Autómatas!

Juan Vinueza
Nov 20, 2015 · 12 min read

“Ah, si las paredes hablaran”.
Pero no, no, están hablando. La una le dice a la otra: este señor está con frío, se va a enfermar. Todavía sin certezas, es verdad, pero cada día conversan con más gracia: como, digamos, cuando el reloj chismorrea con el candelabro en los dibujos animados. En ciertos hogares estas cosas ya están sucediendo: a través de código preprogramado pero adaptativo, las paredes le preguntan a la cámara-sensor que quién acaba de llegar. La cámara identifica al señor, toma nota y le dice a la pared: este determinado calor es el que tienes que emanar, así es como el señor lo ha predispuesto. Si la computadora tras la cámara es aún más moderna ya ni siquiera le pregunta al señor, sino al reloj, que ha contado cada paso y cada pulso, y sabe plenamente qué temperatura le conviene al portador. Otro señor en otro lado le pregunta a la pared: “Y este señor, ¿a qué hora ha sabido llegar?” “¿Qué tan caliente prefiere el cuarto al mirar televisión?” “Señor refrigerador, ¿qué me puede contar usted?” El refrigerador describe nutrientes y carencias con binaria elocuencia. Aún otro señor, en el supermercado, toma nota, como la cámara, y notifica a los granjeros, que ahora no conducen bueyes ni tractores, sino programan remolquetas para que recolecten exactamente lo que se vaya a comer. También se lo comunica al señor comensal, que no es sino un hombre de rutina, hambriento, que conoce menos de sus digestiones que sus electrodomésticos. No obstante, el comensal todavía no recibirá el mensaje: lo hará cuando llegue al supermercado; entonces su comida ya esperará por él y él solamente la tendrá que recoger -y eso solamente si es que algún robot volador no ha arrojado la lonchera en el jardín. No hay por qué preocuparse por platas, tampoco: hay aún otro señor, en aún otro lado, que también toma nota de los gastos, y las cuentas están constantemente alimentadas por todos esos peculiares dispositivos habladores que están al tanto de todo y dialogan entre sí. Monitorean, vigilan, optimizan sus procesos. Aprenden. Y luego: controlan. No a los señores sino a los entornos; al menos esa es la promesa. El señor comensal, parecería, solamente tiene que limitarse a protagonizar esta nueva vida, repleta de nutrientes y comodidades y sin temor a los resfríos, y mientras tanto las máquinas del mundo hacen el trabajo por él. Pronto los otros señores se le unirán, y todo el mundo se la pasará jugando y soñando mientras los microcomputadores extraerán los elíxires detrás de las cortezas y distribuirán los sortilegios de la Tierra, y todo con mucha comodidad para todos. Haber permitido la conversación entre aparatos habrá sido una idea formidable, parecería.

Solía hablarse de estas cosas en los suplementos esporádicos de especulación tecnológica (La Casa del Futuro; La Casa de Bill Gates; Cómo Será Un Día De Su Vida Durante El 2050), pero ahora estos artefactos ya están en las páginas de los catálogos de electrodomésticos. Y todo el mundo está hablando sobre ellos: hablan Sony y Samsung y Mercedez Benz; ni se diga Google o Cisco o IBM o Intel. Han bautizado al fenómeno como El Internet de las Cosas, y no es otra cosa que la telepatía, pero no entre gente sino entre aparatos, y como que estos robotcitos que protagonizaban los relatos de ciencia ficción ya están aquí, en nuestros bolsillos y en nuestros hogares, y como que todo ha pasado tan rápido que ni nos hemos dado cuenta.

Tampoco nos precipitemos: las máquinas con aparente voluntad propia han acompañado a los hombres del antiguo Egipto. Entonces las estatuas de los dioses abalanzaban sus tentáculos y escupían fuego y mucho después que el titiritero los haya programado; se trataría de los primeros vestigios de Inteligencia Artificial. No es necesario elucubrar en androides o en replicantes que se rebelan contra sus creadores para acercarnos al fenómeno: ahora mismo está leyendo este texto a través de una máquina muy capaz que, esencialmente, está pensando sola. Y es también consecuencia de la Inteligencia Artificial la más simple operación de la más simple de las calculadoras y los muy acertados resultados de búsqueda de Google y también el descomunal algorritmo de Facebook que le dice que si le interesó tal cosa muy probablemente también le interese aquel otra. Están entre nosotros y desde hace un buen rato, y sin embargo, las cosas se están acelarando; hay un cambio de ritmo, una precipitación, producto de la proliferación de los smartphones, de las redes inalámbricas y de la minería de datos, y de un rato para el otro los autómatas colmaron los patios y los cuartos y los espacios de trabajo.

