¿Me gustará el pescado cuando salga del mar?

Esta es la historia de un pez. Bueno, esta es mi historia, que ya no soy un pez. Lo fui, hace un tiempo. Respiraba por branquias, salía con señoritas pez, y pasaba largas jornadas haciendo competencias de nado. Realmente era uno de los mejores de mi arrecife, zigzagueando pulpos y corales con el dinamismo de un tiburón Mako. Me llamaban, curiosamente, el arpón. A las vecinas ballenas no les hacía mucha gracia el apodo, miraban con asco y se alejaban cuando mis amigos me nombraban en frente de ellas. Con mucha razón, en realidad. ¡Cuántas habían muerto atravesadas por uno de esos! Siguiendo, naturalmente, de la red que las quitaba de la familia. Cada vez que esto sucede, prendemos una luciérnaga: mejor en lo alto con Poseidón, que en la superficie de Temaikén.

Como sea, esta nueva forma es incómoda. Olvidarse de respirar puede ser fatal, ¡No sabés lo lindo que era dejar pasar el agua y ya! Y el movimiento, tan suave, natural. Acá pararse es un delirio, y más recién despierto. Dos moretones tengo ya por caídas de la cama al despertarme. Dos. Uno en la rodilla izquierda, y otro sobre la cabeza. Sien, creo que le dicen a esa zona. Como verán, todavía ando con una guía anatómica del cuerpo humano dentro del bolsillo por si me olvido algún término. Uno nunca sabe.

Y no está mi querido padre para recitarme bellas palabras, para ablandar el dolor. No estaría contento de verme aquí ahora. Justamente ahora, enfrento un dilema titánico. TITÁNICO. No tuve, desde que asomé a la superficie, ninguna duda en mi accionar. Decidido a adaptarme a la nueva situación, visto los pantalones sin problemas, encierro mis pequeños dedos en asquerosas y fácilmente olorosas medias con colores estruendosos y hago las sumas y restas con mamá en la cocina, mientras las ollas desprenden un hediondo olor a brócoli hervido. Acepto con sólo una mueca de desagrado cualquier cucharada de sopa, o las más bizarras mezclas de frutas, verduras y arroces. Aseguro comodidad al dormir sin ninguna luz, dejándome al descuido de cualquier par de feroces colmillos con hambre y poco pudor, y escucho de madrugada los lamentos de mi madre junto con algún golpeteo de la cama contra la pared. No sé por qué estará triste, realmente.

En fin, nada de eso representaba sacrificio alguno. Ni por asomo. Pero hoy, hoy la historia cambia. Rodeado de porcelana y encierro, con los destellos asesinos de los cubiertos a los costados, veo servido sobre mi plato, pescado. Podría ser un primo, un hermano, no necesito envase que confirme, el olor lo dice todo. Nada más entrar a la casa se sentía la derrochada alegría de enorme ser. Con la cara pálida, le pregunté a mamá el menú. Absorta en la canción de Chayanne que reproducía la radio, los pliegues de su remera donde se formaban formas extrañas. Un cuchillo, una red, matadero de peces, acá nomás. Sobre mi plato, su triunfo.

Están todos sentados, comen. Devoran. Arrasan. Yo, caníbal, intento probar. No puedo. Con sólo sentir el perfume de la curtida carne se me estremecen todas las arterias. Un chucho de frío me hace agitar los hombros. Ellos no parecen enterarse. Asesino, caníbal. Miro el puré, como para conformarme. Pero se ha mezclado un poco, se tocan, y ya no estoy exento de culpa. Ya se contagiaron la esencia. Ya son uno. No hay pescado sin puré, suelen decir. Tampoco hay puré sin pescado, digamos, como para no correr la vista. Rodeo con el tenedor al sujeto. Lo acomodo, jugueteo con él. No quiero levantar la vista, seguro me miran y piensan que por qué no pruebo bocado. Repiquetean los talones contra las baldosas. Una gota de sudor recorre el moretón de mi sien, la respiración titubea, se entrecorta, no puedo mantener el ritmo. Cierro los ojos con fuerza, aprieto los puños con fiereza, reprimo la agonía de la moral con firmeza. Mastico el primer trozo. Parece ser de alguna parte del vientre, lo noto en el sabor. Mezclado con arroz parece contener menos culpa. Voy mechando con un sorbo de gaseosa, y sigo canibaleando, pero ya sin tanto ornamento de la conciencia. Hasta quedar satisfecho.

No fue tan terrible, al final. Hacerlo una vez nos deja cancheros para la siguiente. Podés estar seguro, vos, que se puede prescindir de la totalidad de la conciencia moral. Sino fijate, ¿Cómo me hubiese gustado el pescado, luego de salir del mar?