite que las cantidades de las dos primeras variables sean requeridas en menor medida.

Con los años (no muchos ;p) me he dado cuenta que la escribidera es, como muchas otras cosas en la vida, un oficio. Oficio que aprendes y dominas practicando durante horas. ¿Arte? ¡Ja! Solo los artistas hacen arte. Los escritores escriben. Si de casualidad eres un artista que escribre, pues felicidades, quizás haya la minúscula posibilidad de que puedas vivir de las regalías de tus letras.

Existe la creencia (entre las personas que conozco, al menos, y espero con toda el alma ser el único con conocidos así (aunque sé que no)) de que la lectura, y por lo mismo, la escritura, son actividades que están reservadas para los más intelectuales de los seres humanos. Puede que se deba al tiempo que le ha de dedicar uno, generalmente a solas, a interiorizar los pensamientos de alguien más, o externarlos de manera comprensible; pero la neta, cualquiera que se haya quedado sin internet una semana puede convertirse en un devorador de libros. Esta creencia es más grave en los países con altos niveles de ignorancia, donde parece permanecer la idea de que una persona con lentes y un libro en la mano es el poseedor de todos los conocimientos de la civilización, cuando seguramente se trata de un ñoño insufrible que acaba de descubrir a Murakami.

He revisado en estos días más textos de los que puede ser sano en ese periodo de tiempo, y me he obligado a hacerle comentarios a todos. Veo en ellos reflejado todo lo que ya he expuesto. Unos, con un barroquismo vomitivo, buscan plasmar todo su léxico en cada oración, persiguiendo cada palabra como si fuese aquella que haga a los jueces del Nobel decantarse por su obra; solo puedo imaginar lo difícil que ha de ser vivir tomándose todo tan en serio. Hay otros que, pobrecitos, les hicieron creer que con entrar a la carrera de letras (o afines) les iba a subir un +10 en inteligencia y redacción (y +1 a unidades cercanas). No es mi intención burlarme de su esfuerzo, pues todos empezamos por algún lugar, y animarse a que un extraño revise la intimidad de tus pensamientos, por la lejana promesa de un pago, para que después haga un post en Medium quejándose, requiere de mucho valor y a todos los he instado a que sigan haciéndolo. Luego salen otros tan talentosos, que hasta me da pena que quieran participar en el blog, teniendo las habilidades de escribir sobre cualquier cosa y deberían de estar ganando lo que ganan los diputados plurinominales. Y luego están aquellos que se nota que los ha golpeado machín la vida, y una de las maneras que han encontrado para sobrellevar sus días es transcribiendo sus horrendos pensamientos en textos tan sencillos de leer y tan humanos, que dan ganas de salir a cotorrear con ellos porque se nota que son chilos. Ellos me caen bien.

(Acabo de caer en cuenta que utilicé solo sustantivos masculinos en la mayoría de los párrafos. Ahí dispensen, que la interiorización del machismo aún es muy fuerte en este macho culo plateado.)

Ruego por un entorno en donde los internautas dejen de lado los titulares que ansían ser cliqueados y tengan un mejor criterio en el contenido que consumen; por que la lectura sea tan mainstream que para ser hípster tengas que aspirar a ser un pendejo (mmmmm…) y por que cada persona que se aventure a agarrar un teclado y dejar que sus pensamientos vuelen al ritmo del taca taca de las letras encuentre en su trabajo la posibilidad de un medio de subsistencia.

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