Uno de los curiosos autómatas de Al Jazari, ingeniero persa, del siglo XIII

Michael Porter explica del fenómeno a través de un artículo de casi treinta páginas en el Harvard Business Review de Noviembre del 2014. Habla de una tercera revolución de la relación entre el hombre y la tecnología de la información: la primera, en los 60s y 70s, estaba basada en industrias que tomaban decisiones según información recolectada por computadoras. La segunda, en los 80s y 90s, se basó en el internet: la información de una empresa le podía ser accesible sin importar lugares de origen ni condiciones geográficas. Ahora, escribe Porter, la Tecnología de la Información está implementada en el producto en sí. “Sensores, software, procesadores, conectividad: el producto por sí mismo ya los incorpora. Junto con una nube informática, donde la información recolectada es almacenada y determinadas aplicaciones son ejecutadas, se está llevando a mejoras muy considerables en cuanto a la funcionalidad de un producto y su desempeño. Y son las cantidades masivas de datos sobre cómo se utiliza un producto las que permiten estas mejoras.”
Así, de productos cerrados estamos pasado a productos conectados entre sí; ahora bien, el cambio inminente está en sistemas de productos que se conectan con otros sistemas. El gráfico a continuación explica cómo un tractor pasó a conectarse a un sistema de información, cómo luego ese sistema podía ser accedido desde diversas plataformas, cómo varios productos podían acceder a un mismo sistema común y, finalmente, cómo muchos de esos sistemas (un “sistema de equipamento agrícola”, un “sistema de datos meteorológicos”, un “sistema de irrigación” y un “sistema de optimización de semillas”) pueden conectarse a un solo sistema total (“de gestión agrícola”).

Porter también da constancia de cómo los productos hiperconectados están revolucionando todas las industrias: desde carros eléctricos hasta turbinas de viento; desde bombillas que pueden ajustar la intensidad de luminosidad según se dicte en el celular hasta camisetas que toman métricas de volumen y transpiración del cuerpo del portador.

Daniel Burros también nos da a conocer sus impresiones sobre el fenómeno en artículo para Wired: manifiesta que el internet de las cosas no está basado solamente en la comunicación entre máquinas con máquinas, sino entre máquinas y sensores. “Una máquina es una herramienta, un dispositivo para ejecutar nuestras tareas con más efectividad. Un sensor, en cambio, no hace nada por sí mismo; nada más que recoger información.” Luego, el ejemplo. Dice que si el cemento con el que se erigen los puentes cuenta con sensores, puede determinar temperatura, fisuras, resistencias de peso. Esa información es capturada por el sensor y subida a la nube de información. El vehículo es capaz de procesar esa información con rapidez; de esa forma, si, por ejemplo, ha nevado, así le será notificado al auto, que podrá notificar al conductor -si es que está siendo conducido por alguien y no por sí mismo- o disminuir la velocidad con autonomía. Y sin embargo, dice Burros, el Internet de las Cosas no se trata de puentes ni de autos, sino de las posibles -casi infinitas- relaciones que pueden resultar de esa relación sensor-máquina: vehículos que se comportan con inteligencia para evitar congestionamientos, accidentes, atropellos.
“Todos piensan con demasiada modestia cuando piensan en el futuro”, escribe Burros. Y es que la misma razón por la que estaríamos o no conduciendo un vehículo, a punto de cruzar un puente, podría cambiar.

Si alguien ha pensado en el futuro sin modestia es Tim Urban, del blog Wait but Why. En un ensayo muy largo pero muy entretenido -y, ni se diga, muy inquietante- da a conocer los avances hasta la fecha, y, ante todo, el increíble potencial -mucho más cerca de explotar de lo que creeríamos, dice- de la Inteligencia Artificial. Ciertamente a su propuesta no le falta ambición: Urban argumenta que el dominio de la inteligencia cibernética podría suceder en no más de 20 años, y que sus consecuencias pueden oscilar entre la inmortalidad de nuestra especie o en un cataclismo que termine con todos. Ahora bien, construir una computadora con nuestra misma capacidad de entendimiento es extraordinariamente difícil: según lo que sabemos, la mente humana es el mecanismo más complejo del planeta. Pero, dice Urban, se trata de una proeza más que factible.
“Si es que una computadora puede ser más inteligente que un ser humano, necesitará de mucha, mucha capacidad de procesamiento” (esto es, la velocidad a la que ejecuta sus procesos), escribe. Según sus hallazgos, una computadora podrá procesar a la misma velocidad de un cerebro humano en no más de diez años –tal y como lo ha predicho la Ley de Moore -que, entre otras cosas, establece que el progreso de los microprocesadores es exponencial. Explica Urban: “en 1985 una computadora podía calcular a un nivel un trillón de veces menor al de un ser humano; hoy, puede hacerlo a solamente mil veces más lento”. Cada día son más capaces.

Pero, por supuesto, que vayan a ser muy rápidas no significa que vayan a ser muy inteligentes. ¿Cómo puede un aparato de cables y silicio “pensar” y “sentir”, tal como pensamos y sentimos nosotros? En esas estamos y el desafío es enorme: si bien una computadora puede llevar a cabo operaciones con números de diez dígitos en un santiamén, le cuesta muchísimo ver una fotografía y reconocer si el perro es un gato o es un perro. Hoy puede vencer al campeón mundial de ajedrez, pero no puede comprender el significado de un párrafo redactado por un niño de seis años. Donald Knuth lo ha puesto así: “la Inteligencia artificial ha sido exitosa en todo lo que requiere ‘pensar’, pero ha fallado en todo lo que requiere ‘no pensar’”, como digamos, la visión, la moción y la percepción. Se ha pronosticado que se podría conocer el interior del cerebro humano por completo para el 2030. Hasta el día de hoy, científicos han sido capaces de emular el comportamiento de 302 neuronas — con todas las complejísimas interconexiones implicacadas. El cerebro humano tiene cien mil millones –es justamente entonces donde esa vertiginosa velocidad de procesamiento tendría que entrar en acción.
Si efectivamente una computadora puede simular las capacidades de un cerebro humano, las ventajas son muy considerables: es más rápida, puede almacenar más información y no tiene tiempos de fatiga ni necesidades de distensión; sería cuestión de poco, muy poco tiempo en que supere a su molde en creces y con progreso exponencial.

Lo que es más, la inteligencia artificial puede destronar a la humanidad, gracias a esos muchos miles de millones de terabytes que están siendo asimilados y almacenados a cada instante, en uno de los rasgos que la hizo dominar al resto de especies: su colosal red de conocimiento compartido, que ha trascendido tiempo y espacio y que nos permite saber del quehacer de nuestros ancestros y conmovernos por los mismos estímulos. Las computadoras del futuro podrían consultar cualquier dato en cualquier momento -literalmente. Entonces hasta el hombre más listo no le será más que un chimpancé. No solamente porque para entonces la Inteligencia Artificial habrá adquirido una velocidad de procesamiento vertiginosa, sino porque habrá comprendido (y adaptado y modulado y optimizado) todos esos complejísimos patrones sensoriales y abstractos y lingüísticos y cognitivos. Esas preguntas, muy sci-fi, de si un robot puede “sentir” no nos serán tan lejanas. ¿Cuándo se estima que pase tal cosa? Urban dice que, a opiniones de expertos -gente que dedica su vida al estudio de esta cuestión-, puede suceder en cualquier momento entre el 2022 y el 2090, y que el año más probable en que estas cosas ocurran es el 2060.

¿Qué viene entonces? Nadie lo tiene claro: es como que los microbios se hubiesen puesto a especular, hace muchos millones de años, sobre comportamientos humanos. La Inteligencia Artificial podría traer milagros o catástrofes: funcionar como un oráculo -que sabe todas las respuestas-, como el genio de la lámpara -capaz de ejecutar cualquier comando- o como un soberano -con voluntar y potestad ilimitadas. Sería una especie de dios, digamos.
Urban grafica esas súper potestades al hablar sobre aún otra tecnología inquietante: la nanobótica. La capacidad de manipular objetos nanométricos (un millón de veces más pequeños que un centímetro) probablemente vaya a tener mucho que ver con lo que una computadora vaya a ser capaz de hacer. Richard Feyman abordó el concepto en 1954: “Los principios de la física”, dijo, “no hablan en contra de la posibilidad de manipular objetos átomo por átomo. Entonces el físico podría sintetizar cualquier sustancia que le dicte el químico”. Así, con nanobots que pueden replicarse a sí mismos gracias a los poderes de la supercomputación, cualquier objeto puede ser ensamblado: desde glóbulos rojos sintéticos hasta alimentos. Y, así, será posible regenerar células muertas y luchar contra la primera causa de muerte a lo largo de la historia: la vejez. Es, digamos, -y más allá de todas las implicaciones existenciales- una posibilidad interesante.

Y todo es muy interesante, sí, pero bien puede ser también que todas estas elucubraciones sobre el futuro próximo estén tremendamente desatinadas: el mundo está cambiando, sí, y cada vez más rápido, también, pero no es menester dejar del lado esto de que la biología no es una cosa de hace un rato, sino de hace miles de millones de años, y que los muy complejos procesos que llevamos a cabo cada día responden también a procesos que se han llevado a cabo y se han ido perfeccionando desde el principio de los tiempos. La más simple de las computadoras es una cosa muy compleja, que nadie lo dude, pero los avances que en ella se han plasmado durante los últimos cientos de años no pueden compararse con la incomesurable grandiosidad biológica del cosmos.
Borges cita a Tennyson en el Zahir: “si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo”. Hoy por hoy, no importa cuántos tratados puedan jactarse de dividir cualquier elemento en moléculas y en posiciones y en reacciones y en palabras; no importa que podamos descomponer el efecto de cada brote botánico en la biósfera y replicarlo, átomo por átomo, y que pueda ejercer cada proceso natural en un equivalente sintético; no importa que podamos verla y olfatearla y tomarla y arrojarla en procesiones y obsequiarla en aniversarios; aún, ni mucho menos, comprendemos qué una flor y por qué está aquí. Muchas veces se ha dicho que a través de los las maquinarias hemos estado jugando a ser dioses: a reemplazar los ciclos naturales perfectos por artíficios equívocos, limitados, meramente humanos -no importa tampoco que a través de esas maquinarias hayamos desplazado a las montañas; siguen siendo meras herramientas, ejecutores de comandos. “Por ahora”, digamos, pero entonces habría que añadir que si bien una computadora podrá pronto efectuar más iteraciones por segundo que un humano, también lo hará con torpeza exponencialmente más latente: tenga en cuenta que cada que le dice a un computador que multiple 10 x 10, el computador tiene que llevar a cabo la suma matemática (10+10) diez veces; que cada vez que se le hace una pregunta, tiene que llevar a cabo un número gigantesco de iteraciones fallidas hasta dar con la correcta, pues no tiene a su disposición los atajos de la memoria. “Podrán analizar mejor que nosotros”, nos dice Vadi Barros, uno de los programadores de Lynx Trade, “pero son muy torpes sintetizando; entendiendo”.

Con o sin habilidades deíticas a su alcance, la cuestión es que la Inteligencia Artificial está mucho más cerca de lo creyésemos. Paul Allen, confundador de Microsoft, ha dicho que se trata del fenómeno más subestimado del mundo moderno. Ya hemos visto cómo nuestra sociedad se ha convertido en lo que hace ni tanto tiempo solo se hubiese imaginado en relatos de ciencia ficción: autos que se conducen solos, computadoras avanzadas que quepan en pulseras, simulacros de realidades que son indistinguibles a los sentidos y construidos únicamente a partir de unos y ceros. ¿Qué se vendrá? Una vez más, no podemos sino especular, pero ahora tenemos que tener en cuenta que esos curiosos artefactos adyacentes también están especulando con nosotros, y quizás más rápido, y quizás también vayan a especular mejor.

Juan Vinueza

Written by

guararey guararey guararey

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade